Biscuter

En una España en la que el automóvil aún era un objeto de lujo, una joven empresa barcelonesa, Autonacional, y un experimentado ingeniero francés, Gabriel Voisin, se atrevieron a fabricar un coche cuya principal virtud fuese incuestionable: ser un medio de locomoción real y asequible.
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En el momento de enfrentarse a un Biscuter –entiéndase por ello ponerse delante del volante para conducirlo, no predisponerse a la lucha contra él-, viene muy bien saber de antemano por qué, para qué y cómo nació este pequeño gran automóvil. Es fácil acercarse a él de un modo tan infantil e ingenuo que sólo acertemos ver poco más que un gracioso cochecillo de feria. De comentarios en esa línea no ha estado nunca exento.

Hacia los primeros años cincuenta, el técnico francés Gabriel Voisin sostenía que el automóvil tradicional arrastraba una carga de prejuicios históricos demasiado elevada, carga en forma de voluminosas carrocerías, motores de gran cilindrada y un sinfín de complementos ornamentales. Y como consecuencia de ese engrandecimiento, venía el incremento económico. En ese "aparentar" más que "ser" era donde Voisin consideraba que el automóvil utilitario se desviaba del fin último para el cual había de ser concebido; y ante ello, reaccionó. Como él explicaba, "el Biscuter fue dibujado con goma de borrar."

En efecto, eliminando los complementos estériles, consiguió mantener las condiciones básicas: funcionalidad, esto es, capacidad suficiente para transportar cómodamente dos o tres personas a una velocidad media de 60 km/h, y economía. Respecto a lo segundo, ahí está la Historia para enseñarnos el papel principal que el Biscuter jugó en la motorización de España durante los años cincuenta. En cuanto a lo que hoy podemos enjuiciar nosotros de forma empírica, es decir, sus virtudes y defectos prácticos, veamos.

Lejos de pretender catalogarlo como el "mejor coche del mundo", el Biscuter cumple de sobra con las expectativas. Es la mínima expresión de un automóvil, pero con todas sus cualidades dinámicas y funcionales en plena forma.

Antoni Pomés, un leridano entusiasta de los coches históricos en general, y de los microcoches en particular, es el propietario del ejemplar de este ensayo, un modelo 100 de 1957. También guarda en su garaje un precioso PTV. Ya el relato de cómo encontró el Biscuter y cómo ha conseguido darle la apariencia que muestran las fotografías nos aporta los primeros datos.

Lo adquirió hace 27 años, en Barcelona. Cuando fue a recogerlo, arrumbado en un descampado cerca del Tibidabo, se hallaba en un estado aparentemente irrecuperable. "No sé cómo me decidí a comprarlo. Bueno..., sí lo sé. Aunque suene manido, era uno de los coches que siempre había querido tener. Como quien dice, apenas se había salvado el cascarón. Le faltaba el parabrisas, el asiento, la lona de la capota; del motor sólo asomaba el pistón; y el capó y la carrocería parecía que habían sufrido un bombardeo de piedras. Era mi primer clásico y no sabía muy bien dónde me metía."

Por fortuna, Antoni no dejó que la locura del primer momento se apoderase de él y actuó con racionalidad. Buscó y halló lo principal: primero la enorme y característica culata Voisin y luego un cambio completo procedente de otro Biscuter tipo 200-C, popularmente conocido por "Rubia". Este último hallazgo es la razón por la cual, pese a que esta unidad corresponde al modelo 100, incorpora marcha atrás, cuando en origen no la montaba. Esta caja, el arranque eléctrico y la carrocería de acero fueron las novedades del modelo 200-A, presentado en la Feria de Barcelona de 1957.

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p> A partir de ahí, y aunque no contaba con ninguna experiencia en el terreno de la restauración de coches, Antoni fue transformando con paciencia aquel desaguisado. Por suerte, las chapas de aluminio sólo necesitaron un poco de cuidado con el tas y el martillo y unos cuantos remaches. Con sus propias manos y alguna pequeña ayuda de amigos, recuperó las formas originales del capó y del resto de la carrocería; montó la mecánica y construyó él mismo el marco del parabrisas. Un compañero le cortó el cristal, que es laminado. Poco más pudo y tuvo que hacer, pues si examinamos con detenimiento el Biscuter, descubriremos habas contadas. Por tanto, subamos y echémonos a la carrera.

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