Terminal internacional de Barajas: la mitad de los taxistas nos cobraron de más

De Madrid al aeropuerto son 2.300 pesetas. Del aeropuerto a Madrid pueden ser 2.300 o 4.600, algunos taxistas deciden y el recién llegado paga. Dos redactores de Autopista Online decidieron comprobar en persona cómo de amplia es la minoría de taxistas que opera en la terminal internacional de Barajas y cobra un "poquito de más" a sus clientes. Los resultados fueron preocupantes: un turista que venga a Madrid tiene las mismas probabilidades de ser estafado que de pagar lo que debe.
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Terminal internacional de Barajas: la mitad de los taxistas nos cobraron de más

Nosotros, redactores de Autopista Online, nos hemos transformado en dos jóvenes turistas: una informática neoyorquina y un aficionado al arte recién llegado de Berlín. Nunca hemos estado en Madrid y chapurreamos "un poco español". Nuestros destinos son el Hotel Villamagna, el Hotel Mediodía, el Crowne Plaza y el Carlton, todos ellos en el centro de la ciudad. Durante los días 22 y 24 de agosto, único mes del año en el que Madrid presenta un tráfico fluido, cogimos un total de 19 taxis en distintas franjas horarias.

Desde la capital al aeropuerto lo máximo que se nos llegó a cobrar fueron 2.750 pesetas, aunque, normalmente, el importe estaba entorno a las 2.300. Estos precios incluían suplementos de aeropuerto y maletas y los recibos más caros correspondieron con los trayectos nocturnos. Hay que destacar que en todo momento el trato al cliente fue intachable y muy educado.

De Barajas a Madrid fue otra historia. El importe, el recorrido y la imparable velocidad del taxímetro se convertían en un misterio. En cuatro casos nos cobraron lo mismo que a la ida, en dos se incrementaba el importe en unas 600 pesetas y en otros cinco viajes el importe superaba las 4.000 pesetas, llegando en un caso extremo hasta las 6.500 pesetas.

Los taxis "más caros" destacaban por la simpatía de su conductor, intentos de ligue, visitas turísticas comentadas del estilo "on the left, museum Prado" y recomendaciones para pasar el tiempo libre en la ciudad, todo sazonado con una maravillosa sonrisa de oreja a oreja. Al pedir el recibo surgían fotocopias de los oficiales y unos misteriosos resguardos con la leyenda "auto-taxi" y en los que no figuraba el número de licencia. Desde la Federación Profesional del Taxi se insiste en que "el único recibo válido es el oficial, en el que aparece el número de licencia troquelado; todos los demás no tienen validez". Pero, ¿cómo distingue un turista que llega por primera vez a Madrid un "ticket" oficial de una imitación, si nadie le informa?

Salí del aeropuerto con cara de turista despistada sin tener decidido aún si mi origen sería finalmente yanqui. En esos momentos de duda me encontraba, cuando vi que un taxi se adelantaba a la fila de vehículos habitual en Barajas. Pensé "éste quiere timarme". La idea se confirmó cuando se bajó y, mientras cargaba mi equipaje en el maletero, me hacía ver por señas que mejor me sentara en el asiento delantero, de copiloto. Yo, haciéndome la nueva, le pregunté si seguro que tenía que ir delante y él se reafirmó.
El segundo capítulo comenzó con sus numerosas preguntas acerca de mi origen, trabajo, situación personal… Todas sus dudas eran respondidas en un "perfecto" español al más puro estilo Melannie Griffith (sólo me faltó lo de "che quiero una jartá"). Le aclaré que venía del mismísimo Nueva York y que mi nombre era Jennifer; "¿López?" contestó él.
A todo esto, el taxímetro estaba apagado y Chema, que era el nombre del "amable" conductor, intentaba conseguir una cita para después de cenar. Tras un buen rato de conversación, le pregunté por qué llevaba apagado el taxímetro, a lo que él me contestó que "luego ajustaríamos cuentas". "Éste quiere cobrarse en carne", pensé yo.
El destino era el Hotel Mediodía, en Atocha (Madrid), y Chema insistió en acompañarme hasta recepción para saber el número de la habitación y más tarde ir a buscarme para salir "de marcha". Menudo lío. Yo retrasaba el momento de preguntar al recepcionista y buscaba desesperada a mi compañero. En el último minuto, Michael, mi cómplice, apareció y me sacó del atolladero.
Finalmente, Chema me cobró la nada despreciable cifra de 3.850 pesetas por un trayecto que suele costar en torno a las 2.000 pesetas. Por cierto, el recibo era ilegal.
Eso sí, mi venganza fue peor que la de Don Mendo. Al despedirme de él, Chema insistió en verme a la noche (después de la "clavada") y yo acepté su invitación. Nunca he vuelto a verlo.

"Por favor, Hotel Mediodía", digo de forma lenta y con un marcado acento alemán tras mirar un papel. Acabo de salir de la terminal 1, tengo aspecto de turista y voy armado con una cámara de fotos y una bolsa de viaje. Supuestamente, vengo de Berlín dispuesto a conocer los museos madrileños y el sur de Andalucía, es la primera vez que visito la capital española.

