Le ha pasado a un amigo de un amigo

En la actualidad, y gracias en gran medida al correo electrónico, que todo lo expande, las leyendas urbanas y los falsos mitos son de conocimiento público en nuestra vida cotidiana. El mundo del automóvil no se libra de ser protagonista de un gran número de historias “dudosas” que, siempre, qué casualidad, le pasan a un amigo de un amigo…
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Le ha pasado a un amigo de un amigo
Le ha pasado a un amigo de un amigo

En otro nivel están algunas leyendas urbanas con cierto toque de fantasía, pero que, para algunas personas, gozan de gran credibilidad. De Estados Unidos vienen un par que afectan a coches de marcas míticas como Cadillac y Pontiac.

Un norteamericano adquiere un flamante Cadillac de los más caros, equipado con todos los extras posibles. El problema llega días más tarde, cuando el coche empieza a hacer un ruido constante y molesto del que desconoce su procedencia. Tras sucesivas visitas al concesionario y al taller y después de que los mecánicos revisen una y otra vez todas las piezas, el ruido no desaparece.

Al final, llevado por la desesperación, el dueño pide a los mecánicos que desmonten el coche por completo, pieza a pieza, hasta que den con el escurridizo ruido. Finalmente, cuando desmantelan el panel de la puerta izquierda descubren el problema: en el interior hay una botella de Coca-Cola colgada de una cuerda que se balancea y pega contra los paneles de la puerta. La botella está llena de tornillos, tuercas y piedrecitas..., y una nota: "¿Al final lo has encontrado, eh, millonario hijo de …?". Se comenta que algunos dueños de Cadillac se han quedado con la botella y su contenido como recuerdo. Lo raro es que nunca se ha visto dicho trofeo, ni ninguna de las notas.

También sobre el mal funcionamiento de un coche norteamericano, esta vez un Pontiac, trata otra conocida leyenda urbana. No se sabe muy bien cuándo la marca Pontiac recibió en su cuartel general una curiosa reclamación de un cliente:

“Tenemos una tradición en nuestra familia que es la de tomar helado después de cenar”, rezaba la misiva. “Yo voy todas las noches a comprarlo y sólo varía el sabor del helado elegido. Hasta aquí todo normal. Lo extraño comenzó a suceder cuando adquirí un automóvil de su marca (Pontiac). Siempre que compro un helado de vainilla, cuando me dispongo a regresar a casa, el coche tarda en arrancar. Si compro cualquier otro sabor, el automóvil funciona normalmente. Pensarán que estoy loco, pero realmente estoy muy molesto con mi Pontiac”.

La carta no se tomó demasiado en serio en la compañía, aunque, de pasarse de un departamento a otro, finalmente llegó hasta el presidente una copia de la reclamación. Él decidió tomársela en serio y mandó a un ingeniero a entrevistarse con el autor de la carta. Éste y el autor de la carta fueron juntos a la heladería en el Pontiac. El ingeniero pidió helado sabor de vainilla para verificar la reclamación y el automóvil no funcionó. Otro empleado de la automovilística volvió en los días siguientes, a la misma hora, he hizo el mismo trayecto, variando únicamente el sabor del helado. Una y otra vez se demostró que el coche arrancaba cuando el sabor elegido no era vainilla. El problema acabó volviéndose una obsesión para el ingeniero, que, a las pocas semanas, realizó el primer descubrimiento: cuando escogía helado de vainilla el comprador gastaba menos tiempo porque ese helado estaba muy cerca.

Analizó de nuevo el coche y verificó que cuando se adquiría helado de vainilla, al tardarse menos tiempo en la operación, el motor no llegaba a enfriar. De esa manera, los vapores del combustible no se disipaban, impidiendo que el arranque del motor fuese instantáneo.

A partir de ese episodio, Pontiac cambió el sistema de alimentación de combustible e introdujo modificaciones en todos sus modelos. Semanas después, Pontiac distribuyó un comunicado interno pidiendo a sus empleados que se tomaran en serio hasta las reclamaciones mas extrañas, “porque puede ser que una gran innovación esté detrás de un helado de vainilla.

En un ámbito más fantástico están las historias que juguetean con lo sobrenatural, que tienen como protagonistas fundamentales una carretera y un autoestopista. Aquí la variedad de situaciones y sucedidos es enorme. Existe el autoestopista fantasma que te avisa de que en tal o en cual punto kilométrico murió hace años o al que simplemente recoges y te acompaña durante unos kilómetros hasta que desaparece, descubriendo después que falleció hace decenios.

Finalmente, hay leyendas que han llegado a convertirse en chistes o relatos jocosos. Este es el caso de la historia del borracho que es detenido por la Guardia Civil. Éste aprovecha un descuido de los agentes, que se alejan para ayudar a unos accidentados, para volver a montarse en su coche e irse a dormir, seguro de haber escapado de las “garras” de las fuerzas de la ley. Al día siguiente, le despierta el timbre de la puerta. Se levanta y es la pareja de la Guardia Civil en busca de su coche patrulla, que el conductor ebrio, fruto de la borrachera, les había sustraído y guardado en su garaje, con las luces puestas y todo.

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