Larga vida al Diesel

El futuro de la automoción es Diesel. Al menos en Europa. En los últimos diez años, el porcentaje de vehículos impulsado por este sistema de combustión ha aumentado de un 19 por ciento del total del parque automovilístico en 1990 a un 33 por ciento. La revolución operada en este tipo de motores durante la década de los noventa permite augurar un futuro, al menos a corto plazo, asegurado para este sistema de combustión.
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Larga vida al Diesel

La obsesión de los fabricantes por cumplir por adelantado con las exigentes normativas comunitarias tiene su reflejo, en las mecánicas Diesel, en avanzadas tecnologías que lo que buscan es reducir el número de partículas y de óxidos de nitrógeno (NOx), principal vía crucis de este tipo de propulsores.

Las alternativas existentes son básicamente tres. Las dos primeras actúan sobre el mismo proceso de combustión, mientras que la tercera incide en la actuación sobre los gases de escape una vez que estos ya se han producido.

La primera consiste en retrasar el punto de inyección, de tal modo que, durante el proceso de combustión, se reduzcan las presiones y las temperaturas. Su utilización implica una pérdida ostensible de rendimiento del motor.

La segunda, más efectiva, es la conocida como recirculación de gases de escape (EGR, del inglés Exhaust Gas Recirculation). Estriba en introducir los gases inertes como parte del aire de admisión destinado a la combustión. Ello implica una reducción de la temperatura en el proceso y, evidentemente, la cantidad de NOx. El cuadro muestra la reducción en el número de emisiones a ciertas revoluciones y a ciertos porcentajes.

De todos modos, esta técnica parece condenada al ostracismo con la futura entrada en vigor de la normativa Euro V, hacia 2006. Los límites consagrados en la misma (2,0 g/kw.h) parecen demasiado exigentes para sus posibilidades.

El tratamiento de los gases inertes una vez producidos ha revelado su trascendencia, puesto que no afecta al funcionamiento interno de la combustión y no altera su eficacia.

Consiste en la eliminación de los gases (especialmente partículas y NOx) durante su escape a la atmósfera, evitando que lleguen a ella en su forma contaminante o, al menos, intentando que lo hagan en una pequeña cantidad.

Existen dos alternativas basadas en este principio y que han de actuar conjuntamente para preservar su eficacia: las trampas de oxidación de partículas y los catalizadores de NOx.

Las primeras consisten en un filtro que absorbe las partículas de cierto tamaño producidas durante la combustión. Los catalizadores recurren a reacciones químicas que dan lugar a emisiones totalmente nuevas y no contaminantes.

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