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Gato Montés: probamos el coche-anfibio español más raro y desconocido (vídeo)

Artés de Arcos lanzó en 1971 un pequeño todoterreno anfibio, el Gato Montés: el único vehículo que llegó a fabricar en cierta cantidad. ¡No te pierdas cómo rueda (y navega) en vídeo!
Manuel Garriga.

Twitter: @autopista_es Fotos: Pere Nubiola y MPIB. -

Gato Montés: probamos el coche-anfibio español más raro y desconocido (vídeo)

“Sí, sí, tú empuja las dos palancas, pero inclínate hacia ahí como lo hago yo, así gira mejor que sólo con el motor”. A lo largo de mi carrera periodística me he metido en toda clase de “fregaos”… pero nunca había tripulado un vehículo anfibio -con su creador en el asiento de al lado-  el único que yo conocía y uno de los coches más raros que me ha tocado en suerte probar. Es el propio Jesús Artés de Arcos quien me habla, mientras nuestro Gato Montés avanza chapoteando con parsimonia por las aguas de este remanso en Olzinelles.

Y, en efecto, si desplazamos el peso de los dos pasajeros (ahora navegantes) hacia un lado, la carrocería (es decir, el casco) se escora ligeramente facilitando el cambio de dirección (bueno, rumbo) del vehículo (vale, la nave). “El desgaste de las palas que forman el dibujo de los neumáticos hace que el avance sea tan lento —aclara Jesús—. Para tener mejor movilidad en el agua lo fácil hubiera sido ponerle una toma de fuerza en la cual acoplarle una hélice, pero esto habría complicado innecesariamente todo el conjunto”.

Estamos ante un aparato de concepción sencilla pero ingeniosa, propulsado por un motor bicilíndrico Citroën dispuesto en posición central-trasera, cuyas características esenciales se describen en la patente de invención registrada por Artés de Arcos por sus cuatro “perfeccionamientos en los vehículos anfibios para usos agrícolas y deportivos”. El primero de ellos concierne al chasis de perfiles huecos cuyo interior aloja las cadenas de transmisión; el segundo se refiere al variador del sistema de poleas de diámetro variable acoplado al motor; el tercero afecta a los dos ejes transversales de cada embrague, que presentan una rueda dentada en el extremo que engrana con otra inferior coaxial con el eje de la rueda correspondiente; y el cuarto trata de la carrocería de material sintético, formada por dos partes unidas mediante un perfil perimetral de cierre por la zona de un plano medio horizontal.

¿Y cómo se gobierna este felino? El sistema de mando lo forman dos palancas principales -una para cada mano-, la del cambio, que emerge bajo el asiento, y los pedales de embrague y gas. Para ponerlo en movimiento empujamos ambas palancas hacia adelante. Si las dejamos libres vuelven a su posición inicial de reposo y las ruedas dejan de recibir tracción. No existe pedal de freno. Para aminorar la marcha tiramos de las palancas hacia atrás y los dos discos retienen el Gato con eficacia. Luego, como casi todos los vehículos oruga (tanques, excavadoras, etc), se dirige repartiendo la tracción entre ambos ejes con las palancas. Si mantenemos una retrasada al máximo y seguimos avanzando la otra, llegará a girar sobre sí mismo: 0º de radio de giro.

El motor del 2 CV de Citroën

El motor del 2 CV con embrague centrífugo se adapta de maravilla al carácter del Gato, si bien su ubicación no favorece mucho la refrigeración. Dos años después de iniciarse la producción del anfibio, Citroën Hispania dejó de servir el motor M4 y lo sustituyó por el M28, más potente y con discos a la salida del diferencial, lo cual obligó a Artés de Arcos a modificar el sistema de frenos concebido originalmente para el Gato (con discos externos y pinzas de Renault 8).

Para esta prueba tenemos la suerte de disponer de ambas versiones, propiedad de miembros de la familia Artés que los siguen usando a menudo por los caminos de tierra de su finca del Veïnat de Sobirans, en Arenys de Munt. La habíamos iniciado navegando con el Gato de Jesús (motor M28) y volvemos a tierra para coger el de Gabriel (motor M4). Las diferencias son apenas perceptibles para un “gatista” novato, pero al cabo de unas cuantas horas de ensayo y varios cambios de vehículo constato que la entrega de potencia resulta más consistente en el M28.

