Citroën C-Métisse

Si sólo asocias Citroën con el “dos caballos” o con los descuentos promocionales, te equivocas. Con coches-concepto como este C-Métisse quiren recuperar su imagen de fabricante vanguardista… y vaya si lo han conseguido.
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Citroën C-Métisse
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Si has conseguido entrar no acaban aquí tus sorpresas. El reposacabezas está anclado al techo y lo más que puedes hacer es acercártelo. Te extrañarás cuando compruebes que el asiento no se puede ajustar nada más que en altura. Los ergónomos han decidido, como ya habíamos visto en el Volvo SCC, que lo ideal es colocar a todos los conductores con su ojo colocado en la posición óptima. Vamos, sólo existe una posición sea cual sea el conductor. Una vez fijada, es el resto del habitáculo el que se ajusta a las dimensiones y corpulencia de cada uno. Dicho y hecho, tienes un botón que te acerca o te separa el volante y otro tanto sucede con los pedales.

Una vez que te sientes a gusto te das cuenta de que el volante es mucho más que eso. Incorpora los mandos de las luces, las manetas para el manejo manual del cambio automático, los limpiaparabrisas… Si no llevas a tu lado al padre de la criatura, te las verías y desearías para poner en marcha el coche, y eso que luego compruebas que es de una facilidad pasmosa cuando has aprendido. El contacto es una tecla en el techo, como si se tratase de un avión. Un botón justo al lado genera un ruido y te indica que el coches “está en marcha”. Sin embargo, el motor diesel sigue parado y bien parado, aunque la luz verde del fondo de los instrumentos te indica que puede iniciar la marcha en cuanto desees. Lo que crees que es un adorno en la consola central, justo al lado del volante, resulta que puede deslizar y te permite abandonar la posición “parking” y te permite insertar la clásica “D” de los cambios automáticos.

Pisas el acelerador y… se mueve. Sin ruido. Claro, es eléctrico. Apenas inicias el movimiento y sientes lo dura que es la suspensión hidroneumática tomada del C5 y cómo actúa intentando compensar los movimientos de cabeceo del coche y el propio peso de los ocupantes. Vas ganando velocidad, pisas más a fondo y un chasquido te indica que el motor de arranque se dispone a darte un empujoncito con el Diesel. Vaya empujoncito. Cuando el vigoroso V6 del C6 despierta se encuentra con que apenas tiene peso que mover en el caso del Métisse. El Métisse acelera con ganas y aciertas a preguntar por la velocidad a la que puede ir el coche. Normalmente, en este tipo de coches, te dicen que 40 ó 50 km/h, que es una pieza única, que no está puesta a punto, que es sólo de exhibición…

Así que, cuando nos dicen que un probador lo ha puesto a más de 200 km/h en este mismo anillo, te das cuenta de que estás en un coche muy serio. Los frenos de 350 mm delanteros están ahí para algo más que para dar imagen. De hecho, el tacto es firme, de carreras, y chillan como tales cuando frenas. Se disculpan diciendo que para la fase de puesta a punto apenas emplearon diez días. Todo un logro, porque se nos antoja que toda la integración híbrida debía de suponer la parte más compleja.

Los ruidos abundan. Nos dicen que la fibra de carbono, por su rigidez, disipa peor que la caja de acero y llegan mejor las vibraciones. No es muy maniobrable, pero no podía serlo con tres metros de batalla. No buscaban nada especial en materia de estabilidad con ello, sino hacer suficiente hueco en el habitáculo como para dar cabida a los ocupantes posteriores.

El propio motor es una fuente de ruidos, en claro contraste con el ruido cuando funciona en modo eléctrico. Lo que crees que es el turbo, con sus continuos silbidos, en realidad es la admisión, que truena cada vez que decides pisar un poco. Desde fuera no se nota. Sólo ves fluir una imagen poderosa, un morro altivo en aceleración que te hace pensar en la evolución de la especie. Al Citroën DS, el Tiburón, le ha llegado el momento de pasar al siglo XXI.

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