Muscle cars: el origen

El universo de los muscle car es bastante desconocido para la cultura europea. Estrictamente hablando, estos modelos de enormes motores V8, tuvieron sólo diez años de vida, pero su leyenda se ha mantenido viva hasta su ‘renacer’ en el siglo XXI. ¿Preparados para viajar a una época en la que la política de emisiones no existía, el combustible parecía nacer de las piedras y los deportivos no eran un lujo exclusivo? Bienvenidos al mundo de los muscle car.
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Muscle cars: el origen
Muscle cars: el origen

Gasolina barata. Límites de emisiones inexistentes. Una nueva infraestructura de carreteras que permitían correr sobre el asfalto. Jóvenes amantes de la cultura automovilística que buscaban en la conducción sensaciones extremas. Son varias de las razones que propiciaron el nacimiento de los muscle car, leyendas sobre ruedas que ofrecían prestaciones de deportivo a precio de utilitario. Su strong>vida fue corta –apenas diez años, entre 1964 y 1974-, siendo el reflejo de una época marcada por el auge económico del que disfrutaban en la tierra del Tio Sam.

Muchos norteamericanos recuerdan aquellos años como la época dorada del automóvil en EEUU y aunque hoy, más de treinta años después, han regresado, no son más que un reflejo de una estética. Los muscle car eran más que un musculoso deportivo con motor V8 y propulsión trasera: eran en sí mismos una cultura basada en carreras callejeras de drags y alimentadas por el olor a goma quemada.

Pero cerremos los ojos. Imaginemos una chica con su falda de vuelo. En su mano hay un pañuelo. Dos V8 rugen rabiosos, los neumáticos ruedan sin tracción en el suelo, levantando humo. El pañuelo baja e indica la salida… sólo queda la velocidad, pura, nada más. Bienvenidos al mundo de los muscle car.

Para los europeos, el mundo de los muscle car es lejano y desconocido. Por aquel entonces, nosotros veíamos la competición exclusiva de los circuitos y un coche de calle era un simple medio de transporte para nuestras necesidades diarias. Pero un muscle car era mucho más que eso. Quienes se ponían a sus mandos no eran pilotos profesionales, si no jóvenes que querían ponerlos a prueba en la misma calle. Esto era posible porque hablamos de modelos baratos que podían encontrarse en esas salas de exposición y venta que abundan en EEUU. Modelos de competición que se homologaban para carretera y cuyo precio era asequible.

Fueron varios los representantes de aquella época: el Dodge Challenger, el Plymouth Barracuda, el Ford Mustang Shelby GT500… pero para muchos, uno destaca entre todos ellos. Hablamos del Pontiac GTO, el que es considerado el primer muscle car de la historia.

Como ya ocurre hoy en día, durante los años 50, el gigante automovilístico General Motors tenía la concepción de que un motor de gran tamaño era patrimonio exclusivo de un coche de lujo. Sin embargo, un joven ingeniero llamado Jonh Delorean no estaba de acuerdo con aquella elitista premisa. Su amor a los coches le venía desde su infancia, no en vano su padre trabajaba en Ford, la marca de referencia de GM. Tras graduarse como ingeniero mecánico, pasó a formar parte de una de sus filiales: Pontiac. Delorean quería revolucionar el concepto de la marca desde dentro, pero los directivos no comulgaban con sus ideas. Pero el visionario de Delorean no se dio por vencido: tomando como punto de partida un Pontiac Tempest, construyó un prototipo que aportaba nuevos detalles de diseño, un motor más potente y elementos deportivos como neumáticos de mayor anchura, una nueva palanca de cambios y una suspensión más dinámica. Había nacido el germen de los muscle cars.

Delorean utilizaba este coche para ir a trabajar y se sorprendió cuando, tras prestárselo a sus amigos, éstos se resistían a devolvérselo. Fue en ese momento cuando Delorean supo que podía ser un éxito comercial. Con este argumento, Delorean intentó convencer a la directiva de Pontiac, que sin convencerse del todo, permitió la producción del concepto de Delorean, que sería bautizado como GTO o, Gran Turismo Homologado, un homenaje, como ha reconocido el propio Delorean, al Ferrari 250 GTO. Creado sobre la base del Pontiac 389, equipaba un motor V8 de tres carburadores y 6,4 litros de más de 300 CV, asociado a un cambio manual y a una endemoniada tracción trasera.

En 1964, sólo 5.000 unidades del Pontiac GTO salieron a la venta, únicamente bajo pedido, a un precio de unos 3.000 dólares. En una par de semanas los concesionarios se los disputaban y comenzaban a llamar a la marca: ‘necesitamos diez más de estos, van a volar’. Sin estar convencida del todo, Pontiac produjo 15.000 más, que se vendieron en un tiempo récord. Ya no había lugar a dudas: estaban ante un gran éxito que, en sólo tres años, atesoró más 200.000 unidades vendidas.

El tigre, la cabra, el juez… son muchos los apodos que recibió el GTO durante su corta vida. Pero en definitiva todos eran el mismo concepto: motor V8, tracción trasera, derroche de caballos y un precio asequible.

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