Artes de ArcosLa asombrosa agilidad del Gato Montés

Con sólo 250 kg de peso en vacío, un centro de gravedad situado muy bajo y sus dimensiones compactas, demuestran una agilidad asombrosa en ambos casos, trepando pendientes hasta de 45º sin esfuerzo aparente. El ángulo de inclinación al que uno puede llevar este vehículo, una vez acostumbrado a su manejo, es impresionante. Los seis grandes neumáticos Firestone amortiguan bastante bien las irregularidades del suelo gracias a que su baja presión -sólo 0,25 kg/cm- suple la carencia de suspensión. Eso sí, a partir de cierta velocidad el traqueteo se impone y no hay manera de evitar los rebotes y pequeños saltos al pasar sobre baches y deformaciones del piso. Y otro problema es la escasa distancia libre al suelo. Pese a que la carrocería es de construcción muy sólida, hay que poner atención en el camino que tomamos y evitar las piedras grandes o superarlas pasando las ruedas por encima. Aunque por su solidez no se deteriore el vehículo podría quedarse enganchado.

Después de que Pepo Artés me haya instruido sobre cómo afrontar de manera solvente las rampas complicadas, vuelvo a sentarme con su tío Jesús para consultarle una larga serie de cuestiones técnicas. Terminamos hablando de lo que podría haber sido el Gato Montés si su desarrollo hubiera seguido adelante. En el Salón de Barcelona de 1972 presentó al concurso de elegancia una versión insólita, de aspecto estrafalario, carente de carrocería y provista de ¡doce ruedas! dispuestas en grupos de tres. A este aparato se le ha apodado Gato Araña, Gato Estrella e incluso Gato Lunar en virtud de la hipótesis, más bien descabellada, de que podría haber servido de inspiración a la NASA para diseñar su Lunar Rover… “¿El Gato Lunar? Pues lo hicimos a partir de un Gato que se había estropeado. Le sacamos el chasis, pusimos un piñón enorme a cada lado y de cada uno a los otros, en tracción permanente. Con esta configuración ese trasto ¡subía paredes! Luego vi la misma disposición de ruedas aplicada a cochecitos de bebé. Aquello no prosperó, pero gracias a eso todavía tengo un trofeo que me concedió Enasa a la idea más rara del salón: un Pegaso de plata maciza…”. Gato Montés

En general, la conducción del Gato Montés no resulta complicada, aunque requiere práctica para familiarizarse con sus reacciones. Una vez conseguido se pueden hacer auténticas diabluras con él pues permite ser manejado con mucha precisión. Eso sí, su agilidad en tierra, arena o nieve mengua al pisar el asfalto; y pese a que no hubo tiempo para meterlo en el mar es obvio que las aguas bravas no deben ser su medio favorito, aunque sí vadea lagos y ríos con facilidad. Interesante es su historia –nacido en EE UU, desarrollado en España- y su singularidad como clásico: poco peso, óptima tracción, bajo centro de gravedad, manejabilidad sin tacha. Hay pocos tan divertidos y fáciles de manejar como el Gato Montés.

Por dentro muestra lujo y funcionalidad. Al estilo de los años 70, combina plástico rojo con imitación de madera y ofrece una instrumentación minimalista, con un contador de horas de funcionamiento e indicador de carga de la batería. Este vehículo, además, carga hasta 400 kg y puede subir pendientes del 45%. Pero, ¿dónde arrancó el desarrollo de este vehículo tan especial? Sigue leyendo…

“Sí, sí, tú empuja las dos palancas, pero inclínate hacia ahí como lo hago yo, así gira mejor que sólo con el motor”. A lo largo de mi carrera periodística me he metido en toda clase de “fregaos”… pero nunca había tripulado un vehículo anfibio -con su creador en el asiento de al lado-  el único que yo conocía y uno de los coches más raros que me ha tocado en suerte probar. Es el propio Jesús Artés de Arcos quien me habla, mientras nuestro Gato Montés avanza chapoteando con parsimonia por las aguas de este remanso en Olzinelles.

Y, en efecto, si desplazamos el peso de los dos pasajeros (ahora navegantes) hacia un lado, la carrocería (es decir, el casco) se escora ligeramente facilitando el cambio de dirección (bueno, rumbo) del vehículo (vale, la nave). “El desgaste de las palas que forman el dibujo de los neumáticos hace que el avance sea tan lento —aclara Jesús—. Para tener mejor movilidad en el agua lo fácil hubiera sido ponerle una toma de fuerza en la cual acoplarle una hélice, pero esto habría complicado innecesariamente todo el conjunto”.

Estamos ante un aparato de concepción sencilla pero ingeniosa, propulsado por un motor bicilíndrico Citroën dispuesto en posición central-trasera, cuyas características esenciales se describen en la patente de invención registrada por Artés de Arcos por sus cuatro “perfeccionamientos en los vehículos anfibios para usos agrícolas y deportivos”. El primero de ellos concierne al chasis de perfiles huecos cuyo interior aloja las cadenas de transmisión; el segundo se refiere al variador del sistema de poleas de diámetro variable acoplado al motor; el tercero afecta a los dos ejes transversales de cada embrague, que presentan una rueda dentada en el extremo que engrana con otra inferior coaxial con el eje de la rueda correspondiente; y el cuarto trata de la carrocería de material sintético, formada por dos partes unidas mediante un perfil perimetral de cierre por la zona de un plano medio horizontal.

