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Conducir sin aire acondicionado, casi igual que conducir bebido

Una temperatura alta en el coche puede tener consecuencias tan peligrosas en la atención y capacidad del conductor como conducir habiendo consumido alcohol.
Óscar Díaz -
Conducir sin aire acondicionado, casi igual que conducir bebido

Ni la máquina más perfecta es capaz de funcionar sin el suficiente factor humano. De ahí que el conductor deba ponerse al volante en las mejores condiciones: descansado, cómodo y bien protegido de las condiciones atmosféricas. Es por eso por lo que el aire acondicionado es un factor clave de seguridad, ya que un habitáculo demasiado caliente puede tener consecuencias en la atención y capacidad psicofísica del conductor tan graves como si condujese borracho.

Sí. No exageramos. En el coche, un aire acondicionado potente es sinónimo de seguridad. Porque una temperatura interior elevada reduce la capacidad perceptiva del conductor, el último controlador de la máquina, hasta el límite de poder asimilarlo a estar bajo la influencia del alcohol. Así, una temperatura de 30º C en el interior del coche tiene unos efectos semejantes a un nivel de alcoholemia de 0,5 en un litro de sangre en cuanto a pérdida de capacidad para apreciar el entorno y reaccionar de una manera rápida y uniforme.

Para comprobarlo, diseñamos una batería de ejercicios con los que poder calcular la pérdida de capacidad en cuanto a reducción de la precisión de conducción, menor capacidad perceptiva de los “inputs” que nos llegan y aumento del tiempo de reacción. Con el fin de darle un importante valor científico, se decidió repetir los ejercicios bajo tres supuestos: conductor y coche frescos, conductor y coche a una temperatura de hasta 52º C en el interior del vehículo (durante más de media hora) y, por último, conductor y coche “refrescados”, el primero, con unas cervezas (0,17 y 0,34 g/l en las dos tomas de datos) que garantizarían superar el nivel de alcoholemia permitido y el segundo, con su climatizador. La conclusión: es tan malo ir en un coche recalentado como conducir bebido. Así hicimos el test:

Tiempo de reacción ante imprevisto

Un sensor colocado en el freno registraba el tiempo transcurrido desde que se apretaba el botón de puesta en marcha de la luz de un faro en el parabrisas hasta que se detectaba presión suficiente sobre el pedal de freno. Se valoraba así la respuesta del sistema nervioso y los grupos musculares que intervenían al pasar el pie derecho del acelerador, al freno.  Tras el análisis de los datos, los resultados muestran que, en este caso, el calor no afecta tanto a los reflejos (prácticamente inalterados debido al desgaste muscular mínimo) como tener nuestra capacidad cognitiva embotada por el alcohol. En este caso, nuestro sistema nervioso y motor presenta una notable pérdida de rendimiento, aproximadamente un 6%, que se traduce en un metro a una velocidad de 50km/h además de una importante variación en la respuesta a los estímulos, significando un peligro adicional.

En cambio, una prueba posterior, una app de smartphone nos ayudó a buscar una reacción que no tuviera que ver con reflejos naturales (estirar la pierna para frenar) sino con algo menos mecanizado, pulsar un botón en este caso. En esta ocasión estar sometido a unas condiciones de calor alto tuvo efectos similares a ambas condiciones de alcoholemia. El tiempo de reacción aumentó un 20% respecto a condiciones ideales. Es de resaltar, que el tiempo de reacción en la situación “acalorada” fue mayor (una décima) que en las tomas de datos en las que nuestro conductor había bebido. El resultado habla por sí mismo. 

Eslalon de ida y vuelta entre conos

Se trataba de realizar un eslalon cronometrado para, llegando al final, realizar un giro de 180º C en una plazoleta de conos y realizarlo en sentido inverso. Con una duración de 30 segundos, obliga a calcular distancias y ritmos de marcha para pasar “limpio” todas las puertas, alternando giros de volante y manejo de acelerador. Intervienen la actividad cerebral y la neuromuscular.

Con el habitáculo del coche a 52º C se tardó más tiempo y se perdieron precisión,  fluidez en los movimientos, el estado de alerta y aumentó la sensación de agotamiento, con un resultado muy variable en las pasadas. El conductor llegó a tener que forzar la respiración en busca de oxígeno para su cerebro. Y es que, agotado por el calor, la frecuencia cardiaca media superó las 100 pulsaciones por minuto, alcanzando hasta 147.

En la segunda parte de la prueba, la toma de datos tras haber bebido, se realizó en dos condiciones: con 0,17 g/l de aire espirado (positivo  para noveles o conductores profesionales) y con 0,34 (positivo flagrante).  La euforia y la autoconfianza llevaban a la pérdida de ritmo constante y a un comportamiento errático al volante. Se aceleraba de más, hubo olvidos como realizar el ejercicio en tercera velocidad en una de las pasadas y varios conos fueron derribados, sinónimo de colisión en un contexto real.

Ejercicio de precisión, aparcar:

Se trata de una maniobra de precisión que implica dominio del espacio, apreciación de las distancias y coordinación. Creamos una “jaula” con conos en las cuatro esquinas y espacio más que suficiente para el estacionamiento (1,5 metros por ambos lados).

 En este caso, el ejemplo de alta temperatura volvió a revelarse como un factor decisivo no tanto para el aumento de tiempo, sino para la pérdida de confort y agotamiento producido al volantear e ir girando la cabeza para controlar la maniobra. Los efectos de la ingesta de alcohol se traducen en varios factores, debido a la euforia, sobre alerta y sensación de dominio, el tiempo fue mínimo pero la pérdida de capacidad fue tan clara que en la realidad hubiera supuesto un buen raspón en nuestro coche. La conclusión es que el calor es incluso peor a la hora de realizar un ejercicio de precisión que un nivel de alcoholemia de novel o profesional (0,17 g/l).

Queda demostrada nuestra teoría inicial, el uso de sistemas de climatización debería ser impulsado por las autoridades al mismo nivel, por ejemplo, que la prohibición de consumo de alcohol.

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