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Renault Mégane 1.6 16V y Renault Mégane 1.5 dCi

En la nueva gama Mégane no hay versión Diesel que no encuentre rival propio de gasolina. Tres dCi de 85, 105 y 130 CV frente a tres gasolina de 100, 110 y 180 CV —por ahora—. Tal y como están las cosas, ¿qué elegimos?
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Renault Mégane 1.6 16V y Renault Mégane 1.5 dCi
Aquí tenemos a las dos versiones intermedias de cada bando. El dCi recurre a un «pequeño» motor 1,5 turbodiesel, con esos citados 105 CV y unos más significativos 24,5 mkg. El gasolina monta un tradicional motor 1.6 16V de 110 CV y 15,4 mkg. Decimos tradicional, porque aquí no hay tecnología downsized (como la habrá en el futuro 1.4 TCE), ni tampoco la compleja distribución variable del 1.6 120 CV de PSA de desarrollo BMW.
Ambas mecánicas van asociados a las ya generalizadas cajas de cambios de 6 velocidades, en este caso de excelente guiado y precisión que, con más razón de ser, optimizan la respuesta de estas versiones moderadas de potencia. Son dos variantes que cumplen con lo mínimo razonable en una nueva generación Mégane que gana planta —mide 4,3 metros— y ambición como coche familiar y rutero. Los dos equipamientos disponibles —Expression y Dynamique—cumplen con el estándar del segmento en todos los campos. Hay una máxima por ahí que vamos a validar en esta ocasión, que dice que si buscamos entre las mecánicas tradicionales un motor pequeño, la mejor elección es un turbodiesel y si buscamos un motor grande donde las prestaciones no faltan, mejor un gasolina. La potencia de ambos Mégane es similar, pero esta teórica igualdad es muy diferente aplicada en una conducción normal.

Por comparación, el Mégane 1.5 dCi nos permite una conducción totalmente despreocupada de motor, con una agilidad de respuesta a base de pisar más o menos el acelerador que anula en agrado y facilidad de conducción al voluntarioso 1.6i. Al pequeño turbodiesel le bastan apenas 2.000 revoluciones para que su golpe de acelerador nos haga avanzar con ímpetu en cualquier marcha, cuando el motor de gasolina necesita el doble de régimen para alcanzar sus mejores valores de par pero nunca la sensación de poder de su rival. Seguramente no sea un problema en ciudad, pero sí lo puede ser en carretera, donde con el Mégane 1.6 es necesario recurrir asiduamente al cambio para solventar cualquier adelantamiento y también secuencias de tráfico poco fluido u orografía adversa. Buscar su mejor respuesta para esas puntualidades más allá de las 4.000 revoluciones haciendo trabajar nuestro brazo derecho crea una enorme incomodidad acústica y un «estrés de conducción» que también salpica a los pasajeros. Con el Mégane de gasolina muchas veces terminas por adaptarte al tráfico que te «entorpece» cuando con el turbodiesel siquiera existió el problema. El dCi anda más, mejor y consume menos y parece claro qué motor es funcionalmente nuestro elegido. En el Diesel los consumos bajos salen solos y estabilizar en carretera el dígito 5 en el ordenador de a bordo de consumo medio es «lo obvio». El motor de gasolina te pide un mínimo de 2 litros más y rompe su equilibrio si le exigimos todo su potencial. ¿Lo mejor del 1.6 16V? Su finura de funcionamiento y su silenciosa puesta en marcha tras una helada noche. Son dos aspectos que mejoran la percepción de calidad del Mégane de gasolina frente a las perceptibles vibraciones en volante y pedales y agria y sonora puesta en marcha que afea al Mégane dCi, aun cuando como Diesel, este Mégane es un producto bastante refinado.

Sólo por la llegada de una nueva dirección eléctrica de correctísimo funcionamiento en todos sus parámetros, el Mégane ha avanzado un mundo en comportamiento y tacto. Y también sospechamos que la rigidez del nuevo bastidor que tanto influye en el buen funcionamiento de los trenes rodantes ha debido mejorar lo suyo. Los delatores crujidos de carrocería de la anterior generación Mégane (mejor disimulados tras el restyling) han desaparecido y de algún modo nos transmite una mayor solidez de marcha y consistencia de conjunto. Esto vale para toda la gama, pero intuimos que especialmente estas ligeras versiones (sus motores son los que menos sobrecargan el eje delantero) acentúan la satisfacción que genera el nuevo Mégane. El encuentro bastidor/motor forman un equilibrio casi idílico. Muestran sin un ápice de radicalidad en su configuración una agilidad, aplomo, suavidad de rodadura, calidad de bacheo y limpieza de reacciones excelentes. Ambos Mégane son ejemplarmente fáciles de llevar para rodar por cualquier trazado incluso al límite de las posibilidades de sus motores. Ni pretenden, ni parecen por tacto, vender deportividad, pero el tren delantero es muy direccional, con poco giro el coche obedece con mucha naturalidad y cualquier segunda orden en apoyo la digieren de inmediato, sin sobrecargarse de delante ni generar aparatosos balanceos. De hecho, sorprende tanto su facilidad de guiado que nos hemos visto en las primeras curvas trazando en dos etapas, para corregir la inmediatez de entrada.

