Pontiac Streamline Eight Sedán Coupé

Quizá la aportación estilística más interesante del automovilismo estadounidense, en los años que rodearon a la Segunda Guerra Mundial, sea ese tipo de coupés aerodinámicos cuyo techo caía hacia atrás en una interminable línea denominada «fastback». Casi todas las marcas lanzaron sus propias versiones, y no cabe duda que las de Pontiac fueron muy acertadas.
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Pontiac Streamline Eight Sedán Coupé
Pontiac Streamline Eight Sedán Coupé

A pesar de la apariencia vanguardista de nuestro Streamline, su mecánica era muy conservadora. En realidad, desde finales de los años treinta los coches americanos se habían estancado mayoritariamente en unas soluciones técnicas, que por su comodidad, solidez y fiabilidad satisfacían plenamente a un público cómodo y pragmático como era el estadounidense.
Se basaba en motores de hierro muy simples, pues casi todos eran de válvulas laterales (conocidos en el argot como motores de culata plana), gran cilindrada y bajo rendimiento, para asegurar la potencia y longevidad suficientes. Iban montados sobre chasis de exagerada robustez que habían aceptado la suspensión delantera independiente, con muelles helicoidales, pero manteniendo atrás el sempiterno puente rígido suspendido por ballestas semielípticas. Los frenos hidráulicos y unas direcciones lentas pero suaves, en virtud de sus largas desmultiplicaciones, completaban el conjunto.

Esta fórmula, además de las cualidades mencionadas anteriormente, ofrecía a los fabricantes la ventaja de disponer de una enorme versatilidad, pues el conjunto mecánico así concebido podía aceptar cualquier carrocería, desde descapotables a limusinas, e incluso era válido para camiones ligeros. Por eso continuaría prácticamente sin variaciones hasta los años sesenta. Año tras año, se remozaban las carrocerías para ofrecer catálogos con nuevos modelos, pero, en realidad, seguían siendo los mismos galgos con distintos collares, si bien en los cuarenta comenzarían a proliferar las transmisiones automáticas, en sustitución de las convencionales cajas de cambio manuales.

Nuestro Pontiac no fue una excepción, y sus resultados dinámicos se atienen a la pauta de sus congéneres de aquellas décadas, con las virtudes y los defectos comunes a todos ellos. Como virtud sobresale ante todo la comodidad. Acogidos por grandes butacas, disfrutaremos de una excelente suavidad de marcha, tanto en las reacciones del elástico motor de ocho cilindros en línea, como en el manejo de los frenos y la dirección. Ésta tiene los inconvenientes de su excesiva desmultiplicación, es decir, es lenta y algo imprecisa, pero no requiere esfuerzos incluso si el coche está parado. A todo ello va unida la flexibilidad de las suspensiones capaces de absorber las irregularidades de un mal pavimento sin golpes ni traqueteos violentos. De esta forma, la conducción resulta muy relajada y los kilómetros se acumulan en el marcador sin que apenas nos demos cuenta. Podemos circular por encima de los 100 km/h durante largos trayectos y ni el coche ni los ocupantes acusaremos síntomas de fatiga. Tan sólo en carreteras viradas es preciso extremar la precaución, dado el acusado balanceo que permite la blandura de las suspensiones. Y es que, no lo olvidemos, la comodidad también tiene un precio. No obstante, la excelente capacidad de recuperación del motor nos facilita abordar las curvas con prudencia, ya que volveremos a coger velocidad con un simple toque de acelerador.

En el ranking estadounidense, los Pontiac siempre han sido coches relativamente baratos, con mecánicas convencionales, honestas y fiables, pero nada extraordinarias. Sin embargo, no cabe duda de que desde un principio disfrutaron de un estilo propio, de una estética airosa que los distinguía entre la multitudinaria fauna americana de las cuatro ruedas. Y esa fue la clave para lograr una clientela adepta, que posibilitaría a la marca sobrevivir hasta nuestros días. En sus primeras décadas, la producción estuvo limitada a las versiones normales, más o menos familiares, pero a partir de los años setenta se potenciaron varias gamas deportivas, como fueron los Grand-Prix, GTO y Trans-Am, encuadradas en aquella famosa generación de “muscle cars” que alcanzó tan notable éxito comercial en todo el mundo.

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