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Alpuente

En esta segunda ruta de las cuatro que componen el periplo valenciano, recorremos el municipio de Alpuente. La torre de la Aljama (convertida ahora en el ayuntamiento), el museo paleontológico, los restos de la batalla del cerro del Poyo que encontraremos durante la ruta, y el yacimiento de dinosaurios situado en este municipio, nos trasladan a épocas remotas, donde importantes acontecimientos tuvieron lugar en estas tierras de gran diversidad histórica.
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Alpuente
Con menos de 1.000 habitantes, este municipio de 138 kilómetros cuadrados, situado a unos 87 kilómetros de la capital valenciana, descansa a más de 900 metros de altitud media sobre el mar. Debido a lo anterior y a la lejanía al mar, su clima es de condición extrema, con inviernos largos y fríos y veranos cortos y calurosos.
Los habitantes de Alpuente viven de la agricultura y la ganadería principalmente. La agricultura se centra en la vid, el almendro y el cereal. También se cultivan hortalizas, pero sólo para consumo propio. Podemos encontrar distintos tipos de explotaciones ganaderas: ganadería ovina, porcina, apícola, avícola, cunícola… La calidad de los productos agroalimentarios de la zona está directamente relacionada con el desarrollo de estas dos áreas. También se realizan otro tipo de actividades, como la minería, la construcción y empresas de servicios, en creciente desarrollo por el inminente auge del turismo. Históricamente, la villa de Alpuente, con un abundante legado histórico, ha desempeñado un importante papel. Existen indicios de población antigua en la Edad de Bronce, en la época Ibérica, en la Romanización; pero fue en la época musulmana cuando Alpuente adquirió una gran relevancia. Alpuente ha constituido un área de gran valor estratégico, puesto que por el norte del término discurría el Camino Real de Valencia a Aragón y a Castilla y León, y al sur confluían diversas rutas secundarias entre tierras vecinas. Así pues, fue decisivo levantar un castillo con notable aptitud defensiva, desde donde visualmente se divisa una vasta región. A la defensa de esta amurallada ciudad contribuyó también, el castillo del Poyo, situado a unos kilómetros de la villa. Entre los dos castillos dominaban un extenso terreno. El poblado adquiere tal importancia durante la época de los reinos de taifas que llega a acuñar su propia moneda. Tras la conquista cristiana (1236) Jaime I se reservó para el patrimonio real el altiplano de la Serranía Alta, valioso territorio de importancia estratégica.

Incluso en las guerras carlistas (1840), el castillo de la villa fue el objetivo durante la primera guerra, y el castillo del Poyo fue el último bastión carlista en caer (1875). Con posterioridad, como área periférica y de economía agraria poco competitiva, se produjo una crisis que se ha manifestado con intensidad durante el siglo XX y la despoblación del municipio ha sido la consecuencia más evidente. Fruto de su pasado histórico es la existencia de un extenso patrimonio cultural de gran valor y diversidad. Los restos del castillo muestran la antigüedad y esplendor de este pueblo. Sus ruinas ponen de manifiesto el respeto que esta población impuso durante siglos y el aprecio que ocupó en el Reino. Es un imponente peñón cortado a tajo en todo su contorno. La parte oriental cae en profundidad de unos 152 metros sobre el Reguero (pequeño riachuelo que corre por el fondo a través de una profunda hoz). Por la parte de occidente limita sobre el pueblo, con un altura de unos 47 metros. Entre las ruinas que escaparon a la destrucción se ven varios trozos de obra romana y morisca y posteriores remodelaciones. En su superficie y en el extremo norte del mismo, se aprecian todavía los aljibes abandonados a su suerte y algunas entradas y respiraderos de edificaciones subterráneas que han resistido las inclemencias del tiempo y la dejadez de los hombres. La llamada torre de la Veleta se conserva lo suficientemente bien para apreciar su construcción solidísima de sillería, siguiendo las normas de la mejor construcción de la arquitectura romana. Está situada al extremo meridional, desde donde se aprecia una impresionante panorámica. En el lateral de esta torre finaliza la subida artificial al castillo.

