El petróleo que engrasa los cañones

Se calcula que Irak tiene unas reservas de petróleo de más de 112.500 millones de barriles de petróleo, el 10,7 por ciento del todo el crudo que conserva el subsuelo del planeta. Semejante tesoro mineral es suficiente motivo para justificar no una guerra, sino todas las guerras que hagan falta.
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El petróleo que engrasa los cañones
El petróleo que engrasa los cañones

Los aviones que bombardean Bagdag llevan también octavillas de propaganda. Hablan de una guerra para restaurar la legalidad internacional, la seguridad y la democracia en Irak. Es posible que ese ánimo humanista tenga algún peso en la estrategia estadounidense, pero, desde luego, es una excusa perfecta para lanzar bombas.

Después del 11 de septiembre de 2001, la política exterior de Estados Unidos ha entrado en una fase expansiva que tiene perplejos a politólogos y observadores. Sin el contrapeso que era la Unión Soviética, el poder americano avanza dentro de lo que se denomina “unilateralismo”, una nueva forma de relaciones internacionales en la que Washington impone su ley. La intervención en Afganistán, medio tolerada por todo el mundo, fue el primer paso. Envalentonado, George Bush predica desde entonces una nueva doctrina, la de la guerra preventiva. Este peligroso pensamiento le ha llevado a dibujar el llamado “Eje del Mal” y a desencadenar una guerra contra Irak, un país que, bombardeado casi a diario desde 1991, está muy lejos de ser un peligro para la seguridad del mundo, tal y como explicaba el martes un diputado británico.

Sin embargo, Bush y los suyos tratan de convencer a la opinión pública de la maldad intrínseca del régimen “terrorista” de Sadam Hussein y de sus planes secretos para atacar intereses occidentales. Los gobiernos del Reino Unido y España son los más firmes voceros de este mensaje. Enfrente se sitúan Francia, Rusia, Alemania y China, que no quieren esta guerra.

Si Irak fuese un país cualquiera, un país sin petróleo, por ejemplo, no estaría siempre en el punto de mira. Pero Irak guarda con celo las segundas reservas de crudo del mundo, más de 112.500 millones de barriles, unos 19 billones de litros de la mejor calidad y muy fáciles de extraer, según la Agencia Internacional de la Energía y los datos de la Opep. Este volumen sólo es superado por Arabia Saudí, el primer productor del mundo y, por más señas, vecino de Irak.

Hubo un tiempo en que las potencias occidentales tenían libre acceso a esa gasolinera con fronteras que es Irak. Sin embargo, la Crisis de 1973 y el régimen nacionalista de Sadam Hussein sacaron a las grandes petroleras del suelo iraquí y nacionalizaron los pozos y la venta del crudo. Aquel agravio sigue latente y las grandes compañías estadounidenses rondan alrededor de esa riqueza sin encontrar la forma de echarle el guante. Parecía que lo habían logrado tras la primera Guerra del Golfo, en 1991, pero Hussein se aferró al poder y supo mantener la propiedad de sus barriles.

Tras la Guerra del Golfo de 1991, Irak fue sometido a unas sanciones ejemplares por parte del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Entre otras cosas, sufrió un embargo comercial que todavía dura y que sacó su petróleo de la circulación. Para no dejar morir de hambre al país, la ONU puso en marcha el llamado programa de Petróleo por Alimentos, un sistema de venta controlada del crudo iraquí a condición de que el dinero logrado se invierta en comida y medicinas. La ONU gestiona este mecanismo que, hasta ahora, ha permitido a Irak vender su petróleo explotando sólo una cuarta parte de sus pozos. No está muy claro qué pasará tras la guerra, pero, si Estados Unidos coloca un nuevo gobierno en Bagdag, la existencia del programa de Naciones Unidas dejaría de estar justificada y tendría que permitirse la libre venta del crudo y, por ende, la explotación máxima de sus recursos.

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p> Curiosamente, los barcos que salen de Irak suelen acabar en las terminales de descarga estadounidenses. De hecho, en 2002 un total de 450.000 barriles diarios iban de Irak a Estados Unidos. Pero esto no es suficiente para los americanos, que compran este petróleo a intermediarios diversos: quieren controlarlo directamente.

Hoy, cuando el petróleo es la fuente de energía principal para Occidente y su consumo crece cada día, las reservas iraquíes se hacen más apetecibles que nunca. La opinión pública internacional y la mayoría de los analistas políticos consideran que la guerra es simplemente el camino más rápido hacia ese petróleo. De hecho, Estados Unidos, en su ultimátum a los iraquíes, ha pedido claramente que no se destruyan los pozos como se hizo en 1991 en la retirada de Kuwait.

Cuando Estados Unidos y sus aliados derrotaron a Irak a principios de los 90, el país quedó arrasado. Hussein puso en marcha un programa de reconstrucción de los pozos petrolíferos y en 1992 anunció que, apenas acabase el programa de intervención de la ONU, elevarían su capacidad de extracción a 6,3 millones de barriles diarios, la mayor del mundo. Pero Irak no puede hacerlo solo: las reparaciones de los pozos se valoraron en su día en casi 10.000 millones de dólares. Para hacer frente a esta inversión, Sadam pidió ayuda a las grandes compañías occidentales y les prometió concesiones de extracción a cambio del dinero para la restauración.

En un principio, las principales petroleras americanas acudieron a la puja pero, al final, los acuerdos se establecieron con empresas de Francia, Rusia y China. Como el comercio de Irak está embargado, estos tratos permanecen en la sombra, pero se da por buena la cifra de 38.000 millones de dólares en inversión extranjera para reconstruir y aumentar esa infraestructura petrolera. Es de comprender el malestar que estas relaciones generaron en la industria norteamericana. Otros países, como el Reino Unido y España también tienen intereses en los pozos iraquíes.

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