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Dodge D5

Con los 70 años recién cumplidos, este sedán Dodge D5 disfruta de una vida tranquila. Y bien que se lo merece, tras haber llegado a España en plena Guerra Civil, utilizarse en el Ejército hasta 1955 y haberse convertido después en taxi de pueblo durante seis años.
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Dodge D5
Cuando en España sale a relucir la marca Dodge, lo habitual es que la gente se acuerde de los coches americanos que don Eduardo Barreiros fabricó entre 1965 y 1977 en su factoría madrileña de Villaverde. Y también es posible que quienes realizaron el servicio militar hace más de treinta años tengan grabados en su memoria los diversos vehículos Dodge que llegaron a nuestras fuerzas armadas, después de haberse utilizado en la Segunda Guerra Mundial, en la de Corea o en Vietnam.

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Dodge D5

Sin embargo, el modelo que les traemos a estas páginas es más antiguo aún, pues se construyó en los Estados Unidos en 1937, precisamente el año en que Dodge se convirtió en el cuarto fabricante por su número de ventas y hasta el famoso actor Clark Gable tuvo uno. Aunque se trata concretamente del modelo Dodge D5, los aficionados españoles más veteranos conocen como “Dodge Carnero” a todo el conjunto de diferentes versiones construidas entre los años treinta y mediados de los años cincuenta, en alusión a la típica mascota de la marca que se empleó durante aquel periodo y que comenzó a distinguir de nuevo a los Dodge desde 1993. La elasticidad mecánica permite rodar en llano con soltura en tercera a partir de unos 60 km/h, relación de cambio que mantiene con holgura en las pendientes ligeras. La matrícula del ejemplar que les mostramos corresponde al año 1955, que es cuando el Ejército lo sacó a subasta y fue adjudicado a don Aurelio Uriarte, que lo puso en orden y se lo vendió en 1957 al padre de su actual dueño, don Ricardo Angulo. Obviamente, su diseño de preguerra ya estaba muy superado por los ultimísimos Dodge Coronet y Royal, pero en aquel momento de escasez este sedán Dodge poseía excelentes cualidades para el uso que su nuevo propietario le iba a dar como taxi en la localidad burgalesa de Oña. Y todo ello por bastante menos dinero que lo que costaba un flamante Seat 1400 para sustituir al anterior Ford A Fordor Sedán. Por entonces, cualquier entendido conocía de sobra la fama de Dodge como constructor de unos automóviles de técnica conservadora, precio ajustado y acreditada robustez mecánica. De hecho, los coches Dodge se vendían bien en España a comienzos de los años treinta, ocupando incluso en 1931 el cuarto puesto tras Ford, Chevrolet y Citroën. Detrás de esa extendida aceptación comercial estaba sin duda la compra en 1928 de la firma Dodge Brothers por parte de Walter P. Chrysler, quien daría personalidad propia dentro de su grupo automovilístico a la empresa creada en 1908 por John y Horace Dodge. Bien afianzada dentro de Chrysler Corporation, a Dodge y a DeSoto les tocará ocuparse de los automóviles de tipo medio, dejando el sector lujoso para Chrysler y los modelos más sencillos para Plymouth.

Gracias a ese conservadurismo formal, los Dodge se libraron de la crisis sufrida por DeSoto y Chrysler, cuyo modelo aerodinámico Airflow poseía un estilo tan adelantado a su tiempo que no entusiasmó al público estadounidense y supuso un bajón en ventas para ambas marcas. Y lo mismo sucedía con la mecánica de los Dodge, que durante toda aquella década permanecieron fieles al duradero motor de seis cilindros con distribución por válvulas laterales. Merced a su generosa cilindrada de 3,5 litros, el tranquilo propulsor Dodge hacía gala de una elasticidad muy al gusto de una amplia clientela norteamericana. Además, la pertenencia al gran consorcio automovilístico contribuyó a que los Dodge tuviesen precios aún más competitivos y a que se beneficiasen de técnicas ya experimentadas en los modelos punteros del grupo. Así, por ejemplo, la gama de 1936 ganó en espacio interior al utilizar un grupo trasero de tipo hipoide, lo que hizo posible que el túnel de transmisión estuviese situado más abajo y fuese menos voluminoso. Y de cara a la temporada de 1937, la publicidad incidía en la economía de utilización de los D5, destacando incluso su reducido consumo. A la vista de este ejemplar, al que nadie podrá negar su “historicidad”, da la sensación de que algo se dejó sin resolver en el actual Reglamento de Vehículos Históricos, vigente desde 1995 y que en su día todos recibimos con satisfacción. A partir de su entrada en funcionamiento, varios millares de vehículos clásicos, antiguos y otros no tanto -bien que carecían de papeles o bien que se han importado- tienen su documentación al día, tras haber pasado y pagado su dinero en gestorías, laboratorios e «iteuves». Y mientras, siguen sin tener la consideración oficial que se merecen nuestros vehículos antiguos de verdad, aquellos que se han mantenido en activo desde su ya lejana puesta en circulación y que sobrevivieron a la trágica Guerra Civil, a una posguerra llena de carencias y a un desarrollismo en el que se confundía lo antiguo con lo viejo. Por suerte, el precio de su seguro actual es acorde con el escaso kilometraje que realiza con él su experimentado conductor y, además, este Dodge está libre del pago del impuesto municipal por estar empadronado su dueño en Burgos, pero el día menos pensado cualquier edil carente de sensibilidad cultural podría suprimir el pequeño beneficio fiscal, o cualquier ingeniero de «iteuve» podría exigir la instalación de unos anacrónicos cinturones de seguridad. Los aficionados españoles más veteranos conocen como “Dodge Carnero” a todo el conjunto de diferentes versiones construidas entre los años treinta y mediados de los años cincuenta, en alusión a la típica mascota de la marca. Nuestro sedán Dodge, que para el mercado norteamericano era un coche de tamaño mediano, resulta imponente entre nosotros tanto por sus casi cinco metros de longitud como por su estatura de actual todoterreno. Visto de frente, destacan en él las lamas cromadas de la calandra, junto a unos faros que aún en 1937 iban anclados en ambos laterales del largo y elevado capó, pero que en octubre de 1938 estarían ya integrados en las aletas. Y coronando el frontal, el característico carnero Dodge, un símbolo que expresa al mismo tiempo una solidez a prueba de choques, la calma del mundo rural y una cierta dosis de tozudez. En su perfil se aprecia el estilo pretendidamente aerodinámico del momento, cuyas formas redondeadas permiten aligerar el paso del aire en mejores condiciones que los trazos rectos de la década anterior. Incluso atrás se nota el trabajo por integrar el voluminoso maletero en el conjunto, algo inimaginable pocos años antes cuando aún se llevaba el equipaje en un gran baúl independiente.
Espacio y comodidad
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