Ford A Phaeton

Suceder con éxito a un modelo tan legendario como el Ford T no fue tarea fácil, pero la firma del óvalo demostró con el modelo A que seguía siendo capaz de fabricar automóviles fiables, de conducción sencilla y excelente relación calidad-precio. Quizás por ello se conservan en la actualidad tantas unidades aún en activo.
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Ford A Phaeton
Ford A Phaeton

El Ford A que hemos probado lleva una de las carrocerías más económicas en su tiempo, la tipo Phaeton, pero que ahora cuenta en uso de colección con una superior cotización a la de las versiones cerradas y las ventajas de su capota desplegable y de la posibilidad de alojar cómodamente a cinco ocupantes. Como seguramente habréis, se trata de un ejemplar importado recientemente de Argentina y beneficiado por tanto por el vigente Reglamento de Vehículos Históricos. Fue fabricado en 1929, el año de mayor producción, con un millón y medio de unidades del Ford A, y su carrocería está pintada en color Niagara Blue, con las aletas y partes bajas de la carrocería de serio tono negro. Las llantas de radios, de color crema, consiguen un adecuado contraste, aunque hemos de señalar que los modelos de 1929 llevaban llantas negras y en 1930 se ofreció en opción a sobreprecio la posibilidad de pintarlas en crema.

La creación del Ford A comenzó a gestarse después de comprobar en 1926 que el descenso de ventas del Ford T era imparable. Tres años antes, en 1923, había alcanzado su récord de producción con nada menos que 2.055.309 unidades y la posterior mejora de equipamiento acompañada de una reducción de precio no fue suficiente para revitalizar las ventas del veterano modelo. El proyecto básico era construir un coche dotado de un motor de cuatro cilindros y 40 CV de potencia, que llevase una sencilla caja de cambios de tres marchas sin sincronizar y conservase la suspensión en ambos ejes mediante ejes rígidos con ballestón transversal. Como avances con respecto al Ford T, el bastidor del Ford A iba a incorporar frenos de tambor en las cuatro ruedas y amortiguadores hidráulicos tipo Houdaille, diseñándose en líneas generales como un automóvil sencillo de conducir, capaz de rodar con soltura por caminos abruptos y de una buscada robustez mecánica, cualidades conseguidas mediante el uso de técnicas conservadoras y materiales de calidad.

Junto a las indestructibles suspensiones mediante ejes rígidos, en el ford a destaca la extraordinaria robustez y facilidad de arranque de su motor de cuatro cilindros.

Con el proyecto del Ford A ya terminado, a la firma del óvalo no le quedó más remedio que suspender la producción del Ford T para instalar unas nuevas cadenas de montaje adaptadas al nuevo modelo. Se calcula que esta transición, entre el desarrollo del Ford A y las pérdidas por dejar de fabricar automóviles entre mayo y noviembre de 1927, le costaron a las arcas de la empresa alrededor de 250 millones de dólares, una cantidad desorbitada que hubiese hecho quebrar a cualquier otro fabricante. Sin embargo, el sólido capital acumulado durante los exitosos años en que el Ford T se vendía masivamente y el excelente funcionamiento comercial del Ford A desde su salida al mercado contribuyeron a subsanar aquellos siete meses en dique seco.

En buena lógica, los competidores aprovecharon aquel parón y Chevrolet se convirtió en 1927 en la marca más vendida en los Estados Unidos. Mientras tanto, en la sociedad norteamericana fue creciendo el suspense por saber cómo iba a ser el sucesor del Ford T, un asunto que hizo que más de 25 millones de personas copasen los concesionarios Ford durante el primer fin de semana en que el modelo A estuvo en venta. Además de su estética conseguida, parecida a la de los lujosos Lincoln pero a menor tamaño, y su gama formada por diez versiones diferentes, lo que más sorprendió al público y a la competencia eran unos precios increíblemente bajos.

A partir de los 375 dólares que costaba la versión más sencilla, el asalariado medio estadounidense tenía acceso a un vehículo capaz de alcanzar ocasionalmente los 100 km/h, que circulaba sin achaques en las calles de las populosas ciudades y superaba con suficiente soltura los caminos más bacheados.

El Ford A que hemos probado lleva una de las carrocerías más económicas en su tiempo, la tipo Phaeton, pero que ahora cuenta en uso de colección con una superior cotización a la de las versiones cerradas y las ventajas de su capota desplegable y de la posibilidad de alojar cómodamente a cinco ocupantes. Como seguramente habréis, se trata de un ejemplar importado recientemente de Argentina y beneficiado por tanto por el vigente Reglamento de Vehículos Históricos. Fue fabricado en 1929, el año de mayor producción, con un millón y medio de unidades del Ford A, y su carrocería está pintada en color Niagara Blue, con las aletas y partes bajas de la carrocería de serio tono negro. Las llantas de radios, de color crema, consiguen un adecuado contraste, aunque hemos de señalar que los modelos de 1929 llevaban llantas negras y en 1930 se ofreció en opción a sobreprecio la posibilidad de pintarlas en crema.