Su paso por curva es muy bueno, salen muy limpias las trazadas, con una pisada de rodadura que parece de coche todavía mayor, muy bien asentado y especialmente sólido sobre baches traicioneros. El 1.6 16V nos ha parecido aún más despreocupado de guiar que el 1.5 dCi, seguramente por un tren delantero más ligero y que además tiene que lidiar con menos pegada de motor. Aparentemente nada justifica que no sean las diferencias normales de desgaste o condiciones de la prueba que la versión de gasolina haya frenado peor. Aun así, sus 73 metros corresponden a una frenada muy buena, pero los 70 del dCi son excelentes, cuando además ha pesado en nuestra báscula 41 kg más. Por cierto, la inmediatez con que responde el freno a la menor presión sobre el pedal puede no gustar a todos los conductores
Más calidad
Aquí tenemos a las dos versiones intermedias de cada bando. El dCi recurre a un «pequeño» motor 1,5 turbodiesel, con esos citados 105 CV y unos más significativos 24,5 mkg. El gasolina monta un tradicional motor 1.6 16V de 110 CV y 15,4 mkg. Decimos tradicional, porque aquí no hay tecnología downsized (como la habrá en el futuro 1.4 TCE), ni tampoco la compleja distribución variable del 1.6 120 CV de PSA de desarrollo BMW. Ambas mecánicas van asociados a las ya generalizadas cajas de cambios de 6 velocidades, en este caso de excelente guiado y precisión que, con más razón de ser, optimizan la respuesta de estas versiones moderadas de potencia. Son dos variantes que cumplen con lo mínimo razonable en una nueva generación Mégane que gana planta —mide 4,3 metros— y ambición como coche familiar y rutero. Los dos equipamientos disponibles —Expression y Dynamique—cumplen con el estándar del segmento en todos los campos. Hay una máxima por ahí que vamos a validar en esta ocasión, que dice que si buscamos entre las mecánicas tradicionales un motor pequeño, la mejor elección es un turbodiesel y si buscamos un motor grande donde las prestaciones no faltan, mejor un gasolina. La potencia de ambos Mégane es similar, pero esta teórica igualdad es muy diferente aplicada en una conducción normal.

Por comparación, el Mégane 1.5 dCi nos permite una conducción totalmente despreocupada de motor, con una agilidad de respuesta a base de pisar más o menos el acelerador que anula en agrado y facilidad de conducción al voluntarioso 1.6i. Al pequeño turbodiesel le bastan apenas 2.000 revoluciones para que su golpe de acelerador nos haga avanzar con ímpetu en cualquier marcha, cuando el motor de gasolina necesita el doble de régimen para alcanzar sus mejores valores de par pero nunca la sensación de poder de su rival. Seguramente no sea un problema en ciudad, pero sí lo puede ser en carretera, donde con el Mégane 1.6 es necesario recurrir asiduamente al cambio para solventar cualquier adelantamiento y también secuencias de tráfico poco fluido u orografía adversa. Buscar su mejor respuesta para esas puntualidades más allá de las 4.000 revoluciones haciendo trabajar nuestro brazo derecho crea una enorme incomodidad acústica y un «estrés de conducción» que también salpica a los pasajeros. Con el Mégane de gasolina muchas veces terminas por adaptarte al tráfico que te «entorpece» cuando con el turbodiesel siquiera existió el problema. El dCi anda más, mejor y consume menos y parece claro qué motor es funcionalmente nuestro elegido. En el Diesel los consumos bajos salen solos y estabilizar en carretera el dígito 5 en el ordenador de a bordo de consumo medio es «lo obvio». El motor de gasolina te pide un mínimo de 2 litros más y rompe su equilibrio si le exigimos todo su potencial. ¿Lo mejor del 1.6 16V? Su finura de funcionamiento y su silenciosa puesta en marcha tras una helada noche. Son dos aspectos que mejoran la percepción de calidad del Mégane de gasolina frente a las perceptibles vibraciones en volante y pedales y agria y sonora puesta en marcha que afea al Mégane dCi, aun cuando como Diesel, este Mégane es un producto bastante refinado.

