Packard Custom Eight 640 CC.

A diferencia de Duesenberg o Stutz, Packard mantuvo una mecánica conservadora, similar a la que montaba la mayoría de los coches americanos de su tiempo. No obstante, la finura de su realización y un acertado estilo general, confirieron un carisma especial a estos autos inolvidables.
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Packard Custom Eight 640 CC.
Packard Custom Eight 640 CC.

Seguro que muchos de ustedes han oído la anécdota de aquel ciudadano de Warren (Ohio), que un buen día de 1898 decidió adquirir un automóvil de la acreditada marca Winton, establecida en Cleveland, a tan sólo 50 millas de su residencia. Ni corto ni perezoso marchó a buscarlo. Se las prometía muy felices en el viaje de vuelta a casa, pilotando el flamante carricoche, pero éste sufrió numerosas averías. Enojado, pidió explicaciones al constructor y la respuesta le dejó tan disconforme que decidió fabricarse su propio auto. Pues bien, el ciudadano se llamaba James Ward Packard, y su enojo daría origen a una de las marcas automovilísticas mas destacadas de los Estados Unidos.

Seguro que muchos de ustedes han oído la anécdota de aquel ciudadano de Warren (Ohio), que un buen día de 1898 decidió adquirir un automóvil de la acreditada marca Winton, establecida en Cleveland, a tan sólo 50 millas de su residencia. Ni corto ni perezoso marchó a buscarlo. Se las prometía muy felices en el viaje de vuelta a casa, pilotando el flamante carricoche, pero éste sufrió numerosas averías. Enojado, pidió explicaciones al constructor y la respuesta le dejó tan disconforme que decidió fabricarse su propio auto. Pues bien, el ciudadano se llamaba James Ward Packard, y su enojo daría origen a una de las marcas automovilísticas mas destacadas de los Estados Unidos.

A partir de ahí, la historia es semejante a la de otras marcas pioneras. Con el transcurrir de los años fueron fabricando modelos cada vez más grandes, más potentes, más fiables y más cómodos. En 1912 James W. Packard dejó la presidencia, optando por regresar definitivamente a su terruño. Lo bueno es que, a pesar de su marcha, la empresa no perdió el espíritu perfeccionista que la venía caracterizando. Es más, el empujón decisivo llegaría con Alvan Macauley, que asumió la dirección general a partir de 1910 y ascendería a la presidencia en 1916. Este hombre, activo e inteligente, fue quien supo conferir a los coches Packard el carácter elitista y aristocrático que mantuvieron hasta su desaparición, especialmente durante los años veinte y treinta, la época de oro del automóvil.

Uno de los primeros y más grandes aciertos de Macauley fue el impulso dado al Twin Six de 1915, diseñado por su director técnico Jesse Vincent. Un gran automóvil dotado de un motor de doce cilindros, de funcionamiento suave y regular, que se adelantó a los demás autos de lujo americanos de su tiempo y situó a la Packard Motor a la cabeza de este sector, lugar que mantendría prácticamente hasta la Segunda Guerra Mundial. El Twin Six constituyó el inicio de una saga de modelos carismáticos e inolvidables, como fueron los Custom Eight y Super Eight de los años veinte y treinta, de ocho cilindros en línea, y otro V12 presentado en 1932.

El declive de Packard comenzó en la posguerra, y sería más acusado a partir del relevo de Alvan Macauley. De todas formas, los coches más especiales siempre han tenido algún gran personaje que los impulsara, y, en la mayoría de los casos, se han extinguido detrás de éste. Tal fue el caso de los Bugatti, Hispano-Suiza, Delage y otros; e incluso en los EE.UU., país de producciones masivas, tenemos ejemplos tan claros como los Duesenberg y Cord de Errett Lobban Cord. La caída de Packard se aceleró a partir de 1951, ya que los nuevos directivos no supieron o no pudieron entender las corrientes que demandaba el público. En un intento de supervivencia, la compañía se fusionó con Studebaker en 1954, tras lo cual vieron la luz otros modelos con motores de ocho cilindros en V, transmisión automática y suspensiones regulables, que tampoco tuvieron éxito, precipitando el cierre de fabricación en 1958.

Durante sus sesenta años de actividad, la Packard Motor Company había producido 1.610.890 automóviles, cifra muy considerable para el baremo europeo, pero bastante reducida si se compara con la media de las grandes producciones estadounidenses. Ocurre que esta marca, como hemos visto, dio preferencia a la calidad sobre la cantidad, y ambas cualidades van reñidas, porque la primera conlleva un alto precio que limita las ventas. No obstante, se puede afirmar que su trayectoria fue una de las más brillantes en la historia automovilística, y no sólo de América, sino de todo el mundo. Prueba de ello es la alta estima que hoy gozan los ejemplares supervivientes entre aficionados, coleccionistas e inversores, hasta el punto que sus cotizaciones se han disparado en los últimos años, situándose por encima de los otros grandes coches de aquel país (con excepción, claro está, de los intocables Duesenberg).

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