El taxi circula a buena velocidad, sólo superada por la acelerada evolución de las cifras en el taxímetro, hasta que llegamos a Avenida de América. La M-30 o la M-40 no cuentan en los planes del conductor, que prefiere bajar por el centro de la ciudad. Al entrar en la ciudad, me comenta el calor que hace y me pregunta si he estado anteriormente en Madrid. Respondo que no, que he venido a ver los museos y vengo de Berlín. El resto del trayecto transcurre con una entrecortada charla sobre los museos, vinos, la famosa marcha madrileña y el sur de Andalucía, que, supuestamente, voy a visitar. A lo largo del recorrido mi taxista me va mostrando "Plaza de Colón, muy importante", "Puerta Alcalá y Parque de Retiro", "Estación Atocha y museo muy importante Reina Sofía". Estamos en nuestro destino, el Hotel Mediodía, en Atocha. Son 4.500 pesetas y no hay ningún problema por el recibo. Saca una fotocopia de un resguardo oficial, escribe el importe y lo firma con un garabato mientras sonríe. Lo tomo y cojo mi bolsa de viajes rellena con cojines. Mi amable taxista se despide de mí con un -"Nada majete, que lo pases bien".
A las ocho de la tarde del mismo día vuelvo a cruzar las puertas de la terminal 1 para dirigirme al Hotel Crowne Plaza en Plaza España". Mi nuevo taxista permanece callado hasta que llegamos a Avenida de América; también él me dijo que me montase en su vehículo y también él empieza a hablar al llegar a este punto. La conversación se repite en términos parecidos a la primera: lugar de procedencia, estancias en Madrid y las cualidades de esta ciudad, oportunamente acompañadas de breves explicaciones sobre los monumentos o edificios que vamos dejando a nuestro paso. Al final de la carrera el coste de la ruta por el centro de la ciudad es de 4.700 pesetas. Tampoco aquí hay ningún problema para conseguir el recibo, un bello papel en el que pone "auto-taxi" y en el que no aparece el número de licencia por ningún lado. El suplemento de aeropuerto se había ampliado de forma misteriosa de 400 a 600 pesetas.

Al volver al aeropuerto, nos cobran 3.000 pesetas desde este mismo punto y vuelvo a las andadas. De nuevo soy un "guiri", aunque ahora me dirijo al Hotel Mediodía, me cobran 2.340 pesetas en total. Al final de la jornada, este berlinés, ávido de arte, había tomado cuatro taxis desde el aeropuerto y le habían timado en dos, eso sí, fueron muy amables y comprensivos en todo momento e intentaron explicarme todo aquello que desconocía; bueno, todo menos las tarifas oficiales de los trayectos.

Otra historia a recordar de esta experiencia periodística es la del taxista guía. De nuevo estaba en Barajas, pero, en esta ocasión, estaba "alojada" en el Hotel Crowne Plaza, en Plaza de España. La primera pista de que iba a ser engañada fue la forma de llamarme, saltándose el orden de espera de los turistas (yo debo tener cara de "guiri" fácil de timar). El taxista me llamó, "Señorita, here (aquí)". Acudí a su amable invitación. Subí al coche y él empezó a darme conversación. Recurrí al truco de "yanqui con conocimientos de español" y le expliqué que venía unos pocos días y que iba de paso a Roma. En primer lugar, el simpático conductor me dio una innecesaria vuelta por la carretera de Burgos antes de entrar en la capital. Pero lo bueno viene ahora. Entramos a Madrid por la Plaza de Castilla y bajamos todo el Paseo de la Castellana. "On the left, the palace of telecomunications" (se refería, supongo, a que a la izquierda estaba el edificio de Correos, situado en la plaza de Cibeles); "in front, the font of Cibeles, a important god greek", algo así como que al frente tenía la fuente de Cibeles, una importante diosa griega (se trata de una traducción libre); "this is the husband of Cibeles", se refería a Neptuno y me indicaba, amablemente, que se trataba del marido de Cibeles. El recorrido continuaba, sin ningún sentido, por Atocha, Ronda de Valencia, Ronda de Toledo, calle de Segovia, hasta Virgen del Puerto. Los que conozcan Madrid, sabrán de qué estoy hablando, los que no se pueden hacer una idea si piensan en que este recorrido equivaldría a ir de Bilbao a Vigo, pero pasando por Cádiz (¡toma vuelta!). Retomamos el camino. Rodeamos el Palacio Real; a este monumento, el taxista me añadió que pasear por sus jardines era gratis (nos ha fastidiado, después de pagarle a él no me iba a quedar más remedio que visitar sólo lugares cuyo acceso fuera gratuito). A todo esto, el taxímetro corría a toda "pastilla". Subimos por la Cuesta de San Vicente y llegamos a mi destino. El conductor me ajustó las cuentas: 6.500 pesetas. Pero no se conformó con esto, no. Le pagué con 10.000 pesetas y el buen hombre decidió quedarse con mil pesetas de propina y me devolvió dos billetes de mil y una moneda de 500 pesetas. "¿Esto es todo?", pregunté para darle una última oportunidad. "Sí, señorita", contestó. Fin de esta experiencia. Eso sí, en su total seguridad de mi ignorancia, me dio un recibo, aunque, de nuevo, de los ya míticos auto-taxi.

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