Sólo por la llegada de una nueva dirección eléctrica de correctísimo funcionamiento en todos sus parámetros, el Mégane ha avanzado un mundo en comportamiento y tacto. Y también sospechamos que la rigidez del nuevo bastidor que tanto influye en el buen funcionamiento de los trenes rodantes ha debido mejorar lo suyo. Los delatores crujidos de carrocería de la anterior generación Mégane (mejor disimulados tras el restyling) han desaparecido y de algún modo nos transmite una mayor solidez de marcha y consistencia de conjunto. Esto vale para toda la gama, pero intuimos que especialmente estas ligeras versiones (sus motores son los que menos sobrecargan el eje delantero) acentúan la satisfacción que genera el nuevo Mégane. El encuentro bastidor/motor forman un equilibrio casi idílico. Muestran sin un ápice de radicalidad en su configuración una agilidad, aplomo, suavidad de rodadura, calidad de bacheo y limpieza de reacciones excelentes. Ambos Mégane son ejemplarmente fáciles de llevar para rodar por cualquier trazado incluso al límite de las posibilidades de sus motores. Ni pretenden, ni parecen por tacto, vender deportividad, pero el tren delantero es muy direccional, con poco giro el coche obedece con mucha naturalidad y cualquier segunda orden en apoyo la digieren de inmediato, sin sobrecargarse de delante ni generar aparatosos balanceos. De hecho, sorprende tanto su facilidad de guiado que nos hemos visto en las primeras curvas trazando en dos etapas, para corregir la inmediatez de entrada.

Su paso por curva es muy bueno, salen muy limpias las trazadas, con una pisada de rodadura que parece de coche todavía mayor, muy bien asentado y especialmente sólido sobre baches traicioneros. El 1.6 16V nos ha parecido aún más despreocupado de guiar que el 1.5 dCi, seguramente por un tren delantero más ligero y que además tiene que lidiar con menos pegada de motor. Aparentemente nada justifica que no sean las diferencias normales de desgaste o condiciones de la prueba que la versión de gasolina haya frenado peor. Aun así, sus 73 metros corresponden a una frenada muy buena, pero los 70 del dCi son excelentes, cuando además ha pesado en nuestra báscula 41 kg más. Por cierto, la inmediatez con que responde el freno a la menor presión sobre el pedal puede no gustar a todos los conductores
Más calidad
Aquí tenemos a las dos versiones intermedias de cada bando. El dCi recurre a un «pequeño» motor 1,5 turbodiesel, con esos citados 105 CV y unos más significativos 24,5 mkg. El gasolina monta un tradicional motor 1.6 16V de 110 CV y 15,4 mkg. Decimos tradicional, porque aquí no hay tecnología downsized (como la habrá en el futuro 1.4 TCE), ni tampoco la compleja distribución variable del 1.6 120 CV de PSA de desarrollo BMW. Ambas mecánicas van asociados a las ya generalizadas cajas de cambios de 6 velocidades, en este caso de excelente guiado y precisión que, con más razón de ser, optimizan la respuesta de estas versiones moderadas de potencia. Son dos variantes que cumplen con lo mínimo razonable en una nueva generación Mégane que gana planta —mide 4,3 metros— y ambición como coche familiar y rutero. Los dos equipamientos disponibles —Expression y Dynamique—cumplen con el estándar del segmento en todos los campos. Hay una máxima por ahí que vamos a validar en esta ocasión, que dice que si buscamos entre las mecánicas tradicionales un motor pequeño, la mejor elección es un turbodiesel y si buscamos un motor grande donde las prestaciones no faltan, mejor un gasolina. La potencia de ambos Mégane es similar, pero esta teórica igualdad es muy diferente aplicada en una conducción normal.

