Seat 124-2000 de 1979

Bastante discreto, potente y muy ligero para lo que hoy día se estila, el Seat 124-2000 reúne buena parte de los ingredientes necesarios para disfrutar de la conducción, tanto si se va tranquilo como si se rueda a todo gas.
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Seat 124-2000 de 1979
Seat 124-2000 de 1979

Los Seat 124 de motor biárbol eran el arma definitiva de los distintos campeonatos de rallies y de circuitos a finales de los ´70 y principios de los ´80. Sus éxitos deportivos en los campeonatos nacionales y los tercero y cuarto puesto de Zanini y Cañellas en el Rally de Montecarlo terminaron de confirmar como realidad la leyenda que, a lo largo de una década, se había ido formando en torno al Seat 124. Los «taxis voladores», sobrenombre cariñoso con el que en el resto de Europa se denominaba a los coches oficiales de Seat, resultaron dignos rivales para los Lancia Stratos, Fiat 131 Abarth, Opel Ascona y Toyota Celica de la época.

El FL 90, nuestro protagonista, mostraba algunas modificaciones con relación a los FL 80 y FL 82 (ambos con motor 1800) que le precedieron. La dirección es de cremallera -ya lo era en el FL 82- y las suspensiones tienen una conformación ligeramente distinta. Los muelles traseros algo más cortos le dan esa apariencia particular, como si fuera el maletero cargado, y, de hecho, es la lógica transformación que en los modelos de competición se venía haciendo desde hacía tiempo. Se trataba de reducir ligeramente la tendencia natural al sobreviraje y proporcionarle un comportamiento algo más neutro. Desde el principio, el FL tenía un serio condicionante en su tren delantero. Concretamente, el trapecio inferior es algo más corto que el superior, lo que lleva a las ruedas a tomar caída positiva al comprimirse la suspensión, justo al contrario de lo que se sería ideal.

Al volante del FL las sensaciones son excelentes. El tren delantero no es muy instantáneo, pero si no entramos muy pasados, conserva una razonable precisión. A partir de ahí, un enérgico pisotón al acelerador ayuda a redondear el viraje. Los neumáticos, cuya sección no es precisamente grande, ayudan con su generosa deriva a suavizar las reacciones y permitir que los deslizamientos del tren posterior sean muy progresivos. El resultado es que en cuanto el firme es poco adherente podemos permitirnos unas cruzadas «gloriosas» con absoluta tranquilidad y control. En el tren trasero, el eje rígido no resulta eficaz en cuanto a geometría, pero sí favorece la motricidad, que en este coche es excelente. Sólo se echa en falta un autoblocante en las curvas más lentas, donde, si no andamos con cuidado, la rueda interior «pierde pie» y nos deja sin propulsión. El cambio es una delicia. Tiene un tacto metálico muy agradable, es rápido y los recorridos son cortos, lo que no se aprecia al conducir debido a la longitud de la palanca. En muchos coches de competición, ésta se cortaba para limitar el movimiento. La conducción del FL es, en resumen, un ejercicio sumamente satisfactorio para los amantes de la conducción pura, con el factor añadido de ser apta para casi todos los conductores, gracias a que la potencia es moderada y a sus reacciones sumamente suaves y predecibles.

José Mª Quesada

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