La industria del motor cava trincheras

A menos de 48 horas para que expire el ultimátum de Estados Unidos a Irak, una nueva guerra parece inevitable en el Golfo Pérsico. La industria del motor, una de las más poderosas del mundo, se ha metido ya en su particular trinchera. En ella, pertrechada y alerta, espera acontecimientos y confía en que la tormenta pase pronto.
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La industria del motor cava trincheras
La industria del motor cava trincheras

Los tiempos de guerra siempre son negativos. Las grandes empresas tienen ya una larga experiencia en crisis bélicas y saben que no son precisamente su mejor momento. Por eso, a nadie extraña que las principales firmas automovilísticas del mundo hayan iniciado su particular campaña. El objetivo es capear el temporal y salir de este trance lo menos dañadas posible.

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p> A nadie se le escapa que una guerra es un jarro de agua fría para la economía. El consumo mundial se contrae, la inversión retrocede y los precios de muchos productos suben. Además, los intercambios comerciales de larga distancia se hacen lentos y arriesgados, con lo que puede haber problemas de suministro en industrias y mercados.

La industria del motor, quizá la más dinámica y evolucionada del mundo tras las telecomunicaciones, conoce muy bien la receta para superar estos periodos de incertidumbre: contención de costes y previsión de riesgos.

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p> Ford, por ejemplo, acaba de anunciar un recorte del 17 por ciento en su producción estadounidense. Se trata de hacer frente a la caída de una demanda paralizada por la guerra. General Motors, por su parte, incrementa su programa de descuentos y ventas sin intereses. La idea en este caso es mantener las tarifas en niveles tan atractivos que ni la guerra pueda con sus ventas. Además, el gigante americano también reduce el ritmo de sus máquinas y anuncia recortes en la producción. Chrysler va por el mismo camino, aunque todavía no prevé parones

Otras marcas padecen otro tipo de problemas. Por ejemplo, las orientales temen por sus líneas comerciales. Sus ventas en Europa dependen del transporte marítimo y, especialmente, del Canal de Suez, el paso que comunica el Océano Índico con el Mediterráneo y acorta en varios miles de kilómetros el viaje desde Asia a Europa. Los coches japoneses y coreanos vienen por esa ruta, además de los componentes para las fábricas que los montan en esta parte del mundo. Los iraquíes han amenazado con extender el conflicto por todo Oriente Próximo si son atacados. Esta situación llevaría al cierre del canal por razones de seguridad.

Con Suez cerrado, los barcos cargados de coches y piezas se verían forzados a dar un enorme rodeo bordeando África. El resultado sería el desabastecimiento de las fábricas y los concesionarios, y un inevitable frenazo en las ventas. BMW ya ha calculado que sus entregas de coches a Asia se demorarán dos semanas por tener que utilizar esta ruta tan larga.

Algunos fabricantes, como Toyota y Honda, llevan semanas acumulando piezas y vehículos en Europa. No quieren que el estallido de la guerra retrase su ritmo de trabajo y, sobre todo, de matriculaciones. Este método de trabajo está en desuso en la automoción, pues se trabaja “just in time”, es decir, sin almacenes. Las piezas llegan a la fábrica e inmediatamente se montan. Esta técnica ahorra muchos costes a las compañías constructoras. Sin embargo, la guerra arruina el “just in time” y obliga a mantener un cierto nivel de stocks por lo que pueda pasar.

Otra gran preocupación de la industria del motor es el precio del petróleo. Este temor es muy grande, porque esta industria es doblemente dependiente del precio de la energía. Por un lado, si suben los combustibles, suben todos los costes de producción, especialmente el transporte, con lo que el precio del producto final aumenta y se reduce la rentabilidad. Por ejemplo, General Motors calcula que los costes del transporte aéreo de materiales y piezas podrían encarecerse hasta un 30 por ciento.

Por otra parte, con las gasolinas tan caras, los compradores se lo piensan mucho antes de adquirir nuevos coches.
Atrapada en esta tenaza, la industria automotriz asiste preocupada al vaivén de los precios del petróleo.

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Ante el mal cariz de los acontecimientos, y con la maquinaria bélica reluciente y dispuesta, el mercado petrolífero vive días de pánico. Desde enero los precios no han hecho más que subir y los expertos se pasan el día calculando hasta dónde pueden llegar si empieza la guerra. Con el conflicto, el petróleo iraquí, dos millones de barriles diarios, se detendrá. De hecho, la ONU, gestora de ese crudo, ya ha dado orden de paralizar el programa de exportación de petróleo por alimentos, el único formato con el que Irak puede vender sus barriles.

Esta noticia es dramática para el mercado, pues supone una merma terrible en la oferta diaria. Sin embargo, el precio no ha reaccionado al alza, como cabría esperar. Ayer, Nueva York vivió una jornada de bajada de precios y el barril cerró a 34,93 dólares. En Londres bajó de los 30 dólares por primera vez en dos meses.

La causa de estos retrocesos hay que buscarla en la firme determinación estadounidense de abrir sus reservas estratégicas si es preciso. De momento, las ha puesto en máxima alerta. Estas colosales reservas de petróleo, protegidas como auténticos recursos militares, contienen crudo para más de dos meses. Estos 600 millones de barriles circularían en caso de corte en los suministros internacionales, con lo que no habría riesgo de ver las refinerías paradas.

La Agencia Internacional de la Energía, que controla las reservas de los países occidentales, también ha pedido a los gobiernos asociados que permanezcan atentos a sus instrucciones y estén listos para mover el petróleo que almacenan para casos de urgencia. En España, las petroleras están alertadas.

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p> Ante estas noticia, los intermediarios del petróleo se han tranquilizado y ya no prevén un mercado falto de crudo. Así, los precios bajaron ayer y bajan hoy, pero nadie espera que lo hagan durante muchos días más. Si la guerra daña de alguna forma la infraestructura petrolífera iraquí, los problemas irán más allá de los días que pueda aguantar la reserva estratégica. Es decir, llegará un momento en que este petróleo almacenado no sea suficiente para mantener el suministro y vuelvan la escasez, la especulación y los nervios. Para colmo, la Opep no parece realmente dispuesta a bombear más, seguramente porque está al límite de su capacidad.

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p> Lo único positivo es que, de momento, reina cierta calma y los precios de los combustibles no suben más. Habrá que esperar para ver qué pasa el jueves cuando, si nadie lo impide, los aviones empiecen a bombardear Irak otra vez. La experiencia de hace un año y medio en Afganistán nos dice que apenas empiece la guerra se dispararán otra vez los precios del petróleo.

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