Por comparación, el Mégane 1.5 dCi nos permite una conducción totalmente despreocupada de motor, con una agilidad de respuesta a base de pisar más o menos el acelerador que anula en agrado y facilidad de conducción al voluntarioso 1.6i. Al pequeño turbodiesel le bastan apenas 2.000 revoluciones para que su golpe de acelerador nos haga avanzar con ímpetu en cualquier marcha, cuando el motor de gasolina necesita el doble de régimen para alcanzar sus mejores valores de par pero nunca la sensación de poder de su rival. Seguramente no sea un problema en ciudad, pero sí lo puede ser en carretera, donde con el Mégane 1.6 es necesario recurrir asiduamente al cambio para solventar cualquier adelantamiento y también secuencias de tráfico poco fluido u orografía adversa. Buscar su mejor respuesta para esas puntualidades más allá de las 4.000 revoluciones haciendo trabajar nuestro brazo derecho crea una enorme incomodidad acústica y un «estrés de conducción» que también salpica a los pasajeros. Con el Mégane de gasolina muchas veces terminas por adaptarte al tráfico que te «entorpece» cuando con el turbodiesel siquiera existió el problema. El dCi anda más, mejor y consume menos y parece claro qué motor es funcionalmente nuestro elegido. En el Diesel los consumos bajos salen solos y estabilizar en carretera el dígito 5 en el ordenador de a bordo de consumo medio es «lo obvio». El motor de gasolina te pide un mínimo de 2 litros más y rompe su equilibrio si le exigimos todo su potencial. ¿Lo mejor del 1.6 16V? Su finura de funcionamiento y su silenciosa puesta en marcha tras una helada noche. Son dos aspectos que mejoran la percepción de calidad del Mégane de gasolina frente a las perceptibles vibraciones en volante y pedales y agria y sonora puesta en marcha que afea al Mégane dCi, aun cuando como Diesel, este Mégane es un producto bastante refinado.

Sólo por la llegada de una nueva dirección eléctrica de correctísimo funcionamiento en todos sus parámetros, el Mégane ha avanzado un mundo en comportamiento y tacto. Y también sospechamos que la rigidez del nuevo bastidor que tanto influye en el buen funcionamiento de los trenes rodantes ha debido mejorar lo suyo. Los delatores crujidos de carrocería de la anterior generación Mégane (mejor disimulados tras el restyling) han desaparecido y de algún modo nos transmite una mayor solidez de marcha y consistencia de conjunto. Esto vale para toda la gama, pero intuimos que especialmente estas ligeras versiones (sus motores son los que menos sobrecargan el eje delantero) acentúan la satisfacción que genera el nuevo Mégane. El encuentro bastidor/motor forman un equilibrio casi idílico. Muestran sin un ápice de radicalidad en su configuración una agilidad, aplomo, suavidad de rodadura, calidad de bacheo y limpieza de reacciones excelentes. Ambos Mégane son ejemplarmente fáciles de llevar para rodar por cualquier trazado incluso al límite de las posibilidades de sus motores. Ni pretenden, ni parecen por tacto, vender deportividad, pero el tren delantero es muy direccional, con poco giro el coche obedece con mucha naturalidad y cualquier segunda orden en apoyo la digieren de inmediato, sin sobrecargarse de delante ni generar aparatosos balanceos. De hecho, sorprende tanto su facilidad de guiado que nos hemos visto en las primeras curvas trazando en dos etapas, para corregir la inmediatez de entrada.

Su paso por curva es muy bueno, salen muy limpias las trazadas, con una pisada de rodadura que parece de coche todavía mayor, muy bien asentado y especialmente sólido sobre baches traicioneros. El 1.6 16V nos ha parecido aún más despreocupado de guiar que el 1.5 dCi, seguramente por un tren delantero más ligero y que además tiene que lidiar con menos pegada de motor. Aparentemente nada justifica que no sean las diferencias normales de desgaste o condiciones de la prueba que la versión de gasolina haya frenado peor. Aun así, sus 73 metros corresponden a una frenada muy buena, pero los 70 del dCi son excelentes, cuando además ha pesado en nuestra báscula 41 kg más. Por cierto, la inmediatez con que responde el freno a la menor presión sobre el pedal puede no gustar a todos los conductores
Más calidad
Aquí tenemos a las dos versiones intermedias de cada bando. El dCi recurre a un «pequeño» motor 1,5 turbodiesel, con esos citados 105 CV y unos más significativos 24,5 mkg. El gasolina monta un tradicional motor 1.6 16V de 110 CV y 15,4 mkg. Decimos tradicional, porque aquí no hay tecnología downsized (como la habrá en el futuro 1.4 TCE), ni tampoco la compleja distribución variable del 1.6 120 CV de PSA de desarrollo BMW. Ambas mecánicas van asociados a las ya generalizadas cajas de cambios de 6 velocidades, en este caso de excelente guiado y precisión que, con más razón de ser, optimizan la respuesta de estas versiones moderadas de potencia. Son dos variantes que cumplen con lo mínimo razonable en una nueva generación Mégane que gana planta —mide 4,3 metros— y ambición como coche familiar y rutero. Los dos equipamientos disponibles —Expression y Dynamique—cumplen con el estándar del segmento en todos los campos. Hay una máxima por ahí que vamos a validar en esta ocasión, que dice que si buscamos entre las mecánicas tradicionales un motor pequeño, la mejor elección es un turbodiesel y si buscamos un motor grande donde las prestaciones no faltan, mejor un gasolina. La potencia de ambos Mégane es similar, pero esta teórica igualdad es muy diferente aplicada en una conducción normal.

