Schumacher, un hombre contra la lógica

Cuando uno piensa en lo que ha hecho Schumacher, no puede por menos que pensar que este piloto, sin duda el mejor de todos los tiempos, corre contra la lógica.
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Schumacher, un hombre contra la lógica

En 1973, a los cuatro años, el pequeño Michael Schumacher ya corría por Colonia, Alemania, subido a un kart. Desde entonces, la velocidad ha ido colonizando el cerebro de este superdotado del volante.

Su palmarés es gigante . A los 16 años, en 1985, ya era campeón de mundial junior de karting y, a los 18, campeón de Europa absoluto. Su paso por la Fórmula 3 fue fulgurante y en 1991 ya estaba enrolado en la Fórmula 1. En el legendario circuito belga de Spa logró su primera victoria en una carrera. Era 1992 y corría con Benneton, el equipo que le encumbró. En sus filas se hizo grande y con sus colores ganó en 1994 y 1995 sus dos primeros mundiales. El arrojo y el talento que derrochó en su consecución le valieron la consideración de heredero de Senna, el genial piloto brasileño muerto en 1994.

Después de esas victorias, en 1996, pasa a Ferrari, una escudería mítica que luchaba por recuperar el esplendor perdido: no ganaba desde 1979. Allí, en el santuario de Maranello, Schumacher encontró al hombre que habría de convertirle en lo que es hoy, Jean Todt. El metódico francés manejaba ya las riendas del equipo rojo y estaba empeñado en poner orden en su revuelta organización. El carácter calculador de Schumacher casó a la perfección con los criterios rectilíneos de Todt. Juntos reorganizaron Ferrari, restablecieron la disciplina en el equipo y lo catapultaron al éxito. En 1996 y 1997 la mala suerte impidió logros mayores, sobre todo en el 97, cuando fue descalificado por un altercado en carrera con Villeneuve. En 1998 una primera parte de mundial desafortunada le impidió ganar y al año siguiente tuvo que retirarse lesionado tras un accidente cuando era líder.

Sin embargo, su año fue el 2000. Ahí, tras más de dos décadas de sequía, la maquinaria de Ferrari volvió a relucir perfectamente engrasada. Mika Hakkinen, que había ganado en 1998 y 1999, fue incapaz de frenar el empuje de Schumacher. Después de este triunfo histórico, tierra quemada. La distancia que separa a Michael de todos los demás es enorme.

Llorando de emoción en la meta de Magny Cours, Schumacher tomó conciencia de lo que había hecho. Amo y señor de un deporte de élite duro y brutal, el alemán abre un tiempo nuevo, un periodo en blanco que se empezará a llenarse al ritmo de su motor. Él mismo dice que su carrera no se puede comparar con la de Fangio. No puede tener más razón, porque, en adelante, ya no habrá referentes: Schumacher camina más solo que nunca. Como dijo el propio Fangio hace ya diez años, “este alemán es bueno de verdad”.

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