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AC Greyhound Bristol de 1959

Tómese una marca deportiva británica de gran tradición y estilo, instálese bajo su capó un buen motor alemán y aderécese todo ello con un sólido bastidor tubular de origen americano. Esta receta fue todo un éxito a finales de los cincuenta.
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AC Greyhound Bristol de 1959
El conservadurismo británico ha sido ampliamente ensalzado en el mundo entero. Desde luego, hay algo admirable en esa pasión por mantener a ultranza sus tradiciones, sus costumbres y sus modos de vida. Sin embargo, el exceso de inmovilismo es enemigo del progreso y puede acarrear nefastas consecuencias, sobre todo en el campo de la técnica mecánica.

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AC Greyhound Bristol de 1959

Uno de los más claros ejemplos fue la desaparición —casi diríamos suicidio— de las fábricas motociclistas inglesas, marcas con enorme tradición y prestigio —como Triumph, BSA o Norton— que no quisieron o no supieron evolucionar a tiempo. Es más, también los automóviles de esa nacionalidad han seguido un camino similar. Hoy los Austin, Wolseley, Singer, Hillman, Humber, Alvis y tantos otros nombres que conocieron décadas de esplendor, han sido reemplazados por coches japoneses y coreanos. La fina silueta y los excelentes acabados de este coupé lo catalogan entre aquella última generación de coches de gran clase fabricados en las islas británicas. El caso de la Compañía Auto Carrier (AC) —fundada el año 1908 en Thames Ditton, Surrey (Inglaterra), por el ingeniero Weller y el carnicero Portwine— fue uno de los precedentes más significativos. Tras diversas vicisitudes, lanzó en 1922 un excepcional motor de dos litros y seis cilindros en línea con árbol de levas en cabeza, realizado bajo la dirección de S.F. Edge, personaje muy acreditado que procedía de la firma Napier. Impulsados por este motor, los coches AC lograron sonados triunfos durante los años veinte, lo cual les valió su fama de rápidos y prestigiosos. Hasta aquí, la historia era ascendente y positiva, como la de otras marcas que lograron alcanzar el éxito. Lo que ya no es normal es que pretendieran perpetuarlo hasta los años sesenta... ¡con la misma base mecánica! Contra viento y marea la compañía de Thames Ditton mantuvo el famoso coche de dos litros hasta mucho después de la Segunda Guerra Mundial. Por supuesto había experimentado algunos retoques, sobre todo de apariencia, pero incluso el «nuevo modelo» lanzado en 1947 montaba no sólo el mencionado propulsor, sino también el arcaico chasis de ejes rígidos con ballestas. Las pérdidas de mercado hicieron reaccionar por fin a los directivos de la Auto Carrier, que en 1952 adquirieron los derechos de un nuevo bastidor diseñado por John Tojeiro. Fue un gran acierto, pues tenía un excelente concepto basado en dos largueros tubulares y paralelos con suspensiones independientes sobre las cuatro ruedas; como prueba de sus cualidades, basta indicar que varios años después terminaría por equipar al más famoso coche de la marca —y casi podríamos decir de todos los clásicos deportivos—: el AC Cobra.

Pero no adelantemos acontecimientos, ya que los primeros AC con el chasis Tojeiro fueron los modelos AC Ace, lanzado en 1953, y AC Aceca, que le siguió un año después. Uno en versión roadster y el segundo en coupé, eran magníficos coches que unían sus atractivas líneas —en verdad muy logradas— con la gran estabilidad de aquel bastidor. Sin embargo, bajo el capó ambos escondían el viejo dos litros de 1922. Sucesivos aumentos de compresión habían llegado a doblar su potencia —hasta 102 CV—, si bien a duras penas lograba sobrepasar las 4.500 rpm debido al ancestral diseño de carrera larga (65 x 100 mm) que se había mantenido tal cual a través de tres décadas. Como se puede comprender, ya a ese régimen las enormes bielas amenazaban con salir por el tubo de escape. El patente desequilibrio entre aquel primitivo motor y las posibilidades del coche motivaron a la AC para buscar otro propulsor más adecuado; o sea, se trataba de efectuar un trasplante de corazón al más puro estilo quirúrgico-mecánico. Así surgió el apellido Bristol añadido al nombre del fabricante británico. Bueno, en realidad deberían haberse llamado AC-BMW-Bristol, ya que los motores fabricados por la Bristol eran, en realidad, motores BMW. Tras el descalabro sufrido por la Alemania nazi al final de la contienda mundial, la Bristol se había apropiado de las mecánicas BMW e incluso de su diseñador, el ingeniero Feidler. Tampoco se trataba de motores de última generación, pues su origen databa de 1936, aunque podían considerarse modernos si se comparaban con el viejo AC. De todas formas eran fiables y briosos, tal como habían acreditado montados en el célebre roadster BMW 328. Si observan la fotografía de la mecánica de este Greyhound Bristol, a simple vista parece un doble árbol en cabeza, pero no lo es. Bajo la tapa de culata lo que hay son dos ejes de balancines mandados desde abajo por medio de varillas, la misma técnica del Talbot Lago o del Lea-Francis. Los tres carburadores verticales Solex, que podemos apreciar encima del motor, se encargan de alimentar los seis cilindros de cámaras hemisféricas, con resultados de hasta 105 CV a 5.000 vueltas.

Si hemos conseguido poner de acuerdo los tres carburadores con los seis cilindros y sus correspondientes bujías, el motor es sumamente silencioso y suave, aunque responde con genio a la menor presión sobre el acelerador. Secundado por el cambio de marchas preciso y eficaz —todo lo que puede serlo un cambio inglés— nos proporcionará una conducción agradable y muy excitante, especialmente al contar con la estabilidad del famoso tren de John Tojeiro bajo nuestras posaderas. Así que la operación trasplante podía considerarse un éxito, pero... ¿ustedes creen que ahí terminaba la historia del famoso motor AC de 1922? ¡Pues no señor; están muy equivocados! ¿O en todo caso desconocen los recovecos de la mentalidad británica? Desde 1959 habían añadido a la gama este nuevo modelo, el Greyhound, que llevaba un chasis del mismo tipo —pero alargado 10 pulgadas— y una carrocería coupé de líneas semejantes al Aceca, si bien de mayores dimensiones. Con su apariencia inalterada, los AC Ace, Aceca y Greyhound mantuvieron la opción del motor AC hasta 1963, junto con la del propulsor Bristol, e incluso otras surgidas desde 1959 a partir de mecánicas Ford de 2,2 y 2,6 litros. Cuando toda esta amalgama de modelos y variantes desapareció en 1963, para dejar paso a los Cobra, el veterano motor AC había batido todos los récords de longevidad mecánica con 42 años en activo. ¿Había que mantener a toda costa el purismo, la tradición de la marca? Sólo ellos conocían la respuesta. En fin, concluyamos este relato volviendo a referirnos a nuestro bello ejemplar Greyhound, cuya mecánica Bristol habíamos descrito de forma somera. Pueden ustedes mismos comprobar el estilo de sus líneas y la calidad de sus acabados, bien visible en las fotos. Con sus ruedas Rudge&Witworth de radios cromados, su tapicería de cuero Connolly y su típico tablier de madera noble, cubierto de marcadores Smiths, puede servir de ejemplo de esos finos coupés que constituyeron el canto de cisne del automovilismo británico; que en paz descanse.
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