Por comparación, el Mégane 1.5 dCi nos permite una conducción totalmente despreocupada de motor, con una agilidad de respuesta a base de pisar más o menos el acelerador que anula en agrado y facilidad de conducción al voluntarioso 1.6i. Al pequeño turbodiesel le bastan apenas 2.000 revoluciones para que su golpe de acelerador nos haga avanzar con ímpetu en cualquier marcha, cuando el motor de gasolina necesita el doble de régimen para alcanzar sus mejores valores de par pero nunca la sensación de poder de su rival. Seguramente no sea un problema en ciudad, pero sí lo puede ser en carretera, donde con el Mégane 1.6 es necesario recurrir asiduamente al cambio para solventar cualquier adelantamiento y también secuencias de tráfico poco fluido u orografía adversa. Buscar su mejor respuesta para esas puntualidades más allá de las 4.000 revoluciones haciendo trabajar nuestro brazo derecho crea una enorme incomodidad acústica y un «estrés de conducción» que también salpica a los pasajeros. Con el Mégane de gasolina muchas veces terminas por adaptarte al tráfico que te «entorpece» cuando con el turbodiesel siquiera existió el problema. El dCi anda más, mejor y consume menos y parece claro qué motor es funcionalmente nuestro elegido. En el Diesel los consumos bajos salen solos y estabilizar en carretera el dígito 5 en el ordenador de a bordo de consumo medio es «lo obvio». El motor de gasolina te pide un mínimo de 2 litros más y rompe su equilibrio si le exigimos todo su potencial. ¿Lo mejor del 1.6 16V? Su finura de funcionamiento y su silenciosa puesta en marcha tras una helada noche. Son dos aspectos que mejoran la percepción de calidad del Mégane de gasolina frente a las perceptibles vibraciones en volante y pedales y agria y sonora puesta en marcha que afea al Mégane dCi, aun cuando como Diesel, este Mégane es un producto bastante refinado.

Sólo por la llegada de una nueva dirección eléctrica de correctísimo funcionamiento en todos sus parámetros, el Mégane ha avanzado un mundo en comportamiento y tacto. Y también sospechamos que la rigidez del nuevo bastidor que tanto influye en el buen funcionamiento de los trenes rodantes ha debido mejorar lo suyo. Los delatores crujidos de carrocería de la anterior generación Mégane (mejor disimulados tras el restyling) han desaparecido y de algún modo nos transmite una mayor solidez de marcha y consistencia de conjunto. Esto vale para toda la gama, pero intuimos que especialmente estas ligeras versiones (sus motores son los que menos sobrecargan el eje delantero) acentúan la satisfacción que genera el nuevo Mégane. El encuentro bastidor/motor forman un equilibrio casi idílico. Muestran sin un ápice de radicalidad en su configuración una agilidad, aplomo, suavidad de rodadura, calidad de bacheo y limpieza de reacciones excelentes. Ambos Mégane son ejemplarmente fáciles de llevar para rodar por cualquier trazado incluso al límite de las posibilidades de sus motores. Ni pretenden, ni parecen por tacto, vender deportividad, pero el tren delantero es muy direccional, con poco giro el coche obedece con mucha naturalidad y cualquier segunda orden en apoyo la digieren de inmediato, sin sobrecargarse de delante ni generar aparatosos balanceos. De hecho, sorprende tanto su facilidad de guiado que nos hemos visto en las primeras curvas trazando en dos etapas, para corregir la inmediatez de entrada.

Su paso por curva es muy bueno, salen muy limpias las trazadas, con una pisada de rodadura que parece de coche todavía mayor, muy bien asentado y especialmente sólido sobre baches traicioneros. El 1.6 16V nos ha parecido aún más despreocupado de guiar que el 1.5 dCi, seguramente por un tren delantero más ligero y que además tiene que lidiar con menos pegada de motor. Aparentemente nada justifica que no sean las diferencias normales de desgaste o condiciones de la prueba que la versión de gasolina haya frenado peor. Aun así, sus 73 metros corresponden a una frenada muy buena, pero los 70 del dCi son excelentes, cuando además ha pesado en nuestra báscula 41 kg más. Por cierto, la inmediatez con que responde el freno a la menor presión sobre el pedal puede no gustar a todos los conductores
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