Esos chalados con sus locos cacharros

En octubre de 1997, el ser humano batió uno de los últimos records que le faltaban por conseguir: superó la barrera del sonido en superficie terrestre. Después de cien años de intento, al fin lo había logrado. Sin embargo, lejos de detenerse en los 1.233,47 km/h alcanzados, el hombre ha visto en este hito un nuevo acicate y ya hay cuatro contendientes que han aceptado el reto de rebasar ese nuevo límite.
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Esos chalados con sus locos cacharros

Los intentos por batir records han sido siempre una característica inherente a la naturaleza humana. Llegar antes que el resto, ser el primero, el más rápido ha sido la primera manifestación pura del deseo de competición. Por ello, desde que se inventó el automóvil, las pretensiones de convertirse en el ser más veloz sobre la Tierra han estado presente en la mente de muchos individuos. Pese a que la creencia popular atribuye a Karl Benz la invención del automóvil en 1885, lo cierto es que, ya a principios de siglo XIX, el suizo Isaac de Rivaz construyó un ingenio mecánico en 1813 que se desplazaba a la "escalofriante" velocidad de 5 km/h. Esta maquinaria es considerada, hoy día, por la mayoría de los investigadores como el primer automóvil.

El primer récord oficialmente registrado será logrado en 1898 por el conde Gastón de Chasseloup-Laubat, quien recorrió en París, a bordo de un vehículo de cuatro ruedas e impulsado por un motor, un kilómetro en 59 segundos, es decir, 61 km/h. Lo ™nico que pretendía con su aristocrática tentativa era comprobar si su coche funcionaba correctamente. Lo que no sabía es que su acción iba a desencadenar una auténtica fiebre por conducir el vehículo más rápido en tierra, que contin™a en nuestros días y que no parece tener límite.

El primer cuarto de siglo fue pródigo en intentos y cada poco surgían nuevos locos al volante que se atribuían el mérito de ser el más rápido. La siguiente marca notable se producirá en febrero de 1927, cuando el británico Malcom Campbell, a bordo de su Bluebird, un coche específicamente fabricado para este uso, logra situar el cuentakilómetros de su vehículo a 281,3 Km/h de media. Aparecía, por así decirlo, el primer profesional de la velocidad. Un hombre dedicado exclusivamente a ser el más rápido.

Tras el parón que supone la II Guerra Mundial, la pasión por este reto se traslada a los Estados Unidos. Los años 60 supondrán la incorporación de pilotos norteamericanos y de su forma de entender los desafíos, casi un asunto de estado, en el que autoridades locales, estatales y nacionales apoyan a los valientes conductores, quienes, por su parte, buscan fuentes de financiación, provocando la conversión del reto en negocio. Se buscan nuevas localizaciones y, por encima de ellas, destaca Bonneville Salt Flats, en el estado de Utah, que, desde entonces, se convertirá en la meca de los pilotos. Entre 1964 y 1965 se bate, en ocho ocasiones, el récord de velocidad y, alternativamente, se suceden los prototipos futuristas basados en la mecánica de los aviones. En estos años, hace su presencia Craig Breedlove y su mítico proyecto Spirit of America, quien, en apenas 24 meses, consigue cinco veces el título de piloto más rápido del mundo. Con su ™ltimo registro, supera la barrera de las 600 millas por hora (925 km/h).

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