Publicidad

De Silves a Vale da Rosa

Desde los montes de la histórica ciudad de Silves ponemos rumbo Noreste para bordear el precioso paraje a orillas del Embalse do Funcho. La ruta continúa por la Sierra de Múou Caldeirão, saliendo de la región del Algarve para acabar de camino a la autopista Lisboa–España.
-
De Silves a Vale da Rosa
Silves nació en una colina de la Sierra de Monchique, en la Edad de Hierro (3.000 a.C.), cerca del Río Arade, que era la principal vía de comunicación de la zona. Precisamente por el río entraron los romanos, que comercializaron cobre, aceite, vino, frutos secos y sal que obtuvieron en estas tierras. Más tarde, en el s. V, con la llegada de los visitodos, fue nombrada capital regional de los reinos de Taifas, creciendo comercial y culturalmente. Durante la época de los descubrimientos, muchos habitantes de Silves formaron parte de la tripulación de las carabelas y ayudaron a defender las ciudades portuguesas del Norte de África. Pero en el s. XVI las arenas del río impedían su navegación y se inició el declive de la ciudad, alque contribuyó el terremoto de 1755, que la dejó medio destruida. Silves no empezó a recuperarse hasta el s. XIX, durante la revolución industrial, comerciando con su corcho y sus frutos secos.

En Silves vale la pena visitar, entre otros, el Arco da Rebola (s. XII-XIII), su castillo, la Cruz de Portugal (monumento nacional desde 1910 y datada a finales del s. XV), el Ponte Velha (75 metros de puente sobre el Río Arade, que mezcla diferentes estilos arquitectónicos) y, cómo no, su catedral. Muchos fueron los pueblos que dejaron sus huellas en el Algarve, y así lo muestran, por ejemplo, el Dolmen de Piedra (Anta de Pedra) del Alagar en Ameical (Loulé), de 4000 años de antigüedad. También de los romanos quedan vestigios, entre los que se pueden visitar las ruinas de Boca do Rio (Buidens) y de Cerro da Vila (Vilamoura) . También vale la pena buscar los restos de los castillos moriscos y chimeneas decoradas y, ya de los reinados cristianos, las múltiples iglesias, castillos y variados monumentos. Durante las fiestas, las gentes del Algarve se echan a la calle, ellos con su sombrero de fieltro negro y ellas con sus trajes de vivos colores, recorren el pueblo cantando y bailando al son del acordeón y el repicar de los triángulos, animando a los visitantes y despertando su curiosidad. El corridinho, el baila de roda y el baile mandado son algunas de las danzas populares en las que los bailarines realizan los movimientos que les dicta el mandador. Las parejas giran y giran, cogiendo velocidad, creando un remolino de colores donde se pierden las figuras. Otros cantares, como los cantos de trabajo de los pescadores y las canciones de cuna, tienen un ritmo más lento con letras casi recitadas. Además, en vísperas de Año Nuevo, pueden escucharse las janeiras que entonan los grupos populares que se forman a lo largo de la calle. Parte de la cultura popular de las gentes del Algarve son las piezas que se realizan artesanalmente por toda la región. Es común ver en los pueblos a las mujeres trenzando hojas de palmera enana para hacer sombreros, o a los hombres utilizando cañas de esparto para fabricar cestos y esterillas. Se venden en pequeñas tiendas y a pie de carretera, junto a colchas tejidas en telares de madera, muñecas de trapo y encajes de bolillos, cerámica vidriada, alfarería, juguetes de madera tallados a mano, etc.

Utilizamos cookies propias y de terceros para facilitar y mejorar la navegación, mostrarte contenido relacionado con tus preferencias y recopilar información estadística. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso. Más información.