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Prueba: Ford Fiesta ST, pequeño gran volcán

Ahora sólo tienes que buscar tu carretera de curvas favorita donde quieras convertir sus 42 litros de gasolina en adrenalina. Embaucador, asegúrate de llevar suelto porque repetirás partida.
Raúl Roncero -
Prueba: Ford Fiesta ST, pequeño gran volcán

Ahora que de nuevo se ha renovado al completo la categoría de los GTi pequeños, estoy convencido de que tu mente sigue estructurándola en dos: los que se mueven en la fronte­ra de los 180 CV, como el trío de coches de VW —Fabia, Ibiza y Polo, con la connotación exóti­ca de su cambio doble embrague y su motor doblemente sobrealimentado—, Mito QV o Corsa OPC; o los que ya escalan o superan las dos centenas de caballos, con 208 GTi y Clio RC como referentes, acompañados de las diversas opciones que ofrece Mini —en otro universo de precios y también de potencias, Corsa Nürburgring con autoblocante mecánico o Juke Nismo—. Pero ahora que Ford ha dado un giro radical a su producto, creo que lo más justo es que empecemos a subir al Fiesta ST a primera división. Te lo resumo así de fácil, aunque lue­go me extenderé en el detalle: dinámicamente es irreprochable como GTI y prestacionalmen­te hablando no sólo se ha metido en el grupo de los "grandes", sino que se come a prácticamente todos los rivales de mayor potencia.
 

Dame caña. Como tendrás oportunidad de ver —pronto tendrás el especial más completo que jamás hayas imaginado con más de una docena de coches—, todos esos nuevos pequeños GTi están pasan­do por esta "páginas" y ya hemos tenido ocasión de hacer kilómetros y curvas con ellos , así que independientemente de la prestación o el com­portamiento de cada uno, creo que el Fiesta tie­ne una cualidad que a mi me parece que tiene especial interés: la sensación de robustez que transmite como deportivo. Tras cientos de cur­vas, cunetas literalmente mordidas buscando ese asfalto vivo del borde de la calzada, rotos de asfalto en los que se desprenden piedras, saltos o llevar motor y frenos a sobrecalentamientos extremos, el Fiesta vuelve a rodar como el pri­mer día, sin el más mínimo síntoma de tortura.

Ford Fiesta ST deportivo

En cierto modo, es una cualidad que perdu­ra de generaciones anteriores, como la personalidad de su comportamiento, aunque jamás había estado el Fiesta ST a seme­jante nivel mecánico. El nuevo motor le ha venido como anillo al dedo. Adiós a su agradable mecánica aspirada, ahora Ecoboost es quien hace volar al nuevo ST. Estándar en lo técnico: 1.6 litros, inyección directa, sobrealimentación, variadores de fase... Pero único. Con mayor o menor desarrollo propio, otros comparten mo­tor cuando el de Ford es exclusivo. Básicamente llega tal cual del Focus —con más intercoo­ler—, con su misma progresión, elasticidad y fuerza; es el bajo peso del coche y las cerradas relaciones de cambio lo que acentúan el carác­ter y la pegada. Y, sobre todo, el sonido. ¿Alto? Ni me importa. Precioso. De ello se encarga un sistema que transmite las vibraciones de admi­sión a una caja de resonancia detrás del salpi­cadero. No sé si lo que quería decir mi mujer es que este Fiesta ST suena demasiado... Ni la oía, ni creo que la escuchaba porque el Fiesta te em­bauca, se apodera de ti.
 

No sé cómo te gustan los GTi a ti, aquí no hay ornamentaciones ni detalles de cara a la galería, sólo lo que para un GTi son elementos funciona­les, casi imprescindibles diría yo: asientos que parecen estar imantados, peda­les perfectos para sentirte cual Joaquín Cortés pisoteando el escenario, volante de excelente agarre, grosor y tacto y una tecla con el icono del ESP encierra alguna de las mejores sorpresas.

Deja de conducir, ponte a pilotar. Activo, modo Deportivo y apagado son los tres posibles esta­dos del control de estabilidad. Ya sabes, según tu valía al volante el primero puede resultar­te demasiado intrusivos, aunque me parece un acierto pleno cómo gestionan los límites los dos primeros modos, porque puedes ir verdade­ramente rápido —pero muy fino—, con el ESP totalmente latente, mientras que en su modo Deportivo hasta te puedes permitir el lujo de ha­cer curvas de asfalto casi —creo que me enten­derás— como si fueras sobre tierra: balanceas y transfieres pesos para ayudarte a girar con la trasera deslizando, o cortas el deslizamien­to de ese tren abriendo gas a fondo porque la curva tiende a hacerse recta. Sí, lo haces mucho mejor y de forma más natural con el control de estabilidad totalmente quitado, pero te quedas sin ese Ángel de la Guarda mirándote de reojo.

Ford Fiesta ST deportivo

La verdad es que este Fiesta tiene buenas ma­neras en tanto en cuanto es absolutamente sen­sible a tu estilo de conducción, porque si en lugar de conducción-es­pectáculo eres de los de buscar la décima a con­dición de apurar bien los frenos, trazar muy, muy fino y acelerar en el momento adecua­do aprovechando lo bien que simula la electrónica a un autoblocante, el ST se convierte en un verda­dero tiralíneas.
 

Una dinámica de peso pesadoque sientas al Fiesta ST, sin embar­go, pequeño, ágil y lige­ro, siempre reactivo, inci­sivo. Muy divertido, muy eficaz, creo que tiene una capacidad sobrenatural para hacerte mejor conductor que lo que eres, porque lo que no va en tiempo, va en sensaciones y en eso el Fiesta parece saber controlar tus pulsaciones. Como GTi de raza, el Fiesta ST acaba siendo incómo­do. Entre puertos, acabo parando antes a des­cansar que a repostar, y eso que ni este ni nin­gún otro 1.6 turbo tiene amigos a la hora de gastar combustible cuando se corre de verdad. Es así la vida en un GTi con suspensión firme, seca, pero todo de impecable calidad, frenos in­cluidos. Demuestra Ford que no todo es cues­tión de acero a la vista, porque con discos no excesivamente grandes el Fiesta, frena, y frena y frena. Cómo me gusta ese recorrido final de pedal donde encuentras un punto extra de mor­diente. Uffff, qué sudores.
 

Sécate ya las ma­nos porque te vas a emplear a fondo con ellas. Además de que hay mucho, mucho motor bajo el pie derecho, puedes manejar embrague y cam­bio con tan pocos escrúpulos que creo aportan alguna milésima en la rapidez. Piensas que son sus pequeñas dimensiones lo que te hacen ver el mundo a cámara rápida, pero es puro mérito, como demuestran sus tiempos, tratando de tú a tú a Clio RS y 208 GTi en aceleración. Poderoso su motor que, como turbo que es, encuentra poco más allá de 6.000 rpm su máxima capaci­dad de giro, aunque cualquier demanda de po­tencia que hagas por debajo se convierte en una buena coz... Su capacidad de recuperación está ahí para corroborarlo. En definitiva, suma efi­ciencia, eficacia, diversión, robustez, buen equi­pamiento y mejor precio y el resultado es... Sí, Fiesta ST.

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