Porsche Cayman S

Con el Cayman S, Porsche pone al día las bases de su Boxster y las adereza con un nuevo concepto en la marca: la practicidad. De ese extraño matrimonio nace un modelo capaz de seducir con sus formas, de enardecer con su voz y de llevarte al fin del mundo, con equipaje y sin que te dejes los huesos en el camino. Vamos, que lo tiene todo para enamorar. ¿Tienes 65.344 euros?
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('http://multimedia.terra.es/viewer/portada.cfm?cod_media=42410&mapnivel1=MUS','','width=765,height=470') ">Así se crea un Porsche

Para presentar el nuevo Cayman S a la prensa española, los responsables de Porsche nos convocaron en las afueras de Madrid y nos dejaron toda la libertad del mundo. En lugar de proponernos, como es habitual, un trayecto predeterminado, sencillamente insertaron en el navegador el punto de destino –el mismo que el de salida- y nos dieron alas: haced lo que queráis. En compañía de un colega de la prensa asturiana, decidimos dar una vuelta por la ciudad y luego salir a carretera abierta.

Cuando uno entra en un Cayman S, siente esa especie de reverencia que sobrecoge e infunde respeto. El mismo cosquilleo que transmiten esos otros deportivos desaforados con el marchamo de Porsche, de Ferrari, de Lamborghini… Propulsión trasera, 295 CV, 275 km/h de velocidad máxima, 0 a 100 en 5,4 segundos… seguro que es divertido. El interior es todo cuero, suave, bien rematado, en color marrón claro; el volante y el pomo de la palanca de cambios (la caja es manual de 6 velocidades) también están forrados con ese cuero de textura cálida que apetece acariciar y que da al habitáculo un aroma como de lujo, de calidad. Los asientos –de reglaje eléctrico en la unidad que probamos- te recogen perfectamente y, una vez regulados también los espejos, giramos el contacto y… comienza la aventura.

El embrague va durito; las marchas son precisas; los recorridos de la palanca, cortos; notas que este coche hay que conducirlo. Si mueves un milímetro el volante, el coche se mueve un milímetro; si aprietas el acelerador, los hombros se te pegan al respaldo. Si rozas el freno, parón seco. Lo mejor: el sonido del motor. Bromeaba con mi compañero de viaje sobre Woody Allen, quien, en una de sus películas y saliendo de un concierto, comenta que “cada vez que escucho a Wagner, me dan ganas de invadir Polonia”. Pues a mí, cuando escucho este sonido, me dan ganas de ir a jugar a un circuito.

Si habéis visto el vídeo sobre cómo fue creado este Porsche, os daréis cuenta de que el sonido que hace este motor y cómo se transmite al exterior y al habitáculo no es algo dejado al azar, sino, muy al contrario, un objetivo conjunto del área de diseño y de ingeniería: es una voz más que un ruido y hay que modularla adecuadamente.

Callejear por Madrid a eso de las doce de la mañana al volante de un Cayman S es toda una experiencia. Desde luego no es un trayecto muy “prestacional”, pero uno se pone rápidamente en los zapatos del dueño de un coche así. Hagas lo que hagas, todos te miran: unos, con admiración; otros, con envidia; algunos te hacen fotos como si fueras un famoso (ahora todo el mundo tiene móvil con cámara…). Pasar inadvertido es casi imposible. Al principio, sientes ganas de justificarte (no, no, no es mío, lo estoy probando), pero rápidamente te metes en el papel y te sientes dueño del mundo (va a ser verdad que los coches cambian la personalidad de quienes los conducen, glubs…). Los semáforos en rojo son ese momento en que tienes clavados los ojos del de delante, del de al lado, del de detrás, de los de la furgoneta de enfrente, de los peatones, de ese empleado que está limpiando los escaparates… y ya no te importa ser el foco de atención, porque tú también te estás mirando, reflejado precisamente en la fachada de ese banco de la esquina.

Pero es hora de salir del centro y probar las chicanes de la M-30, a velocidad legal, eso sí. Como si hubiera un raíl debajo, el Cayman imita las sinuosidades de este circuito en que se ha convertido la circunvalación madrileña. Hay baches, sí, y los notas (la amortiguación filtra, pero poco, que para eso éste es un deportivo auténtico), pero en tus posteriores, no en el volante ni en la trayectoria, que permanecen invariables. Muy poquito volante, izquierda; muy poquito volante, derecha; cuarta, acelero, quinta, la sexta casi no, hay demasiado tráfico. Aunque no vayas deprisa ni “achuches” al que va delante, éste se aparta en cuanto te divisa por el retrovisor (y se queda pendiente de ti, para verte pasar a su lado). No es esto lo que sucede con otros coches; un Porsche ni siquiera te levanta –como ocurre con modelos de otras marcas muy prestacionales- a conductores “picajosos” que intentan echar carreras. El respeto a la insignia alemana es total.

Más allá de la ciudad, donde las carreteras abren sus límites hasta los 120 km/h, algunos toques más de acelerador y curvas más abiertas van haciendo la conducción más rápida, pero no hay riesgos, no hay sustos y la percepción de velocidad la da ese sonido de diseño del que hablábamos antes, no las inexistentes vibraciones ni el ruido del viento ni….¡uy que me paso la salida!

Es hora de dejar el coche –se me olvidaba que no es mío- y volver al territorio de la prensa, que los demás compañeros ya esperan. Se acaba el sueño. Es martes, que no se me olvide hoy echar la primitiva…

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