La industria global

Vehículos alemanes vendidos en China, fabricantes franceses instalados en Eslovaquia, automóviles japoneses con las mejores cuotas de mercado en Estados Unidos... El mundo del motor se encuentra actualmente en una profunda fase de transformación, donde ya no hay lugar para las viejas convenciones. Ahora, las principales marcas del planeta persiguen un solo objetivo: obtener el máximo beneficio sin necesidad de marcarse fronteras. Las fábricas españolas ya han empezado a sufrir las consecuencias.
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La industria global

Globalización: “tendencia de los mercados y de las empresas a extenderse alcanzando una dimensión mundial”. Con estas palabras, la Real Academia Española de la Lengua define un fenómeno que en la última década ha revolucionado la economía mundial al implantar un nuevo sistema de desarrollo empresarial. Las grandes entidades de los países denominados industrializados dirigen ahora todas sus estrategias con la única intención de obtener de ellas la máxima rentabilidad posible. El sector del automóvil, sin duda, refleja a la perfección estos nuevos principios.

Y es que, desde hace ya algunos años, todos los grandes grupos automovilísticos han comenzado a expandirse y a comercializar sus modelos por mercados que hasta el momento no habían suscitado el más mínimo interés empresarial. Sus objetivos son dos: obtener buenos niveles de venta en países recién incorporados al desarrollo industrial y encontrar una posible salida a su numerosa producción, ya que la competencia y la saturación de los mercados occidentales reducen cada vez más el número de matriculaciones.

Junto a la creciente expansión comercial, la reducción de costes se ha convertido en otra gran obsesión para las principales marcas del sector. Las compañías ya no se conforman sólo con aumentar su capacidad de producción, sino que, además, buscan obtener de cada unidad fabricada el máximo beneficio posible. Esta estrategia ha provocado que las empresas automovilísticas comiencen a perder interés por instalar sus fábricas en países como España. Nuestro país, una vez unido al selecto club de las naciones desarrolladas, ya no presenta las ventajas que ofrecía durante la transición política.

Las grandes firmas de la industria han encontrado ahora en los países del este de Europa las condiciones económicas necesarias para llevar a cabo sus ambiciosos proyectos. Hungría, Rumania o Bulgaria, por ejemplo, representan un auténtico filón económico, no sólo por sus bajos costes de producción, sino también por las amplias expectativas de mercado que se abren con su futura entrada en la Unión Europea. Por encima de ellos, sin embargo, emerge Eslovaquia, un estado que se ha convertido en el nuevo paraíso para las empresas automovilísticas por estar muy próximo al gran mercado alemán.

El Gobierno eslovaco hace tiempo que se ha dado cuenta de que la instalación de grandes empresas automovilísticas en su territorio puede impulsar en buena medida el crecimiento del país. Para ello, aplica a las compañías interesadas una rebaja fiscal del 30 por ciento, una reducción que, por otra parte, fue aprobada en su momento por el Consejo de Ministros de la Unión Europea, con el consentimiento expreso de España. Precisamente, nuestro país ha sido uno de los más perjudicados por la generosa política fiscal aplicada en Eslovaquia, ya que Volkswagen decidió hace apenas unos meses trasladar de Martorell a Bratislava, donde los costes son mucho menores, el 10 por ciento de la producción del Seat Ibiza, su modelo estrella.

Con todos estos precedentes, un difícil panorama se presenta para las plantas españolas. Martorell o Landaben (donde Volkswagen ya retiró la producción del modelo Polo) pueden ser sólo el principio de una cadena de reducción de fabricación de unidades que podría tener su próxima víctima en la planta de Nissan en Barcelona. De entrar el sector en esta dinámica, las consecuencias serían terribles para España, ya que, no lo olvidemos, somos tradicionalmente una nación exportadora de automóviles: vendemos en el exterior el 75 por ciento de nuestra producción.

Algo parecido ha ocurrido en Polonia, donde el grupo británico Rover tenía previsto instalarse. En el último momento, el fabricante inglés anunció que retiraría su proyecto de Varsovia si conseguía mejores condiciones económicas en Eslovaquia. De la misma manera ha actuado el grupo PSA (Peugeot-Citroën), que recibirá en cinco años un programa de subvenciones y ayudas por importe de 6.000 millones de coronas (unos 143 millones de euros) aprobado por el Ejecutivo eslovaco. Con este dinero, el grupo francés instalará una fábrica en la ciudad de Trnava, en el centro del país.

Toda esta nueva estrategia empresarial amenaza el orden establecido en la industria del automóvil. Muchos países se pueden beneficiar con las inversiones, caso de Eslovaquia, pero también muchos otros están viviendo grandes dificultades, sobre todo en Europa Occidental y Estados Unidos. En estos mercados, los traslados de producción y los descensos de ventas están provocando fuertes recortes de empleo y el cierre de numerosas plantas. El secretario general de Naciones Unidas, Kofi Annan, definió en una ocasión este nuevo período económico: “La globalización es como un tren. Sólo se detiene allí donde hay estaciones y andén”. Esta reflexión, perfectamente aceptable para muchos ámbitos (como el de los Derechos Humanos), es, sin embargo, totalmente falsa para la economía. Aquí, el tren sólo se detiene donde encuentra rentabilidad, sin importar lo más mínimo que haya andén o estación. ¡Vayamos de viaje!.

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