Senna, lo que sucedió hace 25 años

La página más triste de la F1 se escribió en el circuito de Imola hace 25 años. Que dos pilotos murieran en el mismo fin de semana no se había producido nunca en la F1, y casi podían haber sido tres, de no mediar un milagro en el accidente de Barrichello el viernes
José M. Rubio -
Senna, lo que sucedió hace 25 años
Senna, pensativo, antes de tomar la salida en el GP de San Marino de 1994

El sábado, tras el fallecimiento de Roland Ratzenberger, Ayrton Senna se erigió en líder de una corriente que promovía la “huelga” de pilotos y que éstos no quisieran disputar la carrera. El mismo Ayrton parecía temer por su vida.

Esa religiosidad que presidió siempre su vida, que le daba alegría en los momentos tristes, y que trasladó a las pistas y al paddock, le hacía ver las cosas de otra manera. Ese Dios en el que siempre confió para que le guiase, y que confesó haber visto en más de una ocasión al volante de un F1, le “advirtió” de que no debían correr ese domingo en Imola.

El sábado, tras el fatal desenlace del piloto austriaco, Ayrton Senna mantuvo numerosas reuniones con todos los estamentos de la parrilla. Desde directivos de la FIA de entonces hasta con el propio Ecclestone, y sobre todo con sus compañeros de parrilla. Él podía permitirse el lujo de hacer presión, como Emerson Fittipaldi en Monjuich en 1975, donde el también brasileño se negó a correr y hubo una tragedia.

Ayrton Senna tenía fuerza en su equipo para no correr, pero sus idas y venidas por el paddock, acompañado en muchas de ellas por Barrichello y su brazo en cabestrillo a consecuencia del accidente del viernes, no tuvieron mucho éxito. Michael Schumacher fue el primero que no estaba por la labor de hacer huelga, ya que no quería dejar de disputar ni una carrera porque se veía con posibilidades para ser campeón. Los otros estaban temerosos de que su puesto fuera ocupado por otro piloto en el futuro, si rompían el contrato.

Senna tuvo una agria discusión con Bernie Ecclestone, el todopoderoso que le quiso fichar en sus inicios y el piloto no quiso hacerlo. Era como si Bernie le quisiera pasar factura. “Hay contratos de televisión que cumplir y la carrera se hace con los pilotos que sea”. Esa fue la premisa de Ecclestone. La tristeza de Ayrton se tornó entonces en un desafío contra sí mismo y los elementos.

No había puntuado aún en las dos carreras anteriores, pero había logrado las “pole” disputadas. Su frustración le llamó a la venganza, y la mejor forma de vengarse de toda aquella “panda” de insensibles, era ganar la carrera y homenajear así a Ratzenberger. Para ello se metió, como hacía con la bandera de Brasil, una bandera austriaca en el bolsillo y la sacaría en la vuelta de honor.

Ayrton clamaba venganza a su manera, pero estaba muy preocupado por lo que podía pasar, tenía miedo. Habló con su jefa de prensa de entonces, la brasileña Betisse Asumpçao, y le confesó la angustia que tenía el sábado por la tarde y el propio domingo. Se temía lo peor, se volvió más cerrado que de costumbre, y ya su mirada denotaba el sábado por la tarde y el domingo preocupación y no eran los mejores momentos para acercarse a él.

Revisó como siempre su coche antes de la salida, trasteó con el volante en la mano una y otra vez, no estaba muy convencido de los arreglos en su columna de dirección, que le hacían sentirse incómodo a lo largo de toda una carrera. A una vuelta no le afectaba mucho, pero una carrera entera en mala posición era algo complicado, ya que le generaban calambres en las piernas, como los que le hicieron perder el control en la primera carrera del año en Brasil y le obligaron a abandonar. Sabía lo complicada que era esa carrera y ese circuito, con dos chicanes y una curva en la que había que mantener el volante firmemente. Esa era la curva Tamburello, donde perdió la vida.

Cuando llegó a la parrilla, se quitó el casco, algo que no hacía habitualmente, trasteó incesantemente en su coche, movía el volante con el coche parado, de un lado a otro, simulando lo que debía hacer en cada una de las vueltas que tenía que dar. O quizás, y eso es más probable, sintiendo que algo no funcionaba bien en aquella columna de dirección soldada de forma chapucera para darle un poco más de espacio, que era lo que le faltaba y llevaba exigiendo desde el inicio de las pruebas de presentación en el invierno de Estoril, donde ya que se quejó, sin mucho éxito, a su equipo.

El Williams creado por Adrian Newey había sido campeón con Alain Prost la temporada anterior, y el diseñador británico quizás no tuvo en cuenta que el que tenía que entrar en ese habitáculo no era Prost, muy bajito, sino Senna, más alto que el francés. Ayrton era un competidor nato, no admitía la derrota y esa derrota dialéctica que tuvo con Ecclestone, que era realmente el único que podía haber parado la carrera, la quiso convertir en victoria.

Su único triunfo aquel fin de semana fue llegar a ver a Dios mucho más de cerca, mientras sus ex compañeros pilotos, con Schumacher a la cabeza, seguían dando vueltas a Imola, como si nada hubiera sucedido.

Después, el propio Schumacher, enarboló la bandera de una nueva asociación de pilotos que velara por la seguridad, y seguro que en su fuero interno se arrepintió de no haber hecho caso a Ayrton Senna y sí a Bernie Ecclestone y Flavio Briatore.

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