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Audi Q7 4.2 TDI

Esta frase, habitual en los aviones justo antes de despegar, refleja, en parte, las sensaciones que transmite el enorme Q7 combinado con el poderoso V8 Diesel de 4,2 litros. Abróchense los cinturones y pongan el respaldo en posición vertical.
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Audi Q7 4.2 TDI
El Audi Q7 ya es un modelo conocido por todos nosotros, aunque no la versión 4.2 TDI. No vamos a entrar a valorar aspectos ya analizados en anteriores pruebas, sino que nos centraremos, sobre todo, en el nuevo V8. El nuevo corazón del Q7 es, por tanto, el protagonista y el encargado de transmitirnos gratas sensaciones. Existe una cuestión básica que, antes de nada, conviene recordar. El nivel de prestaciones de un vehículo no viene impuesto por la potencia exclusivamente.

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Audi Q7 4.2 TDI, en la pista

Lo realmente importante es la relación peso/potencia, que determinará una cifra indicativa del peso teórico movido por cada caballo de potencia. Por tanto, tan importante es la potencia como el peso del conjunto, y esto sin entrar a analizar cómo afecta negativamente al apartado dinámico. Con esto, no queremos insinuar que el Q7 sea lento o torpe, más bien, todo lo contrario. Lo que sí es verdad es que los 326 CV quedan, en parte, diluidos por tan elevada masa. Para que sirva de referencia, la relación peso/potencia oficial del Q7 4.2 TDI de 326 CV es de 7,42 kg/CV, mientras que la de un A4 TFSI de 200 CV, es de 7,13 kg/CV, sensiblemente mejor.

Pero volvamos al Q7. Después de haber conducido el 3.0 TDI se confirma que este nuevo V8 biturbo es el Diesel que ansiábamos. Aunque el seis cilindros sea un mínimo aceptable y suficiente, muchos potenciales clientes esperaban un peldaño más en prestaciones. El compacto y ligero V8 a 90º, el mismo que monta la berlina A8, cúbica 4.134 cm³, con una potencia máxima de 326 CV a 3.750 rpm. Para adaptarlo al elevado peso del Q7, se han realizado modificaciones en la gestión electrónica, incrementando el par máximo hasta los 77,6 mkg a 1.800 rpm. Para probar a fondo toda la tecnología que abandera al Q7 4.2 TDI, nada mejor que realizar cientos de kilómetros con él. Y eso hemos hecho. La primera sorpresa llega nada más girar la llave. Un ronco pero suave ronroneo nos hace dudar si realmente se trata de un motor Diesel o de un V8 de gasolina de los “gordos”. Emprendemos la marcha, y tal como acariciamos el pedal del acelerador, sentimos como si nos empujaran por atrás. El cambio automático de seis relaciones y el diferencial Torsen realizan su trabajo a la perfección, transmitiendo contundentemente la enorme cifra de par disponible a las cuatro ruedas. Pocos minutos después, y ya hechos al tacto del pedal del acelerador, continuamos desplazándonos entre el tráfico urbano, con suavidad y un notable confort de marcha. Para ello, previamente hemos seleccionado el modo confort de la suspensión neumática, que en esta versión forma parte del equipo de serie. Entre el intenso tráfico de Madrid, la única molestia que hay que tomarse es vigilar las medidas exteriores del Q7 que, pese a que intimidan al resto de conductores, requieren un periodo de adaptación.

