Tornado Tempest Mk 2

Como los Elva, Fairthorpe, Marcos e incluso Lotus, el Tempest fue un “kit car” que jugó la baza de un peso contenido, un chasis elaborado y un motor de muchos quilates.
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Tornado Tempest Mk 2
Tornado Tempest Mk 2

Como hemos apuntado hace ya algunas líneas, del Tempest Mk2 existieron tres ejemplares y sólo ha sobrevivido el que ilustra estas páginas, según un registro elaborado por un grupo de entusiastas de la marca, el único y fiable. Del modelo de primera generación (Mk1), por ejemplo, se construyeron diez unidades, y tienen constancia de que se han conservado tres de ellos.

El de José Vicente ha sido restaurado de la A a la Z. Y eso que cuando se topó con él, en 1974, el coche lucía un aspecto fabuloso. Una grúa lo trasladaba a la aduana de Valencia. La única información que pudo sacar fue que se hallaba decomisado y que saldría a subasta. Lo que parecía una operación a corto plazo se demoró dos años. Durante ese tiempo el Tornado permaneció arrumbado en una playa. De hecho, cuando acudieron a retirarlo, tuvieron que desenterrarlo literalmente. El salitre lo había dejado hecho unos zorros. Hubo que desmontarlo y rehacerlo entero, un laborioso trabajo que han ejecutado en Saica.

Afortunadamente, pudieron recuperar todos los elementos principales. Por comodidad, el único cambio efectuado ha sido trasladar el volante a la izquierda. El resto mantiene la estructura y el diseño original. Y el nervio. Porque además de un barqueta espectacular, el Tempest es un deportivo de carreras en estado puro, sin concesiones. Tanto que, por ejemplo, más que sentarse, hay que encajonarse en la banqueta.

Destapada la caja de los truenos y echados a rodar, el comportamiento del Tornado es el que se puede esperar de un propulsión trasera con suspensiones bastante rígidas, apenas 650 kilos y una potencia en torno a los 140 CV. ¡Una delicia! Un fórmula carrozado, que eso es en realidad. La dirección responde con viveza, el cambio se maneja con un giro de muñeca y acelera con brío. Eso sí, el cuatro cilindros tocado por Cosworth rinde arriba lo mejor de sí. El árbol de levas tiene mucho cruce y le permite respirar a pleno pulmón alrededor de las 5.000-6.500 vueltas. Aunque por encima de 3.000 ya gira redondo y con fuerza. Ahora están buscando cómo corregir el excesivo salto entre segunda y tercera.

Las formas onduladas, la posición de los faros, las llantas, el reposacabezas aerodinámico y los numerosos orificios de ventilación recuerdan a las barquetas de carreras de los años cincuenta.

Al ir sentado en una posición retrasada, el conductor siente el tren trasero. Tanto si es una irregularidad del terreno como un zarandeo del propio eje, que lo tiene si se le busca, a propósito o por exceso de confianza. Y aunque tiene una batalla corta, el equilibrio de masas le hace bastante progresivo; incluso, en frenadas intempestivas y fuertes. Sólo hay que saber domarlo en tiempo y forma. Y José Vicente anda en ello. Lo quiere utilizar en el terreno para el que nació: la competición.

Un biplaza con encanto

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