¿Y cómo se gobierna este felino? El sistema de mando lo forman dos palancas principales -una para cada mano-, la del cambio, que emerge bajo el asiento, y los pedales de embrague y gas. Para ponerlo en movimiento empujamos ambas palancas hacia adelante. Si las dejamos libres vuelven a su posición inicial de reposo y las ruedas dejan de recibir tracción. No existe pedal de freno. Para aminorar la marcha tiramos de las palancas hacia atrás y los dos discos retienen el Gato con eficacia. Luego, como casi todos los vehículos oruga (tanques, excavadoras, etc), se dirige repartiendo la tracción entre ambos ejes con las palancas. Si mantenemos una retrasada al máximo y seguimos avanzando la otra, llegará a girar sobre sí mismo: 0º de radio de giro.

El motor del 2 CV de Citroën

El motor del 2 CV con embrague centrífugo se adapta de maravilla al carácter del Gato, si bien su ubicación no favorece mucho la refrigeración. Dos años después de iniciarse la producción del anfibio, Citroën Hispania dejó de servir el motor M4 y lo sustituyó por el M28, más potente y con discos a la salida del diferencial, lo cual obligó a Artés de Arcos a modificar el sistema de frenos concebido originalmente para el Gato (con discos externos y pinzas de Renault 8).

Para esta prueba tenemos la suerte de disponer de ambas versiones, propiedad de miembros de la familia Artés que los siguen usando a menudo por los caminos de tierra de su finca del Veïnat de Sobirans, en Arenys de Munt. La habíamos iniciado navegando con el Gato de Jesús (motor M28) y volvemos a tierra para coger el de Gabriel (motor M4). Las diferencias son apenas perceptibles para un “gatista” novato, pero al cabo de unas cuantas horas de ensayo y varios cambios de vehículo constato que la entrega de potencia resulta más consistente en el M28.

Artes de ArcosLa asombrosa agilidad del Gato Montés

Con sólo 250 kg de peso en vacío, un centro de gravedad situado muy bajo y sus dimensiones compactas, demuestran una agilidad asombrosa en ambos casos, trepando pendientes hasta de 45º sin esfuerzo aparente. El ángulo de inclinación al que uno puede llevar este vehículo, una vez acostumbrado a su manejo, es impresionante. Los seis grandes neumáticos Firestone amortiguan bastante bien las irregularidades del suelo gracias a que su baja presión -sólo 0,25 kg/cm- suple la carencia de suspensión. Eso sí, a partir de cierta velocidad el traqueteo se impone y no hay manera de evitar los rebotes y pequeños saltos al pasar sobre baches y deformaciones del piso. Y otro problema es la escasa distancia libre al suelo. Pese a que la carrocería es de construcción muy sólida, hay que poner atención en el camino que tomamos y evitar las piedras grandes o superarlas pasando las ruedas por encima. Aunque por su solidez no se deteriore el vehículo podría quedarse enganchado.

Después de que Pepo Artés me haya instruido sobre cómo afrontar de manera solvente las rampas complicadas, vuelvo a sentarme con su tío Jesús para consultarle una larga serie de cuestiones técnicas. Terminamos hablando de lo que podría haber sido el Gato Montés si su desarrollo hubiera seguido adelante. En el Salón de Barcelona de 1972 presentó al concurso de elegancia una versión insólita, de aspecto estrafalario, carente de carrocería y provista de ¡doce ruedas! dispuestas en grupos de tres. A este aparato se le ha apodado Gato Araña, Gato Estrella e incluso Gato Lunar en virtud de la hipótesis, más bien descabellada, de que podría haber servido de inspiración a la NASA para diseñar su Lunar Rover… “¿El Gato Lunar? Pues lo hicimos a partir de un Gato que se había estropeado. Le sacamos el chasis, pusimos un piñón enorme a cada lado y de cada uno a los otros, en tracción permanente. Con esta configuración ese trasto ¡subía paredes! Luego vi la misma disposición de ruedas aplicada a cochecitos de bebé. Aquello no prosperó, pero gracias a eso todavía tengo un trofeo que me concedió Enasa a la idea más rara del salón: un Pegaso de plata maciza…”. Gato Montés

En general, la conducción del Gato Montés no resulta complicada, aunque requiere práctica para familiarizarse con sus reacciones. Una vez conseguido se pueden hacer auténticas diabluras con él pues permite ser manejado con mucha precisión. Eso sí, su agilidad en tierra, arena o nieve mengua al pisar el asfalto; y pese a que no hubo tiempo para meterlo en el mar es obvio que las aguas bravas no deben ser su medio favorito, aunque sí vadea lagos y ríos con facilidad. Interesante es su historia –nacido en EE UU, desarrollado en España- y su singularidad como clásico: poco peso, óptima tracción, bajo centro de gravedad, manejabilidad sin tacha. Hay pocos tan divertidos y fáciles de manejar como el Gato Montés.