En carretera todavía se vuelve más placentero. Los adelantamientos y recuperaciones son “visto y no visto”, aunque en cambios de apoyo y curvas lentas las inercias se notan, si bien el elaborado bastidor disimula bastante las 2,5 toneladas de peso. La dirección es suave y precisa, como suele ser habitual en el resto de modelos de la marca de los cuatro aros. Cuando tenemos que realizar alguna frenada más enérgica de lo habitual, da la impresión de estar deteniendo la cabeza tractora de un camión. Sin embargo, nos hemos quedado con la boca abierta al comprobar que es capaz de detenerse por completo a 140 km/h en apenas 71 metros. Increíble. Otro cantar es la resistencia, porque aguantar semejante masa durante toda la bajada en un puerto de montaña sin flaquear, es prácticamente imposible sin unos discos carbocerámicos. Llevamos ya 400 km por autopista y tenemos que parar por una cuestión que nada tiene que ver con el Q7 –razones fisiológicas-, puesto que la autonomía parece inagotable, y en vez de cansarnos de conducir, da la sensación de que estamos más descansados, incluso, que antes de iniciar el recorrido. Continuamos por las largas rectas de nuestra carretera, a una velocidad alegre, manteniéndonos con el control de velocidad de crucero de serie en el límite máximo de velocidad para que no nos retiren ningún punto. Es curioso; el carril derecho no lo usa nadie, pero cuando el resto de conductores ven venir por la izquierda a lo lejos la imponente parrilla del Q7, se cambian de carril de inmediato. Apenas tres horas más tarde llegamos al peaje de la autopista y, tras pagar, nos damos el placer de pisar a fondo el pedal justo cuando se levanta la valla, tal como si se hubieran apagado los semáforos en rojo en un Gran Premio... La patada es contundente, pero agradable y continuada, para no marear a los incrédulos pasajeros, que por un momento dudan si han ido a Sevilla en el AVE en vez de en un coche.

Todavía nos queda un cuarto de depósito y ya estamos llegando a nuestro destino, una boda en uno de los encantadores pueblos de mi Andalucía. Pero, antes de lavar a este monstruo, nos hacemos unos kilómetros por la finca de un amigo con la suspensión en modo off-road. Como suele suceder en este tipo de coches, las pistas son pan comido, y más con los 326 CV de este modelo. La falta de motricidad es corregida por el ESP, sobre todo en las zonas más deslizantes por el fango. Ahora llega el momento de buscar un túnel de lavado para preparar nuestro Q7 para los novios. Parecía fácil y es el segundo en el que intentamos lavarlo sin éxito. Por fin, a la tercera va a la vencida y, con sumo cuidado, lo encajamos dentro del túnel. Por último, a esperar a los novios, que tras la correspondiente lluvia de arroz, se acomodan en los asientos tapizados en piel que trae de serie esta versión. Ya sólo queda que sean felices y coman perdices...y si tienen niños, en este Q7 los pueden sentar en la tercera fila de asientos, que para eso está. ¡Qué vivan los novios! El Audi Q7 ya es un modelo conocido por todos nosotros, aunque no la versión 4.2 TDI. No vamos a entrar a valorar aspectos ya analizados en anteriores pruebas, sino que nos centraremos, sobre todo, en el nuevo V8. El nuevo corazón del Q7 es, por tanto, el protagonista y el encargado de transmitirnos gratas sensaciones. Existe una cuestión básica que, antes de nada, conviene recordar. El nivel de prestaciones de un vehículo no viene impuesto por la potencia exclusivamente. Lo realmente importante es la relación peso/potencia, que determinará una cifra indicativa del peso teórico movido por cada caballo de potencia. Por tanto, tan importante es la potencia como el peso del conjunto, y esto sin entrar a analizar cómo afecta negativamente al apartado dinámico. Con esto, no queremos insinuar que el Q7 sea lento o torpe, más bien, todo lo contrario. Lo que sí es verdad es que los 326 CV quedan, en parte, diluidos por tan elevada masa. Para que sirva de referencia, la relación peso/potencia oficial del Q7 4.2 TDI de 326 CV es de 7,42 kg/CV, mientras que la de un A4 TFSI de 200 CV, es de 7,13 kg/CV, sensiblemente mejor.

