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Renault RS25

Pilotar un F1 es una experiencia difícil de explicar: Conducirlo es fácil para todo aquel que haya competido, pilotarlo o ir rápido ya es complicado, pero luchar contra el cronómetro y contra otros veinte monoplazas es solo posible para un pequeño grupo de superdotados.
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Renault  RS25
Mi estreno al volante de un F1 fue con un Renault, similar al que empleó en su día Fernando Alonso para proclamarse Campeón del Mundo de F1. Me deslicé dentro del monocasco de fibra de carbono con las piernas juntas hasta llegar a sentir el pedalier. El asiento se ajustaba como un guante a medida. Dos mecánicos me ataron con un arnés de seis puntos de anclaje tan fuerte que casi dolía, pero tenía claro que se era fundamental si luego pretendía sacarle partido al F1. El monoplaza y yo estábamos completamente unidos.

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Renault RS25

Un ingeniero me recordaba a gritos todo el protocolo de arranque y salida, y yo no hacía más que asentir, porque apenas podía oírle y entenderle… solo quería comenzar la prueba. Lo que decía lo tenía grabado en mi mente tras estar absolutamente concentrado en todas las reuniones previas que había tenido, y además llevaba perfectamente puestos los tapones en los oídos, el sotocasco y un casco muy ajustado. Ya podía gritar que no oía nada. En el mismo trazado, hace algún tiempo probé el Dallara-Renault de la World Series, -un morlaco de 420 CV que asustaba por lo nervioso que parecía su tren trasero, y sobre todo porque casi pierdo el casco en plena recta por no ajustarlo bien y por ir sentado más alto de lo normal, lo que permitía al aire entrar por debajo e intentar arrancarme la cabeza. Nada de eso podía pasar en esta ocasión. La diferencia de prestaciones era muy grande y esta vez el aire sí que me arrancaría la cabeza.

Antes de recibir el semáforo verde recordé mis objetivos en pista: debía frenar un poco más allá de los 100 metros a final de recta, quería pasar a fondo por la curva de Signes, quería aprovechar el largo y rápido curvón -punto 7 del trazado- para sentir todas la "g" posibles... y tampoco quería hacer el ridículo, ni calar el motor al arrancar, ni mucho menos salirme de pista o romper algo. Recibí el ok. Presioné levemente el acelerador hasta que la pantalla me indicó que estaba en el siete por ciento del acelerador. Pisé el pedal de embrague a fondo, levanté la mano derecha pidiendo corriente y... el estruendo del motor lo invadió todo. Pese a los tapones y el casco, la sensación es la de estar al lado de un Boeing a punto de despegar. Toqué la leva derecha y la marcha ya estaba engranada. El embrague tenía un recorrido milimétrico y era duro, pero muy sensible. No tuve problema alguno para comenzar a moverme y salir de los boxes. Me olvidé del embrague. Ya solo había que usar las levas. El cambio es tan rápido que parece obedecer órdenes mentales. Rozas la leva y ya tienes la velocidad engranada. Es divertido abrir gas pensando... cuando llegue allí freno y bajo una marcha... divertido porque de inmediato debes dejar de pensarlo y hacerlo, ya has llegado. ¡Vaya patada!, que aceleración. La cabeza se va para atrás y me cuesta mantenerla en posición de ataque. Tenía mucho que hacer pero no podía dejar de pensar en que "sólo" llevaba 700 CV... ¡lo que debía ser gobernar aquellos monstruos de más de 1.200 CV de la época de los turbo y el efecto suelo! Mientras me acostumbraba a las reacciones del monoplaza recordaba las palabras de Lauda y de Irvine diciendo que los F1 actuales –en referencia a la electrónica del 2007- los conducen hasta los monos. Me sentí como un mono.

Tras la chicane norte, enfilé la recta de Mistral rumbo a la curva de Signes con la idea de pasarla a fondo. Mi ingeniero de telemetría, antes de conocernos, me dijo que frenara y bajara dos velocidades... después del curso acelerado sobre monoplazas más pequeños me dijo que levantara y tocara el freno. Me explicó que solo con levantar sentiría toda la fuerza de la aerodinámica en retención, pues el F1 que iba a probar iba cargado en su aerodinámica al máximo, y a 200 km/h tendría casi dos toneladas aplastándome sobre el asfalto. El problema no era si el coche pasaba o no, el problema era si yo era capaz de soportar el aplastamiento de la fuerzas “g” a las que estaría sometido en ese momento. En las dos veces me faltó valor y tuve que levantar, y a la salida de la curva, en las dos ocasiones, pasé sobrado. Se podía, sin duda. En mi defensa solo puedo decir que llegaba a casi 240 km/h y que desde un F1 la curva es completamente ciega. Demasiadas emociones para solo dos vueltas. Pese a ello, quise sentir cuánto se sujeta un F1, y en el largo curvón que llega al punto siete metí todas las marchas aplastando en acelerador. Antes de llegar al punto de frenada me di cuenta de que el coche sí iba, pero mis brazos y piernas se aplastaban contra la parte izquierda del habitáculo. Mi cabeza dentro del casco se aplastaba al exterior de la curva mientras el F1 iba feliz a donde el volante le marcaba. Fueron breves momentos de angustia que resolví apartándome de la trazada y consiguiendo una brutal frenada por encima del bordillo. Reflexioné: hay que sentir lo mismo setenta veces en un GP y peleando con veinte energúmenos peores que yo... Un F1 es sólo para atletas, hace falta mucho valor, decisión y entrenamiento. Un F1 no está al alcance de cualquiera, aunque yo, ya puedo decir que he pilotado uno.
Así se conduce un F1
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Renault en la historia de la F1
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