Aeropuerto de Sevilla: los taxistas tienden a cobrarse la propina

Tras la experiencia de un equipo de Autopista Online en la terminal internacional del aeropuerto de Barajas se decidió poner a prueba la honradez de los taxistas que trabajan en el aeropuerto de Sevilla. Esta vez nos convertimos en un turista alemán dispuesto a recorrer las bellezas de Andalucía y un italiano con ganas de pasarlo bien en la capital andaluza. Los resultados fueron sorprendentes, en general no hubo unos abusos tan importantes como en Madrid, aunque en casi todos los casos el trayecto al aeropuerto era más económico que la vuelta al centro. Todo un misterio.
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Aeropuerto de Sevilla: los taxistas tienden a cobrarse la propina

"Bueno, mejor cinquemila"
Sobre las 12 del mediodía acudí al primer taxi de los que esperan a los turistas en la terminal de llegadas del aeropuerto de Sevilla. El taxista, al verme, levantó las cejas en actitud servicial, al tiempo que abría y me indicaba el maletero del coche para dejar el equipaje.

— "Al hotel Inglaterra", le dije, mientras me instalaba en el asiento trasero, desde donde veía la cabeza del conductor en escorzo, el taxímetro "inerte" y el diario Marca en el asiento del acompañante. Al poco tiempo iniciamos el diálogo. Le dije que venía de Milán para pasar unas vacaciones de tres días en Sevilla.
— "Pues allí, Inter y Milán…", asintió juntando sus dedos índice, en señal de enfrentamiento.

— "Ah, sí, están siempre de bronca. Y, aquí en Sevilla, ¿qué equipos hay?", le respondí en mi supuesto idioma.

— "El Betis y el Sevilla", contestó.

— "Y, usted, ¿de cuál es?", le pregunté.
— "Yo soy bético", respondió.

En esto nos encontrábamos en la avenida Cristo de la Expiración, directos al centro de la ciudad. Giramos hacia la calle Arjona y de nuevo hacia Reyes Católicos y después a la derecha por la calle Zaragoza, que da a la Plaza Nueva, donde se ubica el hotel Inglaterra. Mientras avanzábamos "a sorbitos" a través del interminable atasco y el taxista daba muestras de impaciencia, yo pensaba que quizá hubiera sido mejor acceder a la Plaza Nueva a través de la Avenida de la Constitución, que discurre bajo la excelsa figura de la catedral; hubiera sido, además, el recorrido más atractivo para un turista.

Cuando al fin desembocamos en la plaza, el taxista exclamó, mientras estiraba el cuello y tanteaba con la vista la mejor zona para parar:
— "Uf, es que el tráfico… ".

— "¿Cuánto es?", le pregunté.

—"Cuatro mil novecientas".

Yo sabía, desde el momento en el que vi el taxímetro apagado, ya en el aeropuerto, que no me cobraría de forma legal, pero, aun así, me sorprendió la cifra. Sabía que por el trayecto que hice se suele cobrar de 2.500 a 3.000 pesetas. Actué con normalidad, como si no fuera realmente consciente del precio. Le pedí un recibo y le volví a preguntar que cuánto era.

— "Cuatro mil novecientas.. bueno, mejor cinquemila. ¿Se dice así?", me respondió.

El "considerado" del taxista" debió pensar en no complicarme la vida con cifras difíciles y cobrarme cinco mil, que era más comprensible para mí. Y, de paso, redondeaba el timo.

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