Pero volvamos al Q7. Después de haber conducido el 3.0 TDI se confirma que este nuevo V8 biturbo es el Diesel que ansiábamos. Aunque el seis cilindros sea un mínimo aceptable y suficiente, muchos potenciales clientes esperaban un peldaño más en prestaciones. El compacto y ligero V8 a 90º, el mismo que monta la berlina A8, cúbica 4.134 cm³, con una potencia máxima de 326 CV a 3.750 rpm. Para adaptarlo al elevado peso del Q7, se han realizado modificaciones en la gestión electrónica, incrementando el par máximo hasta los 77,6 mkg a 1.800 rpm. Para probar a fondo toda la tecnología que abandera al Q7 4.2 TDI, nada mejor que realizar cientos de kilómetros con él. Y eso hemos hecho. La primera sorpresa llega nada más girar la llave. Un ronco pero suave ronroneo nos hace dudar si realmente se trata de un motor Diesel o de un V8 de gasolina de los “gordos”. Emprendemos la marcha, y tal como acariciamos el pedal del acelerador, sentimos como si nos empujaran por atrás. El cambio automático de seis relaciones y el diferencial Torsen realizan su trabajo a la perfección, transmitiendo contundentemente la enorme cifra de par disponible a las cuatro ruedas. Pocos minutos después, y ya hechos al tacto del pedal del acelerador, continuamos desplazándonos entre el tráfico urbano, con suavidad y un notable confort de marcha. Para ello, previamente hemos seleccionado el modo confort de la suspensión neumática, que en esta versión forma parte del equipo de serie. Entre el intenso tráfico de Madrid, la única molestia que hay que tomarse es vigilar las medidas exteriores del Q7 que, pese a que intimidan al resto de conductores, requieren un periodo de adaptación.

En carretera todavía se vuelve más placentero. Los adelantamientos y recuperaciones son “visto y no visto”, aunque en cambios de apoyo y curvas lentas las inercias se notan, si bien el elaborado bastidor disimula bastante las 2,5 toneladas de peso. La dirección es suave y precisa, como suele ser habitual en el resto de modelos de la marca de los cuatro aros. Cuando tenemos que realizar alguna frenada más enérgica de lo habitual, da la impresión de estar deteniendo la cabeza tractora de un camión. Sin embargo, nos hemos quedado con la boca abierta al comprobar que es capaz de detenerse por completo a 140 km/h en apenas 71 metros. Increíble. Otro cantar es la resistencia, porque aguantar semejante masa durante toda la bajada en un puerto de montaña sin flaquear, es prácticamente imposible sin unos discos carbocerámicos. Llevamos ya 400 km por autopista y tenemos que parar por una cuestión que nada tiene que ver con el Q7 –razones fisiológicas-, puesto que la autonomía parece inagotable, y en vez de cansarnos de conducir, da la sensación de que estamos más descansados, incluso, que antes de iniciar el recorrido. Continuamos por las largas rectas de nuestra carretera, a una velocidad alegre, manteniéndonos con el control de velocidad de crucero de serie en el límite máximo de velocidad para que no nos retiren ningún punto. Es curioso; el carril derecho no lo usa nadie, pero cuando el resto de conductores ven venir por la izquierda a lo lejos la imponente parrilla del Q7, se cambian de carril de inmediato. Apenas tres horas más tarde llegamos al peaje de la autopista y, tras pagar, nos damos el placer de pisar a fondo el pedal justo cuando se levanta la valla, tal como si se hubieran apagado los semáforos en rojo en un Gran Premio... La patada es contundente, pero agradable y continuada, para no marear a los incrédulos pasajeros, que por un momento dudan si han ido a Sevilla en el AVE en vez de en un coche.

Todavía nos queda un cuarto de depósito y ya estamos llegando a nuestro destino, una boda en uno de los encantadores pueblos de mi Andalucía. Pero, antes de lavar a este monstruo, nos hacemos unos kilómetros por la finca de un amigo con la suspensión en modo off-road. Como suele suceder en este tipo de coches, las pistas son pan comido, y más con los 326 CV de este modelo. La falta de motricidad es corregida por el ESP, sobre todo en las zonas más deslizantes por el fango. Ahora llega el momento de buscar un túnel de lavado para preparar nuestro Q7 para los novios. Parecía fácil y es el segundo en el que intentamos lavarlo sin éxito. Por fin, a la tercera va a la vencida y, con sumo cuidado, lo encajamos dentro del túnel. Por último, a esperar a los novios, que tras la correspondiente lluvia de arroz, se acomodan en los asientos tapizados en piel que trae de serie esta versión. Ya sólo queda que sean felices y coman perdices...y si tienen niños, en este Q7 los pueden sentar en la tercera fila de asientos, que para eso está. ¡Qué vivan los novios!
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