Lugar donde los moros celebraban sus juntas y reuniones con fines mercantiles o de gobierno, todavía muy bien conservada. En su origen estaba formada por una gran torre almenada en cuya fachada septentrional se halla una de las puertas que daba acceso a la villa. Su entrada en forma de arco, se cerraba mediante una fuerte puerta que caía de arriba a abajo guiada por unas escotaduras, y daba paso a un porche que introducía al viajero en la Villa. Uno de los laterales de este edificio, el que da al norte, está formado por un cuerpo de torre adosado, sin ninguna abertura al exterior, que servía de calabozo o mazmorra en épocas pretéritas. Los reos eran introducidos a través de una trampa que había en el suelo del piso superior, bajándolos ensoga cunícola dos hasta la base del edificio. De 256 metros de longitud, está compuesto por veinte arcos apuntados la mayor parte de sillares bien trabajados, destinados a sostener el canal, que igualmente es de piedra caliza bien presentada y capaz para conducir el agua que sale de la hendidura de una extensa roca en la partida llamada de la «Fuente Nueva» en cantidad suficiente para el abastecimiento de la población en épocas pasadas. Los arcos se hallan unidos por obra de mampostería bastante deteriorada por la acción del tiempo y restaurada recientemente, pero con escaso éxito. El arco central, bajo el cual pasa el reguero, fue destruido por una gran avenida, sustituido provisionalmente durante muchos años por un armazón de madera y actualmente reconstruido a base de un entramado de hormigón que en nada recuerda el original. Se halla a una distancia de unos dos kilómetros de la población. Tiene una longitud de unos ciento diez metros y cruzaba el camino de Alpuente a La Yesa, atravesado por una rambla que en tiempo de lluvias tormentosas experimenta gran crecida, invadiendo los campos colindantes.

Junto a los restos del castillo está la iglesia arciprestal de Nuestra Señora de La Piedad. Es un templo de una sola nave, construido en el siglo XIV. Tiene adosado un campanario de planta octogonal. Después de la primera guerra carlista, que la destruyó en parte, fue restaurada en 1850, con una operación que enmascaró el interior gótico disfrazándolo de neoclásico. Poco queda de este histórico castillo. El castillo del Poyo estaba situado sobre un peñasco en la cima de una montaña cónica, inaccesible por su parte norte y con una pronunciada pendiente en su parte sur, dominando sobre la aldea de El Collado, de la que dista una media hora de penosa subida, teniendo ante a él y haciéndole frente, la muela del Buitre. El castillo del Poyo fue el último baluarte carlista en la tercera guerra. La caída de este último reducto supuso la desaparición de los acosos carlistas en la zona centro (a la que pertenecía una parte de la provincia de Valencia, Teruel, Albacete y Guadalajara). Para Alpuente, situada en esta zona, significó el fin de la guerra. El Museo Paleontológico de Alpuente se ha planteado como un espacio activo con capacidad para informar y a la vez emocionar a todo aquel que lo visite. De manera amena, clara y sencilla se introducen algunos conceptos básicos para poder entender mejor los hallazgos y el trabajo realizado por los paleontólogos. En él se pueden contemplar los huesos de los dinosaurios que se han recuperado en las excavaciones paleontológicas. El museo pretende dar a conocer el mundo de la paleontología en Alpuente y en la Comarca de la Serranía. Entre los huesos fósiles recuperados, por ejemplo, se ha identificado una nueva especie de saurópodo en un yacimiento próximo a la aldea de Losilla de Aras (Aras de los Olmos), al que se le ha dado el nombre de Losillasaurus giganteus, que hoy puede contemplarse en el Museo de Ciencias Naturales de Valencia. En el término municipal de Alpuente han sido localizados y excavados al menos tres yacimientos con huesos de dinosaurios saurópodos.

Uno de los hallazgos más emblemáticos fue la localización de un esqueleto de grandes dimensiones en las proximidades de la aldea de Baldovar (Alpuente). A lo largo de las tres campañas que duró la excavación se consiguieron recuperar numerosos restos, de los cuales cabe destacar: las vértebras, huesos de la cadera, extremidades posteriores y vértebras de la cola. Este ejemplar en la actualidad se exhibe en el Museo Paleontológico de esta localidad. A los impresionantes restos óseos de dinosaurios, hay que añadir el hallazgo de diversos yacimientos con huellas y rastros fosilizados, producidos por diversos tipos de dinosaurios de diferentes tamaños: terópodos, saurópodos y ornitópodos. Las huellas fueron producidas en vida, en diferentes momentos de la actividad del animal. Para los interesados, este tipo de visitas supone una de las experiencias más satisfactorias que puede ofrecer la Paleontología, puesto que estos yacimientos se contemplan in situ, es decir, en el mismo lugar por el cual hace unos 140 millones de años caminaron estos dinosaurios. El yacimiento de huellas de dinosaurios de Corcolilla (Alpuente) fue declarado en el año 2006 Bien de Interés Cultural con categoría de zona paleontológica. Asimismo, fue incluido en la propuesta que, a nivel nacional, se ha cursado para declarar las huellas de la Península Ibérica Patrimonio de la Humanidad.
La Ruta
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