Rover 3 Litre Mk II

Hace más de cuatro décadas, los técnicos de Rover supieron crear un automóvil elegante y con potencia más que suficiente para las carreteras de la época. Sin embargo, en el modelo 3 Litre destacan sobre todo su extraordinario confort y el refinado ambiente interior.
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Rover 3 Litre Mk II
Rover 3 Litre Mk II

El actual dueño de este vehículo, residente en Álava, lo compró en el estado de conservación que se aprecia en las imágenes, con las únicas particularidades de sustituir todas las pequeñas piezas de goma y aplicar un poco de pulimento a la carrocería y a los componentes de metal brillante.

Al primer vistazo, destaca la notoria elegancia de la carrocería pintada de negro y dotada de brillantes cromados, o de acero inoxidable de extraordinaria calidad. Por supuesto, también intervienen los suaves trazos redondeados, la línea de cintura alta y los cristales panorámicos.

El diseño de este modelo se había basado en el coupé prototipo que realizó el carrocero Farina en 1953 a partir de un Rover P4 90, pero desde dicho año hasta su presentación los estilistas de la marca se encargaron de aplicarle un aspecto exterior más vinculado con la tradición británica.

Así, por ejemplo, los faros delanteros del proyecto Farina dejaron de estar situados en el extremo de las aletas –al más puro estilo pontón– y se colocaron junto a los bordes de la imponente calandra de lamas verticales provista de una gruesa barra central.

De esa manera, mantenían el aire de familia con los Rover P4 e incluso con los Land Rover, por mucho que el hecho de llevar los faros entre las aletas y la calandra estuviese ya muy superado y se asociase con la moda de los años treinta y cuarenta. Al fin y al cabo, los más lujosos Bentley, Daimler, Jaguar y Rolls-Royce también permanecían fieles a esa presencia conservadora.

La primera vez que un conductor acceda al interior de este Rover, sin duda le llamará la atención la cuidada decoración del conjunto, comenzando por un gran volante de baquelita negra en cuyo centro brillan el aro concéntrico y el característico drakkar vikingo. Mientras las fragancias a cuero y madera van penetrando por su pituitaria, la vista se fijará en la moqueta, en las vestiduras de las puertas y en los asientos de cuero, que comparten un atractivo color canela en contraste con la madera oscura de cerezo africano, una cinta cromada y piel negra que revisten el salpicadero panorámico.

Al cerrar suavemente la puerta se apreciará el sonido seco y robusto que se asocia con los coches de categoría, al tiempo que sentiremos de repente que el habitáculo nos aísla acústicamente del exterior. Bastará tomar nota de la colocación vertical del volante y de la ausencia de cuentavueltas para darse cuenta de que no se trata de una berlina deportiva, sino de un sedán de lujo en el que se ha tenido un especial cuidado en hacer la vida muy agradable a los ocupantes. A la hora de ajustar el asiento, el conductor dispone de las precisas regulaciones en distancia, altura e inclinación, siendo sencillo dar con la postura idónea. Incluso los reposabrazos instalados en las puertas delanteras poseen regulación en altura.

En la zona más elevada del salpicadero y ante los ojos del conductor, el tablero de instrumentación incluye un termómetro de temperatura del agua, un amperímetro y un indicador del nivel de combustible, contando asimismo con un conmutador que activa un depósito suplementario de gasolina con siete litros de capacidad.

Mientras tanto, el resto de pasajeros disponen de un amplio habitáculo con 150 cm de anchura y dotado interesantes refinamientos. Además de los generosos descansabrazos laterales y centrales, tras el respaldo de los asientos delanteros se ocultan unas bandejas plegables, que en el momento oportuno pueden utilizarse para servir el té a unos señores tratados como reyes, pues cuentan asimismo con iluminación individual, un generoso cenicero y espacio de sobra para las piernas.

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