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Mercedes SL

Esto es lo que cuesta el Mercedes SL de 1954… si tienes suerte de encontrar alguno a la venta. Nos referimos al 300 SL Gullwing, el alas de gaviota, de cuya inspiración quiere beber Mercedes para hacer de su actual SL un modelo más popular.
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Mercedes SL
Que nadie se engañe, porque el nuevo Mercedes SL no será popular por precio. Se ha cambiado la cara, pero los precios seguirán siendo de coche de lujo, aunque sin llegar a los de sus antepasados. La popularidad vendrá de que quieren que tenga una difusión como sus antecesores, con más de 200.000 unidades en las dos generaciones anteriores. Lo tienen fácil, porque en el actual R230 llevan 140.000 vendidos en seis años y el cambio de cara debería significar un empujón final hasta los 250.000.
Lo que tienen más difícil es que el SL consiga el grado de atracción que despertó el SL Gullwing desde su primera aparición, cuando sólo era un coche de carreras, concebido para competir y ganar. No lo hacían desde los tiempos de la “flechas de plata” y si volvían tenía que ser por la puerta grande. Dicho y hecho, en la misma reunión en que decidían volver a la Fórmula Uno con los coches pre-bélicos, daban visto bueno a la construcción de un deportivo basado en la berlina 300, el 300 SL, de “Sport-Leicht”, deportivo ligero.

Ganar carreras requiere hacer coches para ganarlas y una berlina no parece la base adecuada. Se aprovechó el motor, se montó en un chasis tubular que podía levantar una sola persona y se añadió una ligera carrocería de aluminio encima. Tan ajustada carrocería, que hubo que dar abultamientos en el capó para hacerle hueco… a pesar de haberlo tumbado ya 50 grados. La altura lateral del armazón imposibilitaba unas puertas tal y como se entienden, así que para acceder al habitáculo no hubo más remedio que abrir unas escotillas articuladas arriba: nacía el “alas de gaviota”, pura funcionalidad que luego se hizo estilo. Más adelante, no sólo articularían las ventanillas, sino que aquello parecerían unas puertas de verdad, aunque seguían los altos y anchos umbrales recubiertos de cuero que obligaban a plegar el volante para poder acceder. Dentro, lujo asiático interior en comparación con los deportivos de la época, porque en carreras maratón, durante días, sabían que sólo cuidando a los pilotos se podía sostener el ritmo.

Los éxitos de la versión de carreras cumplían las expectativas. Tanto, que un adinerado austríaco –Max Hoffmann– pensó que podría vender con facilidad un millar de coches de calle en Estados Unidos a condición de que fuesen como el de carreras. Con esos sólidos argumentos en dólares, en 1.954 se presenta en el Salón de Nueva York –¿dónde si no?– el icónico 300 SL.
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