Las otras carreras de coches

Algunas de las más emocionantes pruebas automovilísticas no resultan fáciles de catalogar. Son las otras carreras.
Autopista -
Las otras carreras de coches

A la sombra de estas pruebas, otras todavía más descabelladas y poco conocidas fueron creciendo con el tiempo y la técnica. Son esas carreras en las que los ingenieros dan lo mejor de sí mismo, en las que el automovilismo se sublima y ciencia y deporte se dan la mano.

Dentro de este tipo de desafíos destacan los de ahorro de combustible. Son pruebas extrañas en las que gana el que recorre más distancia gastando la cantidad más pequeña de gasolina. Los orígenes de esta disciplina se remontan al final de la década de los 30. Fue, según explican en la petrolera Shell, en uno de sus laboratorios en Illinois, Estados Unidos. Allí, un grupo de investigadores apuró al máximo la mecánica de un coche convencional y logró una media de 5,6 litros cada 100 kilómetros. Aquella marca histórica es común hoy en los coches de serie, pero los continuadores del experimento van mucho más lejos.

Desde 1977, la propia Shell organiza el Eco Maratón, antes conocido como Shell Mileage Maratón, una competición con reglas más bien difusas que agrupa a prototipos pensados para moverse con motores microscópicos de gasto irrisorio. Los equipos inscritos pasan varias tandas de clasificación nacionales y, por último, los mejores compiten ya a escala mundial. El primer gran récord logrado en Europa dejó la marca en 680 kilómetros con un solo litro de gasolina. La marca absoluta la tienen los franceses del equipo St. Joseph La Joliverie, que, en 1999, lograron cubrir 3.482 kilómetros con un único litro de combustible. En la última edición, disputada en Japón el año pasado, se estiró el litro hasta los 3.444 kilómetros. El coche (es un decir) que alcanzó tal proeza se llamaba FC 98, tenía tres ruedas y montaba un micromotor de seis kilos que cubicaba 30 centímetros cúbicos y enviaba su potencia a la rueda trasera. Chiharu Nakane, la piloto japonés que lo llevó a la victoria, iba completamente tumbada en el vehículo, encajonada entre las dos ruedas delanteras. Ella pesaba 45 kilogramos y, en total, el coche sumaba otros 29. Su ligereza se debía a que estaba elaborado en fibra de carbono.

La carrera, celebrada en Nagano, fue tan reñida que la diferencia que separó a los dos primeros clasificados fue de una diezmilésima parte de litro a los 100. Para llegar a tal conclusión, los jueces no pudieron utilizar una pipeta normal de laboratorio: su escala no era tan exacta. Tuvieron que recurrir a una balanza de precisión para saber qué cantidad de gasolina quedaba en cada depósito.

En esta asombrosa especialidad, auténtico escaparate tecnológico, se utilizan coches con motores totalmente artesanos y, aparte de la jibarización de la mecánica, el apartado más complejo es el aerodinámico y todo lo relacionado con el rozamiento. Así, hay que buscar siempre el desarrollo óptimo y las presiones de las ruedas más apropiadas para que el contacto con el suelo sea mínimo. Como es fácil deducir, las formas de estos vehículos son de lo más variado, siempre buscando presentar la menor resistencia posible al viento. Una vez en carrera, la técnica del piloto también importa mucho. Generalmente, en las bajadas y rectas aprovechan para apagar el motor y ahorrar energía. En los equipos de primer nivel cuentan con expertos en orografía y telemetría para encontrar la táctica más apropiada. Después, sólo queda rodar. Habitualmente, los coches están en carrera unos 52 minutos. Tras esas vueltas, se extrapola el consumo y se sabe cuánto podrían hacer si hubiesen consumido un litro entero.

Los participantes en esta peculiar maratón suelen provenir del ámbito académico, como ha pasado con los equipos españoles, y, generalmente, cuentan con el apoyo de empresas especializadas en tecnología punta. Sus resultados son tenidos muy en cuenta por el mundo de la industria. En un intento de equipararse a esta elite de tacaños, Volkswagen acaba de presentar un prototipo que sólo gasta un un litro a los 100 . La propia Volkswagen llevó a cabo hace dos años una divertida prueba cuasideportiva: un Lupo recorrió 33.333 kilómetros utilizando 793 litros de gasóleo. El Lupo TDI tiene homologado un consumo de tres litros cada 100 kilómetros y su hazaña se denominó “Vuelta al mundo en 80 días con VW Lupo”.

La gente suele creer que, al correr con un coche, lo más importante es ser el más rápido en cubrir la distancia fijada para la competición. Sin embargo, esto no es siempre así. Hay carreras en las que importan otros criterios, como gastar menos combustible, recorrer más distancia o viajar impulsado por energías poco tradicionales.

Desde que se disputó la primera prueba deportiva en coches a motor, una París-Versalles celebrada en 1887, la historia del automovilismo ha encumbrado a una larga lista de héroes, la mayoría de ellos glorificados por su capacidad para dominar las altas velocidades y por ser los más rápidos en ir de la salida a la meta. Sin embargo, ya desde muy pronto se destacaron algunos que buscaban otros objetivos menos brillantes pero quizá más estimulantes. Hombres de acero y leyenda se subieron a coches inverosímiles para disputar competiciones poco menos que imposibles: París-Madrid en 1903, París – Nueva York en 1908, las extenuantes transasiáticas, panamericanas... Cualquier reto a bordo de un coche fue para aquellos pioneros modus vivendi. Herederas de aquel espíritu son hoy las París-Dakar, las 500 Millas de Indianápolis, las 24 Horas de Le Mans y, al límite de la ortodoxia competitiva, pruebas como el Camel Trophy o la Cup 180.

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