Aventuras y desventuras de un profesor de autoescuela

Los profesores de autoescuela son esos grandes desconocidos con los que la mayoría de nosotros nos hemos topado alguna vez en la vida o con los que nos encontraremos más tarde o más temprano. Cuando uno se matricula por primera vez en una autoescuela, una de las preguntas típicas suele ser ¿cómo es el profesor? Y es que esa persona que nos enseña a conducir es una de las grandes "vilipendiadas" por la mayoría. Unos se quejan de incompetencia, otros de incomprensión, otros de poca paciencia y la mayoría de que son unos "sacacuartos". Nosotros nos hemos acercado a estos profesionales de los que deberíamos aprender algo más que el "simple" manejo del automóvil.
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Aventuras y desventuras de un profesor de autoescuela

Dentro de esta profesión hay de todo, "como en botica". Quienes nos enseñan a conducir tienen, como todos nosotros, vicios y virtudes. La mayor de esas virtudes es, sin duda, la paciencia. De sus largas horas en el asiento del copiloto (con los pedales siempre al alcance, eso sí) surgen multitud de anécdotas que nos han contado en exclusiva para Autopista Online. Estas son algunas de sus "batallitas".

Una de las alumnas favoritas de uno de los profesores con los que hemos hablado fue una señora que acudió a clase, todos los días, durante casi dos años. La "abuela" afirmaba que, igual que hay gente que se gasta un dinero cada día en el bingo, ella se lo gastaba en aprender a conducir. Al final, la señora aprobó, aunque no sabemos si después se compró un coche o dejó en el olvido el tan preciado carnet de conducir.

Hay historias divertidas, curiosas, raras y sorprendentes, pero también las hay dignas de denuncia. En una ocasión, un profesor se dio cuenta de la tensión en la que estaba la alumna mientras daban su clase diaria de conducir. La incógnita desapareció cuando la chica le confesó al profesor que, en la anterior autoescuela en la que se matriculó, el profesor acostumbraba a enseñarle dónde tienen las mujeres las cosquillas, que, curiosamente, según el "profesor", se encuentran localizadas bajo el pecho. En esta situación, no hay que huir del "acosador", sino denunciarle, bien ante el propietario de la escuela o, si se trata del dueño, ante la Dirección General de Tráfico.

En el anecdotario de nuestros profesores de autoescuela destaca una historia en la que la chica que quería aprender insistió en ir acompañada de su novio. Al cabo de unas cuantas clases, el chico le preguntó al profesor: "¿tú no pegas?". Y es que esta joven había sufrido más de un cojinazo en la cabeza cada vez que cometía un error durante sus clases prácticas en la autoescuela.

Los exámenes de conducir son momentos que la mayoría de la gente recuerda con horror. Es tal el estado de nervios que más de uno comete fallos garrafales. Es el caso de aquel chico que, en plena carretera, pegó un frenazo, justo antes de un cambio de rasante. El examinador le preguntó el porqué de esta peligrosa reacción, a lo que el joven contestó que "no veía" y que había parado por su propia seguridad.

Había un profesor jovencito que estaba en los primeros años de su profesión y que comenzó a dar clases a una madurita señora que insistía en que llevaba años sin conducir y que quería refrescar sus conocimientos de conducción. El profesor sólo veía que la señora conducía muy bien, sobre todo para llevar años sin coger un coche. Pero, un día, se descubrió el pastel, cuando el profesor vio a su aventajada alumna conduciendo "tan ricamente" un cochazo. Al día siguiente el profesor se lo dijo a la señora y ella le contestó con evasivas, para, al final, hacerle algunas proposiciones deshonestas.

¿Qué me decís de ese profesor al que le suspendían todos los alumnos por "defecto de velocidad"? Este profesor pasaba toda la clase agarrado con fuerza al asidero de la puerta del coche. Al final, tuvo que dejar esta profesión para dedicarse a otra cosa.

...que quería seguir dando clases por siempre jamás. Los profesores de autoescuela se quejan siempre de que los alumnos no quieren aprender a conducir, sino que sólo pretenden obtener el carnet. Sin embargo, hay casos en los que las cosas cambian. En esta ocasión, nos referimos a un alumno -se trataba de un señor de unos 50 años- que insistía en seguir dando clases cuando el profesor le quería presentar a examen, porque le consideraba preparado para salir a conducir por esas "carreteras de España". Una vez el profesor fijó la fecha de examen, el alumno volvió a pagar por un bono de otras diez clases, por si acaso. La obsesión de este señor llegó a tal punto que, cuando se compró el coche, llamó al profesor para que viera lo bien que iba y el profesor no tuvo otra opción que parar el coche en medio de un descampado para obligar al exalumno a que volviera a su casa conduciendo él mismo. ¿Exceso de prudencia o terror al volante?

Antes de nada, imaginad la situación. Verano, una señora que aprende a conducir, el terror y los nervios bloquean la mayor parte de sus movimientos. Bien, pues, en esta situación, la alumna "cala" el coche porque el pedal se le escurre. La respuesta del profesor es inmediata: ¿Cómo se te ha "calado" el coche? La alumna, en un momento de nerviosismo, contesta: Es que llevo bragas de esparto (se entiende que se refería a zapatillas de esparto). Por supuesto, este error le supuso "muchísimo cachondeo". De hecho, semanas después, al coincidir el profesor con el marido de la alumna, le comentó que a ver si permitía a su esposa que se gastara un poco más en ropa interior, que la de esparto era muy incómoda.

Hay que reconocer que los "tiempos cambian que es una barbaridad" y, si no, que se lo pregunten a ese profesor al que los primeros días de clase le "encasquetaron" un Seat Seiscientos. Un coche lleno de encanto, para el que le guste.

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