Los coches de Alatriste

No existían coches como los conocemos ahora, pero Alatriste y sus camaradas también convivían con un Madrid de tráfico caótico. Aunque no te lo creas, los taxis comenzaban a circular y algunos hacían los primeros pinitos en el mundo del tuning. Atropellos, carreras y persecuciones... Por no hablar de cómo aprovechaban los atascos para las citas amorosas.
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Alatriste y otros espadachines del Siglo de Oro no podrían haber vivido sus aventuras sin los “coches” que, por aquella época, circulaban por Madrid. Han pasado más de cuatro siglos, pero es increíble descubrir que muchos conductores todavía nos enfrentamos a los mismos problemas.

Sin ir más lejos, las calles que puedes ver en la película que se estrena mañana viernes todavía existen, tal cual. No están en Madrid, pero se encuentran en Úbeda y Baeza. Los carruajes, de los que luego te hablaremos, empezaban a funcionar como taxis: había unos 900 para una población de 100.000 personas. Según las crónicas de la época, parar uno de estos vehículos era tan difícil como, hoy en día, ver uno de los actuales con la bandera verde un sábado por la noche.

Además, cuando Alatriste vuelve de Flandes, se encuentra con un Madrid que debía apretarse el cinturón. Obviamente, no había problemas con el precio de la gasolina, pero la cebada estaba por las nubes y los cocheros comenzaban a protestar en las calles. Por supuesto, los vehículos de la época eran todos de tracción animal – o, como dicen algunos historiadores, “tracción de sangre”-, pero había un límite de potencia: los cuatro caballos sólo estaban permitidos para príncipes, duques o arzobispos. Los demás tenían que contentarse con carruajes tirados por dos animales, normalmente mulas.

El tráfico era una auténtico quebradero de cabeza para todos. De hecho, el siglo XVII es uno de los más prolíferos en normativas de circulación. Algunas de las normas son esperpénticas; te las contamos.

En aquella época, todavía los agentes de la Policía Municipal no patrullaban las calles de Madrid, pero existía una figura muy parecida: los alguaciles. No iban con la libreta rosa en la mano, sino con el bando municipal: todas las infracciones de tráfico se solían saldar con el nombre del multado escrito en las calles y plazas más concurridas para conocimiento –y escarnio- público.

Prioridad de paso, cuestión de honor: ni derecha, ni izquierda. El que debe dejar pasar es el que tenga una condición social más baja. Si no lo hace, la multa se puede saldar con un duelo de espadas.

Atropello y fuga = castigo público: el cochero que atropellaba a un peatón era castigado a “vergüenza pública” y era azotado. Además, no sólo se amonestaba al conductor. Si el dueño del vehículo viajaba dentro en el momento del atropello, perdía el carruaje y las mulas.

El coche, cosa de mujeres: en el siglo XVII, los hombres sólo podían viajar en coche si iban acompañados de sus mujeres. Sólo ellas podían viajar solas: eso sí, debían ir con la cara al descubierto y no podían ser prostitutas (éstas tenían prohibido usar carruajes y, si incumplían la norma, podían ser desterradas de la ciudad).

Hay una norma de circulación muy curiosa: cuando se cruzan dos carruajes, es obligatorio parar e intercambiar saludos. Así, muchos galanes aprovechaban esta ley para salir de conquista. Como ya te hemos explicado, el coche era uno de los pocos sitios en los que las mujeres podían ir sin velo. Y había mucho movimiento. El mismo Lope de Vega se queja del abundante tránsito diario en el Paseo del Prado. La calle Mayor y la Puerta del Sol son escenarios de continuas retenciones: la hora punta, todas las tardes a la salida del teatro.

Según las crónicas, el precio de un coche de cuatro plazas era unos once mil reales de la época y su mantenimiento, más de 500 ducados al año. No podemos hacer el cambio a euros, pero, para que te hagas una idea, un obrero no ganaba más de seis reales al día. Los carruajes eran, por tanto, todo un privilegio.

Sin embargo, la pasión por los vehículos había calado hondo en el corazón de los madrileños. En la abundante literatura del Siglo de Oro, nos encontramos algunas anécdotas que lo demuestran. Por ejemplo, una familia que compra una caja de coche y, como no tiene para los caballos, lo cuelga del techo de su casa...

Según nos comenta Javier Leralta, autor de numerosos libros sobre la movilidad en Madrid, “en aquella época, los coches eran un objeto de lujo como ahora un Ferrari Testarrossa. Estaban hechos a mano en talleres y siempre a gusto del que los encargaba. No comenzaron a fabricarse en serie en Madrid hasta el siglo XIX. En la época de Alatriste, se llevaban mucho los carruajes traídos de otras partes de Europa: italianos, ingleses, centroeuropeos...”

Así, como se recoge en la página web Madrid, villa y coches, muchos se atrevían a hacer sus pinitos con el tuning. Toldo, cortinillas, ornamentación en piel... Hasta tal punto llegó la decoración de los vehículos que, años más tarde, se tuvo que hacer una ley donde se prohibían expresamente los adornos de oro y las sedas. Eso sí, los techos acabaron imponiéndose, ya que –no lo olvidemos- estamos en el Madrid del “agua va”. En la capital (como en el resto de Europa, por cierto) no hay servicio de recogida de basuras ni alcantarillado que evacue aguas fecales.

El marqués de Toral puede ser considerado un pionero en la moda de personalizar el vehículo. En 1965, fue el primer madrileño que se animó a poner vidrios en las ventanas de su coche. “Al parecer, la expectación fue tan grande que muchos madrileños acompañaron al carruaje por las calles para no olvidar este acontecimiento histórico”.

Hay multitud de vehículos distintos. Sillas de mano, literas, carruajes tirados por caballos, carrozas, carricoches, calesas, faetones... y las berlinas, nombre que han heredado un tipo de coches de nuestra época (eran los carromatos que hacían el trayecto hasta Berlín).

El “líder de ventas” de la época era la litera, un carruaje de tracción animal en el que las varas que sujetaban la caja donde iba el viajero descansaban en los sillines de los animales. Era tirada preferentemente por mulas, al ser la caballería que mejor se adaptaba a la irregularidad del terreno. Junto a las mulas iban además dos mozos montados sobre cada uno de los animales para alcanzar mayor velocidad.

Según nos explica Javier Leralta, las autoridades querían controlar quién iba en los coches. Así, sólo podían ser propietarios de vehículos aquellos que tuvieran una licencia expedida por el Ayuntamiento. Tampoco cualquiera podía ser chófer. A principios de siglo, se crea una ley para los mozos de silla que quería evitar que se pusieran “al volante” muchos vagabundos que llegaban a la capital y no tenían ninguna preparación.

¿Has leído “El Capitán Alatriste”, de Arturo Pérez Reverte? Pues, si quieres documentarte más sobre el tema, te recomendamos un libro de Javier Leralta: “La historia del taxi de Madrid” (lo ha editado Sílex y lo encontrarás en grandes librerías). Además, echa un vistazo a la web: también ha escrito un libro en el que recoge más de 500 años de la historia de la circulación y los transportes en la capital. Se titula “Madrid, Villa y Coche”, pero ahora mismo está agotado. Sólo puedes leer algunas de sus reseñas en la página www.madridvillaycoche.es .
Javier Leralta no sólo es un premiado escritor. En la actualidad, trabaja en el servicio de pantallas del Ayuntamiento de Madrid, un lugar privilegiado desde donde ha visto cómo ha cambiado el tráfico de la ciudad en vivo y en directo.

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