Pontiac Streamline Eight Sedán Coupé

Quizá la aportación estilística más interesante del automovilismo estadounidense, en los años que rodearon a la Segunda Guerra Mundial, sea ese tipo de coupés aerodinámicos cuyo techo caía hacia atrás en una interminable línea denominada «fastback». Casi todas las marcas lanzaron sus propias versiones, y no cabe duda que las de Pontiac fueron muy acertadas.
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Pontiac Streamline Eight Sedán Coupé
Pontiac Streamline Eight Sedán Coupé

¿Qué ocurrió en 1948? Pues que se registraron hechos de gran trascendencia internacional, como, por ejemplo, el asesinato de Mahatma Gandhi. Para muchos fue el personaje más interesante y carismático del siglo XX, el apóstol de la resistencia pasiva, con la cual desafió, humilló y derrotó al entonces todopoderoso Imperio Británico. Su muerte constituyó una tragedia para la humanidad y sobre todo para la India, que caería en sangrientos conflictos civiles. Otro suceso, igual de negativo, fue la proclamación del Estado de Israel, pues daría pie al genocidio más vergonzoso de la historia contemporánea. En contrapartida, hubo actuaciones tan positivas como la aprobación del plan Marshall, verdadero motor del milagro alemán y, en general, de la reconstrucción europea, a base de una generosa lluvia de dólares del Tío Sam. Por desgracia, aquí no llegaron ni las migajas, y los españoles tendríamos que hacer nuestro propio milagro.

En otro plano mucho más cotidiano, diremos que fue en noviembre de ese mismo año 1948 cuando Leonard H. Braundfiel, ciudadano de Pilot Grove (Missouri), decidió adquirir un coche nuevo. Hay que suponer que tendría sus dudas y vacilaciones ante el amplio muestrario que ofrecían los fabricantes, pero finalmente su elección recayó en el Pontiac Streamline Eight Sedán Coupé que le mostró el concesionario Boonville Motor Corporation, ubicado en el 216 de Maine Street de su misma localidad.

A la vista de la factura de compra, que hacía el número 76, se puede deducir que Braundfield era un hombre caprichoso, pues no se conformó con el equipamiento de serie, y eso que ya incluía avances tan importantes como la calefacción. No, señor; su coche habría de incluir otros extras como la transmisión Hydra-Matic, las luces de larga distancia, el limpia de la luneta trasera y la radio. O sea, el no va más. De este modo, la cuenta ascendió desde los 1.814 dólares del modelo básico, hasta los 2.435,85 dólares que pagó en efectivo su feliz propietario.

Es una lástima que a partir de ahí tengamos un gran vacío en la historia de este bonito coche. Tan sólo cabe suponer, viendo su actual estado, que tanto Brandfield como los posteriores propietarios lo trataron con mimo. ¡Vamos, que parece que nunca haya pasado un mal rato! Exhibe una excelente conservación y mantiene su mecánica en plena forma. Hace pocos años llegó a España y fue adquirido por el coleccionista canario Felix Machín, quien nos lo ha cedido amablemente para este reportaje.

Los coupés fastback de esta época no escasean demasiado en Estados Unidos, pues abundaron en su día y se han conservado bastantes ejemplares. En cambio, los sufridos españolitos de aquel tiempo a duras penas podían aspirar a una vieja moto, o a algún destartalado Balilla. Así que tales “haigas” les sonaban a música celestial... ¡si es que conseguían verlos en el cine! Fueron muy raros en nuestra piel de toro, hasta el punto de que tan sólo logramos recordar un bonito Buick que anduvo hasta su vejez por tierras extremeñas. Afortunadamente, algunos coleccionistas actuales han logrado importar varios ejemplares, como este espléndido Pontiac Streamline, llegados como anillo al dedo para rellenar un importante hueco de nuestro patrimonio histórico rodante.

Cuando uno mira este coche no puede sustraerse al encanto que emanan sus líneas estilizadas. El morro largo, pero de formas suaves; el parabrisas de dos piezas en ángulo; y, sobre todo, esa interminable caída del techo que le confiere un aspecto fusiforme, logran una imagen de gran dinamismo, contrarrestando la sensación de pesadez habitual en los autos americanos de aquella época. Parece que nos está invitando a acomodarnos en su interior para salir a toda velocidad a través del espacio y del tiempo.

El mérito de esta carrocería corresponde a Fisher, que la bautizó como Silver Streak (Rayo de Plata). Debemos recordar que, tanto la conocida firma carrocera como la marca Pontiac estaban integradas en el grupo General Motors —Pontiac desde 1909, si bien en aquellos primeros años tenía la denominación de Oakland, que cambiaría definitivamente por la de Pontiac en 1932—. Dentro de la estrategia comercial de General Motors, los autos Oakland (después Pontiac) se situaban en una categoría media, inmediatamente superior a los Chevrolet e inferior a los Buick, para competir en la línea de los Oldsmobile y Chrysler.

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