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Los coches de los políticos

En una época de crisis, todos debemos de apretarnos el cinturón. Pero, ¿cumplen esta máxima los políticos de nuestro país? Vamos a analizar este hecho en el tema que nos toca directamente, el de los coches oficiales.
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Los coches de los políticos
Si hace un tiempo os dábamos a conocer los coches que utilizaban los pilotos de Fórmula 1, hoy ha llegado el turno de los políticos. Si bien en el caso de las estrellas del automovilismo podemos entender que dispongan de auténticas maravillas con cuatro ruedas, con los políticos de nuestro país la cosa cambia. Estamos en una época de crisis donde todos, sin excepción, deberíamos apretarnos el cinturón, pero, ¿lo hacen quienes nos representan a nivel político? Es cierto que se han dado algunos pasos para mitigar el gasto que supone la gran flota de coches oficiales disponibles para los políticos, pero ¿es suficiente? Vamos a intentar arrojar algo de luz sobre este asunto.
Sabemos, según datos recientes, que el parque móvil que está al servicio de toda la clase política española, Autonomías incluidas, ronda los 35.000 vehículos. No parece una cifra especialmente alarmante si tenemos en cuenta que hablamos del país entero. Sin embargo, el problema aparece cuando vemos los modelos que aparecen dentro de este parque de vehículos. No son pocos los coches de alta gama que vemos aquí, lo que dispara el coste aproximado de mantenimiento en este apartado a unos ¡240 millones de euros al año! Medidas como las aplicadas por el líder del PP Mariano Rajoy, que exige el uso compartido de este tipo de vehículos, no parecen suficientes cuando indagamos un poco y nos enteramos en qué coches se mueven nuestros políticos.

Por poner ejemplos concretos, sabemos que el actual presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, cuenta con tres unidades del Audi A8 y un Mercedes Clase S para sus desplazamientos oficiales. En el caso del modelo de la casa de los cuatro aros, estamos hablando de un coste aproximado de 76.000 euros por unidad, mientras que el Clase S tiene un precio de unos 78.000 euros. A estos precios hay que sumarle el coste más importante que tiene un coche destinado a una personalidad del rango de Zapatero, el blindaje. Estamos hablando de una serie de tratamientos y técnicas que se aplican al coche que, en su escala de protección máxima, pueden disparar el precio total del coche a más de 300.000 euros. Además, el blindaje tiene un gran problema, y es que caduca en un periodo de entre cinco y siete años, con lo que antes del final de la vida útil del coche, es más que probable que éste tenga que ser sustituido. El Audi A8 no es un modelo exclusivo de Zapatero, y es que según hemos podido saber muchos de los políticos españoles cuentan con una unidad para su uso laboral. De hecho, la gran mayoría de los presidentes autonómicos cuentan con un modelo de alta gama. Además del A8, otros de los coches de alta gama utilizados por los políticos españoles son el Volkswagen Phaeton, cuyo precio puede sobrepasar los 130.000 euros, o el BMW 735i. Algo más modesto es el carismático ex presidente de Cantabria, Miguel Ángel Revilla, que utiliza un Peugeot 607, cuyo coste base rondaría los 41.000 euros.

Obviamente estamos ante un tema que debería revisarse, porque no estamos hablando de coches cuyo coste suponga ninguna broma. Pero es que además de este coste, existe otro problema. Estamos en una época dentro del mundo de la automoción donde nos tratan de vender las bondades de los vehículos de baja cilindrada, híbridos y eléctricos, donde se busca ahorrar todo lo posible en consumo (con normas tan hipócritas como la del límite de los 110 km/h) y en emisiones. ¿Con qué cara se queda el conductor español si, los mismos políticos que utilizan coches de gran cilindrada, muy veloces y con cifras de consumo y emisiones muy superiores a las recomendadas, son los que nos “aconsejan” un tipo de vehículos que ellos no quieren ver ni en pintura? ¿Para qué necesita el político de turno un coche con 300 CV capaz de superar los 250 km/h de velocidad punta? En definitiva, estamos ante una más de las incongruencias del país en el que vivimos. Y en este caso no tiene nada que ver con ideologías políticas, ya que todos, sin excepción, tienen los mismos gustos cuando de coches se habla.
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