El Garaje del artista

El automóvil es uno de los elementos que definen el siglo XX: pasión por el avance técnico, el diseño industrial y la superación del hombre en su carrera por derrotar al tiempo y a la velocidad. El arte, como testigo y notario de su época, no ha escapado al influjo de estas máquinas prodigiosas. La Fundación Barreiros ha organizado una notable exposición que recoge esta fructífera relación en el arte español.
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El Garaje del artista

La Fundación Carlos de Amberes, situada en la madrileña calle de Claudio Coello, ha sido la entidad encargada de acoger una muestra de 75 obras de arte que, de un modo u otro, utilizan el automóvil como elemento en la composición. Éste era uno de los factores comunes de la exposición, el otro era que las obras perteneciesen a pintores españoles del siglo XX. El título de la exhibición, Garaje: imágenes del automóvil en la pintura española del siglo XX", lo dice todo. Entre la obra seleccionada figuran creaciones de Picasso, Dalí, Iturrino, Sorolla, Barradas, Torres García, Maruja Mallo, Moreno Villa, Equipo Crónica, Gordillo, Arroyo, Antoni Tapies, Antonio López, Ouka Lele, García Sevilla, etc. Se podrá ver en Madrid hasta final de año y después se trasladará al Centro Gallego de arte Contemporáneo, en Santiago de Compostela.

El comisario, Jaime Brihuega, historiador del arte, ha reunido piezas únicas y de gran valor que resumen la evolución del arte en España en el último siglo, siempre buscando alguna relación con los coches. Esta condición fuerza un poco la elección de las obras, puesto que, en algunos casos, la aparición de un vehículo a lo lejos no parece suficiente motivo para incluir la obra en la muestra. Es el caso de la fotografía de Ouka Lele seleccionada por Brihuega. El motivo de la foto no es ni mucho menos el automóvil, sino que aparece inevitablemente. Aun así, como elementos del paisaje urbano en que se desenvuelve el trabajo de la artista, también contribuyen al contenido de la foto.

En otros casos, el coche es el centro de la creación artística. Como ejemplo, la obra de Eduardo Arroyo que abre la exposición: " El regreso de Companys", un tríptico cuyo motivo central está ocupado por un elegante coche alemán de los años cuarenta. En los extremos, saliendo del cuadro, dos piernas recuerdan a los ocupantes del vehículo. La soledad del coche bajo la lluvia evoca la tragedia vital de Companys, exiliado y marginado tras la Guerra Civil. De algún modo es un homenaje al coche como testigo mudo de los acontecimientos que cambiaron el mundo, de los viajes secretos de políticos y personalidades, de pactos y venganzas urdidas en asientos tapizados en terciopelo, de recepciones oficiales...De la Historia, en definitiva.

En España, donde la revolución industrial siempre ha sido lenta, sorprende la rápida entrada del automóvil en el imaginario de los artistas. A la vista de esta muestra se podría hablar de varias evoluciones parejas. El arte y el mundo del automóvil recorren el siglo XX de una forma vertiginosa. Sus aceleraciones son casi simultáneas. A principios de siglo, la pintura sale de la crisis que supuso la aparición de la fotografía y se abre camino a gran velocidad: es la vanguardia, el tiempo de los "ismos". El coche vive entonces su nacimiento. Ha dejado de ser una máquina pavorosa y lenta para empezar a batir marcas de velocidad inauditas. Además, con él llega la producción en cadena, un método de trabajo que cambiará el mundo de arriba abajo. Y se refina. Esto no escapa a los artistas del momento. Movimientos como el futurismo y el constructivismo ruso alabaron la grandeza de las nuevas máquinas, las tomaron como ejemplo de filosofía de vida que pregonaban.

Más adelante, con el terror de la II Guerra Mundial, el arte oscurece su paleta y la expresión se retuerce de dolor. El automóvil también se desvía de la línea elegante y refinada que predominaba en los años treinta. Los vehículos militares invaden las cadenas de montaje y, después, con un mundo en ruinas, es el tiempo de los coches populares. Son joyas del diseño industrial, pero, desde luego, no son obras de arte. La creación atraviesa también pasos difíciles, de convulsión y revisión. Es el momento de los expresionistas, de los primeros abstractos que se replantean los fundamentos de la sociedad. Quizá sea el periodo de mayor disociación entre arte y coches. En la muestra de la Fundación Barreiros apenas hay ejemplos de esta etapa. Si acaso algún cuadro de Dalí en el que el coche toma parte del mundo surreal que describe el artista catalán.

Habrá que esperar hasta los sesenta y , sobre todo en España, los setenta, para que los coches recobren su carácter de máquina lujosa y viva. El diseño con mayúsculas vuelve a trabajar sobre las carrocerías y renace el orgullo que se había quedado apagado en los cuarenta. Algunas marcas mantuvieron viva en Europa la llama que ahora prende con fuerza en los atrevidos carroceros italianos y franceses.

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