El Ford A que hemos probado lleva una de las carrocerías más económicas en su tiempo, la tipo Phaeton, pero que ahora cuenta en uso de colección con una superior cotización a la de las versiones cerradas y las ventajas de su capota desplegable y de la posibilidad de alojar cómodamente a cinco ocupantes. Como seguramente habréis, se trata de un ejemplar importado recientemente de Argentina y beneficiado por tanto por el vigente Reglamento de Vehículos Históricos. Fue fabricado en 1929, el año de mayor producción, con un millón y medio de unidades del Ford A, y su carrocería está pintada en color Niagara Blue, con las aletas y partes bajas de la carrocería de serio tono negro. Las llantas de radios, de color crema, consiguen un adecuado contraste, aunque hemos de señalar que los modelos de 1929 llevaban llantas negras y en 1930 se ofreció en opción a sobreprecio la posibilidad de pintarlas en crema.

La creación del Ford A comenzó a gestarse después de comprobar en 1926 que el descenso de ventas del Ford T era imparable. Tres años antes, en 1923, había alcanzado su récord de producción con nada menos que 2.055.309 unidades y la posterior mejora de equipamiento acompañada de una reducción de precio no fue suficiente para revitalizar las ventas del veterano modelo. El proyecto básico era construir un coche dotado de un motor de cuatro cilindros y 40 CV de potencia, que llevase una sencilla caja de cambios de tres marchas sin sincronizar y conservase la suspensión en ambos ejes mediante ejes rígidos con ballestón transversal. Como avances con respecto al Ford T, el bastidor del Ford A iba a incorporar frenos de tambor en las cuatro ruedas y amortiguadores hidráulicos tipo Houdaille, diseñándose en líneas generales como un automóvil sencillo de conducir, capaz de rodar con soltura por caminos abruptos y de una buscada robustez mecánica, cualidades conseguidas mediante el uso de técnicas conservadoras y materiales de calidad.

Junto a las indestructibles suspensiones mediante ejes rígidos, en el ford a destaca la extraordinaria robustez y facilidad de arranque de su motor de cuatro cilindros.

Con el proyecto del Ford A ya terminado, a la firma del óvalo no le quedó más remedio que suspender la producción del Ford T para instalar unas nuevas cadenas de montaje adaptadas al nuevo modelo. Se calcula que esta transición, entre el desarrollo del Ford A y las pérdidas por dejar de fabricar automóviles entre mayo y noviembre de 1927, le costaron a las arcas de la empresa alrededor de 250 millones de dólares, una cantidad desorbitada que hubiese hecho quebrar a cualquier otro fabricante. Sin embargo, el sólido capital acumulado durante los exitosos años en que el Ford T se vendía masivamente y el excelente funcionamiento comercial del Ford A desde su salida al mercado contribuyeron a subsanar aquellos siete meses en dique seco.

En buena lógica, los competidores aprovecharon aquel parón y Chevrolet se convirtió en 1927 en la marca más vendida en los Estados Unidos. Mientras tanto, en la sociedad norteamericana fue creciendo el suspense por saber cómo iba a ser el sucesor del Ford T, un asunto que hizo que más de 25 millones de personas copasen los concesionarios Ford durante el primer fin de semana en que el modelo A estuvo en venta. Además de su estética conseguida, parecida a la de los lujosos Lincoln pero a menor tamaño, y su gama formada por diez versiones diferentes, lo que más sorprendió al público y a la competencia eran unos precios increíblemente bajos.

A partir de los 375 dólares que costaba la versión más sencilla, el asalariado medio estadounidense tenía acceso a un vehículo capaz de alcanzar ocasionalmente los 100 km/h, que circulaba sin achaques en las calles de las populosas ciudades y superaba con suficiente soltura los caminos más bacheados.

El Ford A que hemos probado lleva una de las carrocerías más económicas en su tiempo, la tipo Phaeton, pero que ahora cuenta en uso de colección con una superior cotización a la de las versiones cerradas y las ventajas de su capota desplegable y de la posibilidad de alojar cómodamente a cinco ocupantes. Como seguramente habréis, se trata de un ejemplar importado recientemente de Argentina y beneficiado por tanto por el vigente Reglamento de Vehículos Históricos. Fue fabricado en 1929, el año de mayor producción, con un millón y medio de unidades del Ford A, y su carrocería está pintada en color Niagara Blue, con las aletas y partes bajas de la carrocería de serio tono negro. Las llantas de radios, de color crema, consiguen un adecuado contraste, aunque hemos de señalar que los modelos de 1929 llevaban llantas negras y en 1930 se ofreció en opción a sobreprecio la posibilidad de pintarlas en crema.

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