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El ocaso de los muscle cars

Producto de una época marcada por el exceso, los muscle car tenían ya en su nacimiento su muerte anunciada. La crisis del petróleo fue una de las principales causas de su fin, pero no la única. No obstante, durante diez años míticos modelos como el Dodge Challenger, el Plymouth Barracuda o el Chevrolet Chevelle hicieron vibrar a toda una generación de jóvenes entusiastas de la gasolina y la velocidad.
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El ocaso de los muscle cars
La competencia para el Pontiac GTO no tardó en llegar, principalmente de la mano de Chrysler, aunque también desde el seno interno de General Motors, a través de Chevrolet, y más tarde de Ford. Las marcas norteamericanas más importantes se fijaron un claro objetivo: fabricar rivales dignos de competir con el GTO en la calle y, lo que era más importante, en los concesionarios. Pero Pontiac les llevaba ventaja y siempre iba un paso por delante.

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Tomando como referencia el GTO, GM dio salida en 1967 al ‘Chevy’ Chevelle SS Super Sports, que obtuvo un relativo éxito y del que se vendieron un total de 63.000 unidades. El Chevelle contó con tres versiones, todas V8 de 6,5 litros pero distintas potencias: 325, 350 y 375 CV. No obstante, su distancia más larga entre ejes restaba fiabilidad al modelo. Los únicos muscle cars que pudieron plantar cara realmente al GTO, fueron el Plymouth Barracuda y, en especial, el Dodge Challenger. Chrysler fue una de las pocas marcas que entendió el concepto de muscle car creando la MOPAR, cuyas siglas responden a Motor Parts o lo que es lo mismo piezas modificadas del motor. Este ‘departamento deportivo’ de Chrysler, y por extensión de Dodge, hizo realidad el Challenger, el único de los muscle car que puede enorgullecerse de mantener viva la llama de estos ya legendarios ‘deportivos del pueblo’ hoy en día. La propia historia lo señala como el heredero de los muscle car, el último de su generación, antes de que el término pasase a ser leyenda.

El primer Challenger, se basó en la plataforma del Barracuda, pero aumentando la distancia entre ejes. Su secreto era un propulsor HEMI –de cabeza o culata hemisférica- 5.6 de entre 275 y 425 CV. Tras el tímido éxito del Chevrolet Chevelle de GM, Ford aprovechó para entrar en batalla. La marca del óvalo lo hizo atacando desde otro ángulo, con una nueva concepción de automóvil, basada en la idea muscle car, pero con coches todavía más pequeños y aún más baratos. Así nacieron los que aún hoy se conocen como ‘pony cars’, siendo los primeros el Torino y el Fairlane GTA. Desde nuestra perspectiva, en pleno inicio del siglo XXI, no hay duda de que los muscle car tenían su muerte anunciada. Quizá en Ford también lo sabían o simplemente les sonrió la fortuna, por que, mientras los muscle car murieron en 1974, los pony car vivieron largos años, hasta hoy. Así, asistimos al nacimiento del Ford Mustang, todo un icono de la cultura automovilística americana. De toda la gama Mustang, más comedida y nacida en 1965, uno de los que podía ser considerado digno rival del GTO era el Shelby GT500, fruto de la colaboración entre Ford y el famoso diseñador de la marca Carroll Shelby.

Son varias las causas que propiciaron el fin de los muscle car. La primera y decisiva fue la crisis del petróleo de 1973: la gasolina ya no era tan barata y si algo tenían estos purasangre callejeros era que ‘chupaban’ carburante como demonios. La escasez de petróleo cambió la tendencia del mercado y de la mentalidad automovilística: palabras hasta ahora desconocidas como limitación de emisiones comenzaron a escucharse. Otro apartado del que los muscle car no eran precisamente confesos. Además, las compañías de seguros empezaron a elevar la prima de este tipo de vehículos, ya que su índice de siniestralidad era mayor comparados con otros segmentos. Esto último motivó que el Gobierno se pusiera en marcha y prohibiera las carreras callejeras por el evidente peligro que suponían. Sí, los muscle car comenzaron a tener todo en su contra y dejaron de ser atractivos para los compradores. La falta de demanda elevó su precio y, definitivamente, sus ventas cayeron en picado: la época dorada había acabado. A finales de los años 70, los únicos muscle car baratos eran los de segunda mano. Aquellos románticos, o adinerados, que compraron los últimos muscle car y los restauraron, hoy tienen en sus manos un clásico cuyo valor puede ascender a 90.000 euros. Muchos han sido vendidos o donados al Museo de Floyd Garret, un enamorado de estos modelos que tiene una de las mayores colecciones de muscle car del mundo.
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