Por dentro muestra lujo y funcionalidad. Al estilo de los años 70, combina plástico rojo con imitación de madera y ofrece una instrumentación minimalista, con un contador de horas de funcionamiento e indicador de carga de la batería. Este vehículo, además, carga hasta 400 kg y puede subir pendientes del 45%. Pero, ¿dónde arrancó el desarrollo de este vehículo tan especial? Sigue leyendo…

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La génesis del Gato Montés

Arranca a finales de los años 60, cuando Jesús Artés de Arcos se interesa por las carrocerías de un nuevo plástico termoformado que ha desarrollado Marbon Chemical, una división de Borg Warner, y fabrica otra filial de este grupo, Centaur Engineering, y decide viajar a Estados Unidos para estudiar su posible aplicación en la empresa familiar. Allí entra en contacto con el diseñador Dann Deaver, fundador de Centaur, y André Dubel, directivo de la distribuidora Mobility Unlimited, quienes le muestran varios prototipos y vehículos de tipo recreativo hechos con ABS (Acrilonito Butadieno Estireno, así se llama el material).

En aquella época Mobility producía y vendía un anfibio de seis ruedas con un motor muy sencillo dotado de transmisión por variador mediante correa, creado originalmente por la canadiense Beehoo Industrie en 1962 bajo el nombre de Aquacat y luego rebautizado Amphicat. El diseño del aparato estaba siendo actualizado por Deaver y su puesta al día técnica despertó el interés de Jesús, que llegaría a un acuerdo con Duvel: “A través suyo participé, junto con Mobility, en la fabricación de los chasis del Amphicat”, explica.

Ambos trabajarán para proponerle al ejército norteamericano una versión con transmisión mecánica y motor bicilíndrico 2T… de Goggomóvil. “Era por una cuestión de costes. André vino a España y montamos un prototipo con este motor, pero no funcionó». A los militares no les convencía la idea; sin embargo, la financiación de José Artés de Arcos permitió que el proyecto de la versión española del Amphicat siguiera adelante. 

Gato Montés de Artes de ArcosEl 12 de febrero de 1970, Jesús Artés de Arcos registra en Barcelona su patente de invención por los ya citados “perfeccionamientos en los vehículos anfibios para usos agrícolas y deportivos”. Quince meses después, el Gato Montés es presentado en el Salón de Barcelona de 1971, equipado con motor bicilíndrico Citroën, cambio de cuatro relaciones y embrague centrífugo. Su precio de venta fue de 110.000 pesetas (118.000 según algunas fuentes) y en opción monta parabrisas, techo duro de fibra desmontable o remolque. Como vehículo especial, no necesita matrícula pero sólo puede circular por recintos privados; tal vez por esto donde más difusión tiene es en los grandes latifundios del sur del país.

La aventura del Gato Montés durará hasta 1983, tras haberse construido unas 200 unidades. En su última etapa se presentan unos ejemplares a Motor Ibérica rotulados como Amphi Ebro para sondear su comercialización en Francia a través de Massey Ferguson, “pero no llegaron a cuajar, y tampoco se hizo en Francia”.

Artés incluso desarrolla un prototipo (patente registrada el 04.08.1981) cuya transmisión funciona mediante ejes cardánicos articulados para ofrecerlo a la Guardia Civil. “Fuimos a Madrid para hacer una demostración dinámica ante los mandos de la Guardia Civil, cuando la dirigía el general Aramburu Topete —recuerda Eduard Pla, que en 1979 era un joven mecánico que ensamblaba Gatos en la fábrica de la calle Venus—. Estuvimos tres semanas en un campo de maniobras haciendo tests. El prototipo se portó muy bien, tenía una capacidad de tracción impresionante y subía cuestas mejor que el Gato de serie. Cuando nos fuimos el prototipo se quedó allí, pero nunca recibimos ningún pedido”. Jesús también lo recuerda: “El tema no funcionó porque lo querían para 500 kg de carga y poder tirarlo desde un helicóptero”.

Agradecimientos: Jesús Artés de Arcos Marco, Gabriel Artés de Arcos Echeverría, Pepo Artés de Arcos Queralt, Xavier Forcano, Ramón Ortiz, Eduard Pla, Àlex Vergés.

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